Nuestras tradiciones navideñas provienen de la antigua Roma

En Navidad (del latín Nativitas, nacimiento) celebramos la venida al mundo de Jesucristo. Sin embargo, en realidad no se sabe la fecha exacta en la que nació, pues la Biblia no concreta ninguna. En todo caso, los datos que proporciona llevan a pensar que no debió ser en pleno invierno: los pastores cuidaban sus rebaños en campo abierto y los romanos acababan de organizar un censo, que habría sido incómodo situar en esa época del año.

Lo cierto es que celebrar la Navidad en estas fechas se decidió a inicios del siglo IV, en tiempos del emperador Constantino y de la consolidación del cristianismo como religión oficial del Imperio. La elección no fue arbitraria. El solsticio de invierno (que en el antiguo calendario romano se celebraba el día 25 de diciembre) ha sido un momento lleno de significación religiosa desde tiempos prehistóricos en todo el mundo. Antes, los días se van acortando progresivamente, parece que el mundo va a sumirse en la oscuridad total. Ese día, la luz del Sol triunfa sobre las tinieblas y el astro rey renace. En las sociedades primitivas, agrarias, dependientes de las cosechas y con escasa iluminación artificial, estos fenómenos naturales se vivían con la mayor emoción. Era fácil asociarlos a ideas como el triunfo de la vida sobre la muerte o la resurrección, ligadas al ciclo eterno de las estaciones.

En la Roma precristiana, del 17 al 24 de diciembre se celebraban las Saturnalia (en honor de Saturno, dios del tiempo y de la agricultura). En esta fiesta participaban incluso los esclavos. Las casas se decoraban con plantas y guirnaldas, además de iluminarlas con velas y antorchas. Tal decoración, que simboliza el triunfo de la luz y el renacer de la Naturaleza, era típica de estas fechas también en otras sociedades antiguas. En ellas se encuentra el origen de nuestra decoración navideña (aunque el motivo concreto del árbol de Navidad es posterior y proviene del Norte de Europa).

Otro componente de las Saturnalia eran los banquetes, antecedentes aumentados de los que, en la actualidad, destruyen nuestros buenos propósitos de adelgazar. Los romanos aprovechaban, como nosotros, esas fiestas para intercambiar visitas y regalos con familiares y amigos. Incluso la Lotería navideña tiene alguna raíz romana, pues en las cenas se solía repartir boletos entre los comensales (aunque, en esos felices tiempos, todos estaban premiados con algún regalo). Las bromas, hoy relegadas al día de los Santos Inocentes, eran así mismo un rasgo distintivo de las Saturnalia.

En tiempos posteriores (los del emperador Aureliano, en torno al siglo III) las Saturnalia culminaban con la celebración del nacimiento del Sol Invicto (Natalis Invicti Solis) el 25 de diciembre. Esta fiesta estaba relacionada con el mitraísmo, una religión de origen persa, traída a Roma por los legionarios que guarnecían las fronteras orientales del Imperio. El culto a Mitra fue un competidor directo del Cristianismo, como religión iniciática que prometía la salvación eterna.

La Navidad cristiana se situó en estas fechas para facilitar la transición desde esos cultos paganos, arraigados en las costumbres  sociales, hacia la nueva religión. Nuestras decoraciones vegetales, iluminaciones, comilonas, regalos y bromas no le resultarían extrañas a un romano de hace dos mil años.