¡Mamma mía! El Brexit, Trump y ¿ahora Italia?

El próximo domingo se celebrará un referéndum en Italia que puede decidir la suerte de la Unión Europea. La tercera parte de esta ruleta rusa, en la que siempre sale la bala, llega en el peor momento (tras el Brexit y Trump). El lugar tampoco parece el más propicio: Italia ha sido históricamente un país susceptible a las tentaciones populistas. La patria de Benito Mussolini y Silvio Berlusconi vive hoy pendiente del payaso (en sentido literal) Beppe Grillo, líder el Movimiento 5 Estrellas. Esta variopinta coalición, partidaria de celebrar un referéndum para abandonar el euro, gobierna ya ciudades tan importantes como Roma o Turín. En las encuestas, su apoyo está a pocos puntos de distancia del que obtiene el gobernante Partido Democrático de Matteo Renzi.

En este peligroso contexto doméstico e internacional, el joven primer ministro italiano ha optado por realizar una apuesta de alto riesgo. A su modo de ver, los problemas de Italia tienen raíces institucionales. Sólo gobiernos estables y sólidos serán capaces de realizar las profundas reformas que el país necesita. El día 4 los votantes tendrán que decidir si apoyan los cambios que propone.

El peculiar sistema vigente se basa en el bicameralismo simétrico. El Senado tiene poderes equivalentes a los de la Cámara baja. Esto hace que las leyes puedan rebotar de una a otra cámara durante años. La reforma busca subordinar el Senado a la Cámara de los Diputados, reduciéndole al papel consultivo habitual en la mayoría de países e impidiendo que pueda bloquear las leyes, salvo en casos muy excepcionales. Su tamaño también se reduciría considerablemente. Por desgracia, estas ideas sensatas se han mezclado con detalles muy discutibles. En particular, ha provocado rechazo que el nuevo Senado no vaya a ser elegido de forma directa. Casi todos sus miembros serían políticos del ámbito local (el más corrupto de la política italiana) seleccionados por las asambleas regionales.

Lo anterior se suma a la reforma, ya aprobada, de la ley electoral. La inestabilidad política italiana ha sido enorme desde el final de la II Guerra Mundial. Nada menos que 65 gobiernos se han ido sucediendo desde entonces de forma vertiginosa. La ley electoral reformada pretende terminar con esto, primando fuertemente al partido más votado. Esto le garantizaría una mayoría en la Cámara baja, para agotar los 5 años de la legislatura. De nuevo, el objetivo es correcto, pero la forma concreta de llegar a él discutible. Este nuevo sistema electoral da demasiado poder al ejecutivo. Paradójicamente, aumenta el peligro de un hipotético primer ministro populista, si el Movimiento 5 Estrellas acabase siendo la minoría más votada.

Otras medidas reformistas que se votan en el referéndum resultan de especial interés, vistas desde España. Los problemas que, en este caso, se pretenden resolver resultan familiares. Italia ha ido cediendo parcelas de autonomía a las regiones que la componen. El experimento no ha estado libre de inconvenientes. Ha aumentado las regulaciones y la burocracia, al añadir un nuevo nivel de gobierno al municipal, provincial, estatal y europeo. La corrupción ha proliferado. Los gobiernos regionales han ido endeudándose, sin que las autoridades centrales lo pudiesen evitar. Las competencias entre los distintos niveles de gobierno se solapan, dando lugar a costosas duplicidades.

A diferencia de España, parece que en Italia tales asuntos se pueden discutir sin ser tachado de fascista. Incluso es posible intentar solucionarlos de forma racional. La reforma pretende disminuir las competencias de las regiones, limitar el déficit en sus cuentas públicas, reducir duplicidades y eliminar las administraciones provinciales. Estas propuestas son las que menos oposición han generado.

En el caso de perder el referéndum, Renzi ha anunciado que dimitiría. Es probable que tenga que hacerlo. Tiene en contra a los principales partidos de la oposición y a una minoría de su propio partido. El sí, que hace meses disfrutaba de una cómoda ventaja, ahora pierde por más de 10 puntos en las encuestas. La situación económica tampoco ayuda. El PIB permanece estancado en niveles similares a los de hace una década. Esto perjudica a la popularidad del primer ministro. Su intento de convertir el referéndum en un voto de confianza a su persona ha sido un grave error.

Si Renzi cae, tal vez sea posible formar un gobierno tecnocrático de gestión, como ha sucedido otras veces. No obstante, existe un escenario alternativo potencialmente apocalíptico. El triunfo del no podría elevar la prima de riesgo y el coste de la deuda pública italiana (que asciende al 133% del PIB) convirtiéndola en insostenible. Los frágiles bancos italianos son dueños de buena parte de esa deuda.

El Banco Central Europeo deberá utilizar toda su artillería para evitar este escenario. De no ser así, volveríamos a oír hablar de crisis bancaria e impago de la deuda pública, pero esta vez en la tercera economía de la zona del euro. La segunda, Francia, está pendiente de sus propias elecciones presidenciales. La Unión Europea, en lucha por la supervivencia, debería haber hecho mucho más que rezar para que los dados no caigan del lado equivocado.