Y sin embargo, los efectos de la inmigración son globalmente positivos

Uno de los secretos del triunfo del populismo parece ser el aprovechamiento de cierto miedo atávico frente al extraño. Tal componente resultó esencial tanto en el triunfo del Brexit, como en el del incalificable Donald Trump. Éste propone, sin pestañear, deportaciones masivas y la construcción de muros (con la guinda surrealista de que lo paguen los propios mexicanos perjudicados). Resulta curiosa la fuerza de este instinto social primitivo, en vista de que  los más diversos estudios ofrecen casi unánimemente una visión positiva del fenómeno de la inmigración para el país receptor.

La evidencia empírica es abrumadora. Los inmigrantes han sido responsables de la mitad del crecimiento de la población en edad de trabajar en las economías avanzadas entre 1990 y 2015. Sin ellos, el tamaño de la fuerza de trabajo decrecería, debido al envejecimiento de la población. Se trata en general de personas relativamente jóvenes, que vienen a trabajar. Pero ¿no perjudican así las oportunidades de empleo de los trabajadores nativos, deprimiendo sus salarios? Rotundamente no. Los estudios suelen encontrar correlaciones positivas entre la inmigración y el salario de los trabajadores autóctonos. En el caso de los trabajadores nativos con más estudios, el efecto positivo es claro; en el caso de pocos estudios, algunas investigaciones encuentran un efecto negativo, pero muy pequeño (que parece afectar especialmente a los trabajadores inmigrantes de oleadas anteriores).

Incluso los inmigrantes con estudios, suelen acceder al mercado de trabajo en ocupaciones que exigen poca formación. Esto permite mantener el empleo en sectores con actividades que los nativos rechazan, como la construcción, el pequeño comercio, la agricultura y los cuidados domésticos. En este sentido, se trata de trabajos que complementa, en vez de sustituir, los de los nativos.

Otro mito negativo afirma que los inmigrantes se aprovechan del Estado del Bienestar, no aportando su cuota para mantenerlo y disfrutando de prestaciones que dejan de ser accesibles a los autóctonos. La verdad es otra, también en este caso. Por su edad relativamente joven (y porque algunos de ellos se encuentran en situación irregular, lo que dificulta su acceso a las prestaciones públicas) los inmigrantes aportan más al Estado de Bienestar de lo que reciben. Esto no es sólo así en el caso más evidente del sistema de pensiones, que contribuyen a sostener. Esos jóvenes trabajadores, a menudo sin familia, cuestan menos al sistema sanitario o educativo que los impuestos directos e indirectos que pagan. Eso sin tener en cuenta el capital humano que han adquirido en el sistema educativo de sus países de origen, y que el país receptor disfruta sin haberlo pagado (como es el caso de los excelentes profesionales sanitarios españoles que trabajan en el Reino Unido).

¿Será entonces el problema, como otros afirman, que los inmigrantes contaminan e impiden preservar nuestra cultura propia? ¡Bendita contaminación! Nada perjudica más a una cultura que encerrarse en sí misma y dejar de renovarse. Los inmigrantes enriquecen el panorama cultural y lo diversifican. En el plano económico, suelen tener una mayor propensión a la asunción de riesgos y a la creación de empresas. En ellos reside uno de los secretos del éxito de Silicon Valley. ¡Al que se ha jugado la vida cruzando el mar en una lancha neumática o atravesando a pie un desierto, poco le deben arredrar los formularios o las solicitudes de préstamos!

Tampoco al prejuicio de que los inmigrantes son responsables de olas de criminalidad y terrorismo le sostiene evidencia empírica alguna. Numerosos estudios encuentran el efecto contrario para los inmigrantes de primera generación y los refugiados; a partir de la segunda generación, la propensión a la criminalidad tiende a converger al alza con la de los nativos.

Todos los prejuicios anteriores subrayan en realidad la existencia de otro prejuicio: la creencia de que es la racionalidad quien guía nuestra vida social. “Los judíos nos roban; los europeos del Este nos roban; los mexicanos nos roban; los españoles nos roban”. Que sean una colección de falsedades, no impide que tales lemas proporcionen en muchas ocasiones el éxito a los siniestros empresarios del odio que los acuñan. Al ojo clínico de Santiago Ramón y Cajal, este fenómeno no le pasó desapercibido: “Razonar y convencer, ¡qué difícil, largo y trabajoso! ¿Sugestionar? ¡Qué fácil, rápido y barato!”.