La economía española sigue creciendo a buen ritmo (todavía)

El conjunto de datos e informes publicados en los últimos días permite dibujar un cuadro más preciso de la situación que atraviesa la economía española ahora mismo.  El Instituto Nacional de Estadística acaba de publicar su estimación provisional del crecimiento del PIB en 2016. La producción ha crecido un 3.2% el año pasado, es decir, al mismo buen ritmo que el año anterior. Se trata de una buena noticia, que supera lo que preveían la mayoría de instituciones y analistas a principios de 2016.

A este ritmo, a mediados de 2017 será posible recuperar el nivel de producción de 2008, el anterior a la crisis. Por otro lado, la tasa de crecimiento española casi duplica el 1.7% a que crece el PIB en el conjunto de la zona del euro, lo que convierte al dato en aún más destacable. Hace no tanto tiempo, habríamos firmado con los ojos cerrados disfrutar de un par de años de tanto crecimiento como 2015 y 2016. Otros datos recientes, los de la Encuesta de Población Activa, confirman la imagen del cuadro anterior: en 2016 se han creado 413.900 empleos, lo que ha permitido rebajar la tasa de paro en 2,26 puntos, hasta dejarla en el 18,63%.

Sin embargo, tales alegrías no dan motivo para la euforia, ni siquiera para la relajación. En el plano laboral, por ejemplo, la tasa de paro española duplica el 9,6% de la zona del euro. En términos de empleo, la recuperación de los niveles anteriores a la crisis está más lejana: aún faltan algo más de 2 millones de empleos, es decir, unos cuatro años (al ritmo de crecimiento actual).

El problema reside precisamente en que el ritmo actual es poco probable que se mantenga. De hecho, incluso los buenos datos arriba comentados recogen ya algunos leves síntomas de desaceleración en el tramo final del año pasado. En efecto, el crecimiento en el último trimestre de 2016 fue similar al del tercero, pero en los seis trimestres anteriores había sido mayor; además, en 2016 se crearon unos cien mil empleos menos que en 2015.

Las causas de esa desaceleración están claras: los famosos “vientos de cola” que han venido empujando la economía española soplan cada vez con menos fuerza. Los bajos precios del petróleo han abaratado nuestras importaciones y aumentado la renta disponible de las familias, pero (aún más tras el acuerdo de la OPEP para reducir la producción) el precio del barril ha comenzado ya a remontar. La expansiva política monetaria del BCE ha llevado los tipos de interés a mínimos históricos, favoreciendo así a nuestras endeudadas familias, empresas y administraciones públicas; pero dicha política ha llegado al límite y, con el repunte de la inflación (en España es ahora del 3%, otro dato publicado estos días) habrá de irse normalizando progresivamente. La depreciación del euro ha sido otra consecuencia de la política monetaria del BCE, que ha favorecido las exportaciones españolas hacia países que usan otras monedas. El auge del turismo se debe, en buena parte, a la inseguridad de los destinos alternativos en el sur del Mediterráneo. Por último, la política fiscal ha tenido un tono expansivo en los últimos tiempos, al haberse utilizado una vez más con fines electorales. Con una deuda pública del 100% del PIB y unos objetivos europeos de déficit que cumplir, ese tono se está ya revirtiendo. Por todo ello, los pronósticos de crecimiento para 2017 son menos optimistas, con cifras en torno al 2,5%.

Si queremos seguir creciendo a ritmos superiores, habrá que apostar por reformas ambiciosas. Las fórmulas no son desconocidas. El FMI, en su recién publicado informe sobre la economía española, señala algunas de ellas (junto a otras más discutibles): un mayor control del gasto y  los déficit de las Comunidades Autónomas, reforzar la unidad del mercado interno, combatir la precariedad laboral con medidas en la línea del contrato único, mejorar las políticas activas de empleo, dejar de desincentivar el aumento de tamaño de las pequeñas empresas... ¿Seremos capaces? Más nos vale, ante las amenazas de tormenta que presagian los negros nubarrones de Trump, el Brexit, las elecciones francesas y el referéndum ilegal en que están empeñados los secesionistas catalanes. “¡Audacia, más audacia, siempre audacia!” fue el lema de Danton; no le funcionó mal, en situaciones mucho más desesperadas.