La interminable tragedia griega sigue sin desenlace

Han pasado ya casi siete años desde el primer rescate de Grecia. Después del primero, pronto otro fue necesario. Le siguió un tercero en el verano de 2015, cuando el órdago de Tsipras puso a la economía griega al borde del colapso, provocando dudas sobre su continuidad como miembro de la zona del euro. Lo peor de esa pesadilla parecía haber quedado definitivamente atrás. No es así. La tragedia griega no ha terminado y en la actualidad sigue escribiendo nuevos actos.

La raíz de los desacuerdos se halla en la postura adoptada por el FMI. Éste cree que las proyecciones de crecimiento de la Comisión europea son demasiado optimistas y que, sin algún tipo de ayuda adicional (en forma de financiación barata cuando el rescate expire en 2030), la deuda pública griega seguirá siendo insostenible. El FMI equilibra esta postura de mayor flexibilidad en el tema de la deuda con otra de mayor dureza en la exigencia de reformas. En particular, pide cambios adicionales en el sistema fiscal y las pensiones, que no tengan efectos inmediatos (para no truncar las señales de recuperación en Grecia) pero que sean ya legislados y queden comprometidos. De que se alcance un acuerdo dependerá la participación del FMI en el programa de rescate griego, que Alemania y Holanda ponen como condición ¡porque no se fían de la Comisión europea! A su vez, del visto bueno alemán dependerá que el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) desembolse los 6300 millones de euros que Grecia necesitará para hacer frente a sus compromisos de pago en julio.

Esta nueva crisis estalla cuando la economía griega comenzaba a mostrar algunos síntomas esperanzadores. En 2016, consiguió cumplir el ambicioso objetivo fijado para el superávit público primario (es decir, sin tener en cuenta los pagos de intereses de la deuda). La tasa de crecimiento del PIB ha vuelto a tasas positivas, tras años de contracción. El desempleo se ha ido reduciendo (del 28% al 23%). El pánico bancario de 2015 ha quedado atrás como un mal recuerdo.

Es cierto, sin embargo, que tomando una perspectiva más amplia estos pequeños éxitos recientes palidecen. El PIB de Grecia se ha contraído desde 2008 en una cuarta parte. El superávit primario se ha logrado recortando gastos esenciales y mantenerlo por encima del 3.5% del PIB a medio plazo (como se le exige a Grecia) puede ser incompatible con el crecimiento. Los bancos siguen lastrados por préstamos malos del pasado, el crédito escasea para las pequeñas empresas y la inversión se ve dificultada. La pobreza infantil amenaza a uno de cada tres niños griegos. El FMI tiene razón: la recuperación no es todavía lo bastante fuerte como para soportar nuevas medidas contractivas a corto plazo.

El panorama político dificulta el acuerdo. Desde este punto de vista, el problema griego se está reavivando en el peor momento. Las elecciones francesas (vitales para la Unión), alemanas y holandesas se acercan. Una postura que esos electorados juzguen como demasiado permisiva con Grecia puede tener efectos nocivos para los partidos que hoy están en el poder, reforzando a Le Pen y otros populistas. La situación preelectoral en Alemania condiciona especialmente la toma de decisiones, pues las instituciones comunes han ido perdiendo peso frente a los gobiernos nacionales.

Lo malo es que resulta difícil apaciguar a los populistas del Norte sin excitar a los del Sur. Muchos griegos se consideran oprimidos por las exigencias de Merkel y ven a la Unión Europea como la fuente de sus desdichas. El gobierno de Tsipras no facilita las cosas, asustado por la impopularidad doméstica y, tal vez, abrigando la secreta esperanza de librarse del FMI. En esto pueden ayudarle las nuevas políticas (por llamarlas de alguna forma) que imperan en los influyentes Estados Unidos.

Por otro lado, los incentivos para alcanzar algún acuerdo también existen. Si el bloqueo en la negociación se prolonga, la economía griega puede volver a la recesión y desandar el poco camino andado. Si hubiese que convocar nuevas elecciones en Grecia, Syriza seguramente las perdería. Desde el punto de vista del conjunto de la Unión Europea, al reavivarse la crisis griega aumentan las incertidumbres sobre el futuro del euro y de la propia Unión. Caer de nuevo en la dinámica de confrontación entre países acreedores y deudores es una receta segura para dañar aún más el sentimiento europeísta. No resulta descartable, en consecuencia, que se logre algún acuerdo a última hora para ganar (otra vez) algo de tiempo, aunque no se afronten los problemas de fondo. Entre tanto, las olvidadas primas de riesgo comienzan a desperezarse.