Europa sin defensa

El Brexit y la victoria de Donald Trump tendrán consecuencias de todo tipo. Una de ellas ha quedado oscurecida, en los análisis de los medios de comunicación españoles, pese a su importancia. Se trata del fuerte impacto de ambos acontecimientos en la política de Defensa europea.

El Reino Unido dispone del ejército europeo más eficaz. Gasta en él anualmente una cifra relativamente alta (el 2.2% del PIB) y está cerca de la vanguardia tecnológica militar (gracias al potencial científico del país y a la estrecha relación que mantiene con Estados Unidos), además de disponer de armamento nuclear. Tan pronto como pueda, este país dejará de pertenecer al club europeo, como sus ciudadanos han decidido en referéndum.
A lo anterior se ha sumado la victoria de Trump, quien tiene polémicas ideas sobre casi todo, incluyendo la política de Defensa. Durante la campaña electoral, sus intervenciones abundaron en críticas al bajo gasto militar de los países europeos. A los miembros de la OTAN se les marca como objetivo gastar un mínimo del 2% del PIB en Defensa, pero casi ningún socio europeo cumple. En consecuencia, Trump se queja del desproporcionado peso que soporta Estados Unidos y parece cuestionar la garantía de protección estadounidense en tales casos. La simple duda hace temblar los cimientos sobre los que se construyó el orden internacional posterior a la II Guerra Mundial.

Ante semejante panorama, la Unión Europea debería hacer de la necesidad virtud y profundizar en la integración de las políticas de Defensa de los países miembros. Las amenazas que justifican ese paso al frente son numerosas. Al Este, la Rusia de Putin (con un gasto militar que supera el 5% del PIB) ha logrado modernizar su arsenal y practica una política exterior muy agresiva, de la que Ucrania y Siria son ejemplos claros. Al Sur, la amenaza del islamismo radical sigue viva, con sus secuelas de terrorismo, Estados fallidos, guerras civiles y flujos de refugiados. Nuevas formas de ataque, como los cibernéticos o la llamada “guerra híbrida” (que combina la fuerza convencional con la subversión política y la desinformación), proporcionan argumentos adicionales para situar la política de Defensa y Seguridad europeas en un lugar prioritario de la agenda.

El objetivo último debería ser, en consonancia con el sueño europeo fundacional, la creación de un ejército federal único. Para llegar algún día a alcanzarlo, debería aplicarse el método tradicional en la Unión Europea: ir dando los pasos posibles en esa dirección, de forma que se vayan creando unos intereses comunes, que permitan progresos adicionales en el futuro.

En lo que se refiere a las estructuras de mando, un primer paso a considerar es el establecimiento de centros de mando integrados permanentes, desde los que planificar y dirigir las misiones europeas. Hasta ahora, tales misiones se han dirigido desde cuarteles generales nacionales elegidos para la ocasión.

Respecto al equipamiento, la cooperación puede iniciarse en la adquisición conjunta de material, para ir avanzando hacia el uso compartido. Los recursos deberían concentrarse en el material más moderno (como los drones) en vez del tradicional.

El gasto en investigación y desarrollo militar, que a menudo tiene aplicaciones civiles de interés, es otro campo en el que existe amplio margen para reforzar la cooperación. Se está estudiando la creación de un Fondo de la Unión Europea destinado a financiar este tipo de proyectos, cuya cuantía iría aumentando progresivamente.

Una política de Defensa europea más ambiciosa requeriría recursos para financiarla. Durante la crisis, las partidas de gasto militar han estado entre las más afectadas por los recortes presupuestarios. Aunque el descenso se ha interrumpido recientemente, sólo tres países de la Unión Europea (sin contar al Reino Unido) cumplen con el objetivo marcado por la OTAN de alcanzar el 2% del PIB: Grecia (2.4%), Estonia (2.2%) y Polonia (2%). Los grandes países europeos están por debajo de ese umbral: Francia destina el 1.8%, Alemania el 1.2% e Italia el 1.1%. Estados Unidos, por su parte, gasta proporcionalmente casi el doble (el 3.6%).

La mayor dotación de recursos sería una condición necesaria, pero no suficiente. La principal dificultad proviene de que los Estados no estarán dispuestos a renunciar al control unilateral del armamento, sin tener la garantía de que podrán utilizarlo cuando lo necesiten. A esto se une la diferente cultura estratégica de países como Francia, más acostumbrados a proyectar su poder militar hacia el exterior, y otros como Alemania, para los que la política de Defensa empieza y termina en casa.

Una forma de facilitar el acuerdo sería comenzar de forma limitada y voluntaria, como cooperación reforzada sólo entre un núcleo de países afines, sin incluir a todos los países miembros de la Unión Europea. Francia y Alemania serían, como siempre, socios esenciales. En este caso, el protagonismo debe corresponder a Francia, el único país de la Unión Europea con un paraguas nuclear propio y un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Esto puede ser una ventaja, pues ayudaría a reequilibrar el excesivo peso que ha tenido Alemania en los últimos años.

En los años treinta, cuando unos Estados Unidos azotados por otra crisis dieron la espalda al mundo, los europeos comprobamos que, para garantizar la Paz, no basta con ser pacífico. De nada sirve ser un Chamberlain si en frente está un Hitler. Conviene recordar esto en nuestro país, donde el gasto militar se ha convertido en un tabú. Los recursos empleados en Defensa equivalen en España al 0.9% del PIB, el porcentaje más bajo de la Unión Europea (si se exceptúa a Luxemburgo).

Según Sun Tzu, “El supremo arte de la guerra consiste en doblegar al enemigo sin necesidad de luchar”. Practicarlo requiere disponer de unas defensas creíbles. Europa está dejando de tenerlas.