La inflación deja atrás la crisis, pero es pronto para que el BCE suba tipos

La inflación en la zona del euro ha llegado ya a niveles del 2%, algo que no se veía desde hace cuatro años. Este valor está en línea, por fin, con el objetivo de inflación del BCE. El aumento se ha producido en los últimos meses: la inflación era del 0.6% todavía en noviembre y había subido al 1.8% en enero. En España, el aumento de precios es incluso superior, del 3%. Esto disipa definitivamente los temores a caer en la deflación albergados durante un tiempo. Desde principios de 2015, el número de componentes de la cesta de la compra que presenta caídas de precios se ha ido reduciendo drásticamente.

A la vista de estos datos, la inflación parece haber dejado atrás las excepcionales circunstancias provocadas por la crisis y la caída de precios del petróleo, volviendo a la “normalidad” anterior. En efecto, desde la creación del euro (en 1999) hasta el estallido de la crisis, lo habitual fue que la tasa de inflación del conjunto de la zona del euro se mantuviese cerca del objetivo del 2% y que España mostrase diferenciales positivos cada año de aproximadamente un punto.

¿Significa esto que la política monetaria debe ir volviendo también a la normalidad, elevando unos tipos de interés que desde hace tanto tiempo se mantienen en niveles excepcionalmente bajos? Hay cada vez más voces que se alzan defendiendo esta postura. En su reciente reunión del 15 de marzo, la Reserva Federal comenzó a subir tipos en Estados Unidos, lo que parece marcar a Europa  el camino a seguir. Sin embargo, aunque sea cierto que el repunte de la inflación permite comenzar a plantearse una subida de tipos, es demasiado pronto todavía para adoptar esa decisión. Y no sólo porque la producción continúe manifestando signos de debilidad, también en términos del propio objetivo de inflación que tiene el mandato de lograr el BCE (definido “a medio plazo”, de forma sostenida en el tiempo).

El aumento observado de la inflación tiene un importante componente coyuntural. La fuerza que la impulsa a corto plazo proviene sobre todo del comportamiento de los precios de la energía y de los alimentos no elaborados (especialmente frutas frescas, legumbres y hortalizas), relacionado en parte con factores climáticos temporales. Para eliminar ese componente coyuntural, se elaboran indicadores que miden la llamada inflación subyacente, buscando obtener una mejor visión de las tendencias a medio plazo.  Tales indicadores no envían señales de aumento. La inflación subyacente se mantiene estable en el 1%, tanto para el conjunto de la zona del euro como para España. Por otro lado, en diversos países europeos el número de componentes del IPC que mantiene tasas negativas, o positivas pero muy pequeñas, sigue siendo relativamente alto.

Dado todo lo anterior, hablar de una tendencia sostenido al alza en la tasa de inflación resulta claramente prematuro. Pedir al BCE que suba en consecuencia el tipo de interés resulta aún más precipitado. Además, la debilidad de la producción no ha remitido por completo. Debe tenerse en cuenta así mismo que el mecanismo de transmisión de la política monetaria sufre retardos: desde que el BCE sube el tipo de interés al que presta a los bancos comerciales, hasta que éstos suben los tipos a los que prestan a familias y empresas, y el consumo y la inversión se ven plenamente afectados, transcurren unos dieciocho meses. No sería deseable que esos efectos se manifestasen cuando el repunte temporal de la inflación estuviese disipándose por sí solo.

De momento, en su última reunión, el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo ha mantenido los tipos de interés intactos, así como el programa de compra de activos. Se trata de la decisión correcta. Como escribió Baltasar Gracián, no en vano autor de un Oráculo Manual y Arte de Prudencia, “El no y el sí son breves de decir pero piden pensar mucho”.