¿Robots que paguen impuestos? No es tan buena idea como parece

La posibilidad de un futuro no tan remoto en el que robots (algunos con forma humana) sustituyan a las personas en numerosas tareas ha pasado de las películas de Ciencia Ficción al debate cotidiano. Entre las principales consecuencias, se señala la pérdida de ingresos públicos que supondría la sustitución de esos trabajadores (que pagan IRPF y cotizan a la Seguridad Social) por máquinas. ¡A grandes males grandes remedios! Una solución parece obvia y muchos se han apresurado a defenderla. Que los robots ocupen el lugar, como contribuyentes, de los trabajadores a los que sustituyen: que paguen ellos los impuestos y cotizaciones.

La solución parece tan obvia que resulta difícilmente discutible. Sin embargo, cuando se piensa el asunto con más detenimiento, da la sensación de que esa obviedad tiene rasgos comunes con la de ideas como que la Tierra es plana o el Sol se mueve alrededor de ella. Normalmente, los problemas complejos no tienen soluciones sencillas. En consecuencia, no siempre la ocurrencia que le permite a uno reinar durante unos minutos en la barra del bar, en la comida familiar o en la cena entre amigos es la propuesta más sólida.

La primera dificultad que se presenta es ¿qué es exactamente un robot? ¿Se trata solo del que tiene características antropomórficas? ¿Las máquinas expendedoras de tabaco o de billetes no lo son también? Una segunda objeción, aún más importante: ¿por qué discriminar a los robots frente a las demás máquinas o avances tecnológicos que (como ellos) aumentan la productividad del trabajo y pueden así permitir ahorrar mano de obra? Desde el punto de vista económico, los efectos de la robotización no son muy diferentes de los de la introducción de los telares mecánicos movidos por la fuerza del vapor en el siglo XIX. En tercer lugar, la robotización destruye unos tipos de trabajo, pero crea otros (es cierto que probablemente menos y más cualificados). La propuesta no tiene en cuenta este efecto de creación de empleo, solo se fija en la destrucción; la destrucción neta en el conjunto de la economía es difícil de calcular y, por tanto, de gravar.

De aplicarse tales ideas toscas, la consecuencia principal sería obstaculizar el avance de la robotización, es decir, de una fuente importante del actual progreso técnico, de la innovación. Al hacerlo, dificultaría aprovechar sus ventajas en términos de mayor productividad, mejor calidad de los productos y liberación de trabajos rutinarios. Los hoy tan desacreditados expertos son personas habitualmente aburridas, por lo que es improbable que triunfen en las discusiones del bar. Sin embargo, seguro que si se les preguntase y escuchase podrían ofrecer fácilmente alternativas mejores.

La Teoría Económica no recomienda concentrar los gravámenes en los bienes de capital, pues se dificulta la inversión y producir más en el futuro. La robotización (como la globalización) aumenta en conjunto la renta del país, pero tal aumento se reparte desigualmente. Es decir, tiene un efecto total positivo, pero con ganadores y perdedores. Se trata, por tanto, de mejorar la distribución sin impedir el aumento. Para lograrlo, en vez de detener el proceso, convendría aplicar otro tipo de medidas. Por ejemplo, difundir más la propiedad empresarial, de forma que un mayor número de personas se vean favorecidas por los incrementos de beneficios que logren las empresas automatizadas. O mejorar el diseño del impuesto de sociedades, que grava esos beneficios sin discriminar en función de su origen, reforzando su capacidad recaudatoria en lugar de irlo desmantelando. Si esto se hace a nivel internacional, para evitar los riesgos de deslocalización empresarial, mejor.

Las respuestas reformistas no deben venir solo por el lado de los ingresos públicos. Por el lado del gasto, convendría reforzar la educación a lo largo de toda la vida, incluyendo a las personas que ya han finalizado titulaciones oficiales en el sistema educativo. Los trabajadores poco cualificados deben mejorar su cualificación; los cualificados adaptarse a los nuevos cambios. Existen actividades poco mecanizables y cada vez más necesarias, como el cuidado de nuestros mayores, que se deben expandir por ser nichos de creación de empleo. A más largo plazo, medidas de reducción de los horarios laborales pueden tener sentido.

La única ventaja clara de que a las personas les sustituyesen robots como contribuyentes y cotizantes sería el fin del fraude fiscal, e incluso esto dependería de que sus programadores humanos fuesen honrados. Antonio Machado escribió: "En mi soledad/ he visto cosas muy claras/ que no son verdad". Nos pasa a todos. La diferencia estriba en que él tuvo la honestidad intelectual necesaria para darse cuenta.