¿Qué nos enseñan Holmström y Hart, los Premios Nobel de Economía 2016?

El premio Nobel de Economía 2016 acaba de ser concedido a Bengt Holmström y Oliver Hart. Se trata de dos economistas europeos que desarrollan su carrera académica en algunas de las mejores universidades de Estados Unidos. Holmström es un finlandés de 67 años, profesor del Massachusetts Institute of Technology (MIT); Hart, un británico de 68, profesor en Harvard.
Dentro de la profesión económica, el premio se considera merecido. Llama la atención, aún así, que (un año más) se haya dejado de lado a los economistas que trabajan en Macroeconomía, en la comprensión de los grandes agregados económicos (como el PIB), para premiar a los que estudian cuestiones más concretas en el ámbito de la Microeconomía. Esto refleja bien la crisis que sufre la Macro, desde el estallido de la Gran Recesión en 2007.

Las aportaciones de Holmström y Hart se centran en la Teoría de los Contratos. Éstos desempeñan un papel esencial en el funcionamiento de cualquier economía. Para cooperar, los individuos necesitan incentivos, de forma que se puedan alinear sus intereses en la persecución de un objetivo común mutuamente beneficioso. De ahí la importancia de entender cómo funcionan esos contratos y cómo se pueden mejorar. Este análisis permite, diseñando mejores contratos, mejorar también el funcionamiento interno de las empresas, las instituciones y todo tipo de organizaciones. En este sentido, los premios Nobel de 2016 suponen un nuevo reconocimiento a la tradición que liga el buen funcionamiento de la economía a la existencia de marcos institucionales adecuados.
Algunas de estas intuiciones básicas son tan antiguas como la propia ciencia económica, aparecen ya en Adam Smith. La economía moderna es capaz, sin embargo, de formalizar matemáticamente estas ideas, demostrarlas con más rigor y extraer nuevas consecuencias.

Los trabajos de Holmström han tenido particular importancia en lo que se refiere al diseño de las remuneraciones de los ejecutivos de empresa. La separación entre la propiedad de la empresa (que pertenece a los accionistas) y el control (en manos de los ejecutivos que la dirigen en su nombre) puede hacer que éstos tomen decisiones que les favorezcan a ellos, aunque perjudiquen a los accionistas, si la estructura de incentivos no está bien diseñada en sus contratos. Buena parte de lo sucedido en la crisis de las instituciones financieras ha tenido que ver precisamente con este problema.

¿Cómo fijar la retribución de los directivos de una empresa, de forma que velen por los intereses de los accionistas? La respuesta habitual es pagar por resultados, incorporando un componente a la retribución que sea variable, ligado a la evolución del precio de las acciones de la compañía. Los trabajos de Holmström señalan que el contrato óptimo debe depender de variables que estén relacionadas con el esfuerzo del propio agente. Vincular la remuneración variable al comportamiento del precio de los títulos de la compañía, equivale a pagar en función de la buena suerte. El precio de las acciones puede subir por motivos que nada tengan que ver con el comportamiento del directivo, como el entorno macroeconómico o la política monetaria. Para corregir este problema, tiene más sentido premiarle por el comportamiento relativo de la acción, comparado con el de otras del mismo sector.

Otra implicación interesante de los trabajos de Holmström es la conveniencia de diferir en el tiempo parte de las recompensas, hasta que sea posible evaluar mejor el resultado del trabajo del agente en cuestión, evitando así las tentaciones cortoplacistas.

Aunque, como profesor universitario, tal vez mi resultado favorito (de entre los que se derivan de sus investigaciones) se refiera a las actividades multidimensionales. Cuando las actividades son complejas y multidimensionales, incluyendo facetas que son más fáciles de medir (como el porcentaje de aprobados o el uso de Power Point) y otras menos (como la calidad de la enseñanza), recompensar solo las actividades fáciles de medir puede provocar comportamientos disfuncionales. Gran verdad. Las empresas y otras organizaciones todavía tienen mucho que aprender en sus prácticas cotidianas de las enseñanzas del nuevo Nobel finlandés.

Los trabajos de Hart sobre la Teoría de los Contratos complementan los de Holmström; de ahí la justicia de este premio compartido. En el mundo real, no es posible escribir contratos que especifiquen toda posible contingencia. En este sentido, se trata de contratos incompletos. Esto puede generar todo tipo de comportamientos oportunistas e ineficientes. Las aportaciones de Hart ayudan a entender cómo deben estar diseñados los procesos de toma de decisiones (y los derechos de propiedad de que éstos dependen) para minimizar las ineficiencias que generan los contratos incompletos. Dado que es imposible especificar en el contrato todo lo que podría ocurrir, lo importante es establecer unas reglas generales que estipulen la forma en que se adoptarán las decisiones.

Otros resultados de Hart aclaran cómo deben decidir las organizaciones qué tareas realizan ellas mismas y cuáles externalizan. Esto tiene aplicaciones a la teoría sobre la fusión de empresas y a la de la privatización de servicios públicos. La aplicación práctica de estas teorías que ha tenido mayor impacto social se refiere al sistema de prisiones en Estados Unidos. Los incentivos en las prisiones privatizadas empujan a reducir los costes, aunque sea a costa de la calidad (en forma de peores condiciones de vida para los presos que en las prisiones públicas). El debate público sobre estas cuestiones ha llevado a que las autoridades estadounidenses se replanteen este tipo de prácticas privatizadoras.

Enhorabuena a los merecidos ganadores del Premio Nobel de Economía de 2016. Gracias, como economista, por demostrar fehacientemente con su trabajo que la Ciencia Económica sigue resultando socialmente útil, pese a sus indudables deficiencias. En cuanto que Ciencia positiva, ayuda a comprender cómo funciona la realidad. En su versión normativa, indica cómo deberían ser idealmente las cosas y permite diseñar reformas para alcanzar esos objetivos. Disciplinar el debate público español mediante este marco conceptual (liberándolo de luchas identitarias, morbo, demagogia y absurdas revisiones de la Historia) supondría un gran avance colectivo. Aunque, en ese caso ¿cuántos políticos se quedarían sin absolutamente nada que decir?