Están locos estos americanos: las propuestas económicas del presidente Trump

En estas elecciones presidenciales norteamericanas, las propuestas de política económica no han sido las protagonistas. De hecho, el candidato ganador, Donald Trump, ni siquiera se ha molestado en detallar unos planes mínimamente coherentes en este crucial terreno. Sin embargo, lo que un nuevo presidente de Estados Unidos dice pretender no deja de ser importante.
En realidad, la política fiscal no tiene margen en Estados Unidos para muchas alegrías. La deuda pública se ha duplicado en términos del PIB desde el inicio de la crisis: la comenzó en el 35% del PIB y actualmente llega al 77%. Es cierto que la recuperación económica y los recortes del gasto han reducido el déficit público, desde un gigantesco 9,8% del PIB en 2009 hasta el 2,5% en 2015. No obstante, a largo plazo pesa sobre estas cuentas públicas la amenaza del fuerte aumento previsto en el gasto público dedicado a la sanidad y las pensiones.

Nada de lo anterior ha detenido a Trump a la hora de hacer promesas populistas. Por el lado de los ingresos, propone fuertes bajadas impositivas. Aunque él lo niegue con su habitual desparpajo, se trata de un programa fiscal claramente regresivo. De ponerse en práctica, la renta disponible de los grupos de renta baja aumentaría algo (entre el 1% y el 8%), pero el 1% de la población con las rentas más altas las verían aumentar con más fuerza (entre el 10% y el 20%). Este resultado se debe, sobre todo, a la promesa de reducir el tipo marginal máximo en el impuesto sobre la renta desde el 39,6% al 33%.

Las propuestas de mayor gasto público también abundan en el programa de Trump. Esos aumentos no se centran en defensa, si no que incluyen otras partidas menos típicas en las propuestas republicanas tradicionales (como educación, cuidado infantil e infraestructuras). Evidentemente, sumadas tales promesas de ingresos y gastos, las cuentas no cuadran. Estimaciones de expertos independientes concluyen que, si se pusiesen en práctica, la deuda pública se dispararía por encima del 100% del PIB.

Como siempre en estos casos, se intenta que las disparatadas promesas parezcan sostenibles sobre el papel, pronosticando unas irreales tasas de crecimiento que generen mayores ingresos públicos. Trump promete acelerar el crecimiento económico de Estados Unidos hasta el 3,5%-4% anual, frente a un crecimiento medio del 2,1% desde el final de la recesión. Asegura, así mismo, que creará nada menos que 25 millones de nuevos empleos. Es decir, 20 millones más que los actualmente previstos. Por prometer que no quede.

No parece factible alcanzar esas tasas de crecimiento en una economía cuya población envejece, excepto mediante aumentos increíbles de la productividad. Tampoco está claro, dado el escenario demográfico, quiénes ocuparían esos millones de nuevos empleos. Paradójicamente, solo podrían hacerlo millones de inmigrantes, pero Trump quiere impedir su entrada e incluso expulsar a los que ya están dentro. Un buen ejemplo de la disparatada lógica del populismo.

El supuesto crecimiento tampoco sería muy sostenible desde el punto de vista medioambiental. El nuevo presidente de la principal economía del mundo considera el cambio climático una patraña, pese a la abrumadora evidencia científica. Esto resulta muy preocupante, en vista de la insuficiencia de los acuerdos internacionales actuales para combatir el calentamiento global, que deberían ser reforzados en vez de cuestionados.

En vez de una aceleración del crecimiento estadounidense y mundial, más bien cabe esperar una ralentización, como consecuencia de las propuestas de Trump contra la inmigración y el libre comercio. El recién elegido presidente pretende renegociar el acuerdo de libre comercio entre su país, Canadá y México (el NAFTA), oponerse al TPP, declarar a China un país que manipula su divisa... En este escenario, una guerra comercial de enormes proporciones estaría asegurada. Los países perjudicados por las medidas proteccionistas de Estados Unidos, sin duda, tomarían algún tipo de represalias.

Como puede verse, estamos viviendo (a menor escala) una repetición de la Historia. Unos años después de la crisis económica mundial iniciada en 1929 (la Gran Depresión, tan similar a la reciente Gran Recesión), sus efectos económicos negativos provocaron el surgimiento de movimientos radicales de corte proteccionista, incluso en países tan avanzados como Alemania. Lo que viene ahora, en esta repetición de los años treinta del siglo pasado, son las malas consecuencias de esos gobiernos populistas. Esperemos que sean menos nefastas que entonces.

Por fortuna, en Estados Unidos existe la separación de poderes. La capacidad de poner en práctica estas absurdas ideas dependerá también del Congreso, del Senado y del poder judicial. El poder legislativo goza de una gran capacidad para condicionar a los presidentes, especialmente en la política presupuestaria. Aunque ambas cámaras tendrán mayoría republicana, en ellas no rige la disciplina de voto con tanta fuerza como en Europa. La política monetaria está en manos de la Reserva Federal. Además, tal vez el nuevo presidente esté en realidad menos loco de lo que parece. La esperanza es lo último que se pierde.

Mientras tales incógnitas se despejan, parece un buen momento para meditar sobre una provocativa frase de George Bernard Shaw: “La Democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos”. Pues eso.