Celebremos el centenario de José Echegaray, premio Nobel y genio polifacético

El 14 de septiembre se cumplieron cien años de la muerte de D. José Echegaray, aunque la efemérides haya pasado en gran medida desapercibida. Lamentablemente, pues se trataba de una buena oportunidad para conmemorar la figura de un genio, que destacó en actividades muy distintas. En su faceta como ingeniero y científico, suele considerársele en mejor matemático español del siglo XIX. En su vertiente política, fue varias veces ministro (de Fomento y de Hacienda), debiéndose a una medida suya que el Banco de España recibiese el monopolio de emisión de moneda, rasgo esencial para convertirse en un moderno Banco Central. Encontró, así mismo, energías para escribir sesenta y siete obras de teatro, la mitad de ellas en verso, que le valieron en 1904 la concesión del Premio Nobel de Literatura. No es común que alguien sobresalga simultáneamente en campos científicos, artísticos y políticos. Tampoco sobran figuras de semejante talla intelectual en nuestra Historia.

José Echegaray nació en 1832, hijo de un profesor de instituto. Tras diversos traslados, debidos al empleo de su padre, el final de su infancia transcurre en Madrid, donde se prepara para entrar en la Escuela de Ingenieros de Caminos. Obtiene dicho título, con el número uno de su promoción y logrando la máxima calificación en todas las asignaturas.

Destinado como ingeniero en Granada y Almería, logra en 1854 un puesto como profesor en la Escuela en la que había estudiado. La labor científica continuaría el resto de su vida. Por un lado, en forma de divulgación: dando conferencias (como las del Ateneo, institución que llegaría a presidir), escribiendo libros y artículos de prensa, sobre los últimos adelantos en Física, Astronomía y Matemáticas. En 1864 es nombrado miembro de la Academia de Ciencias. El polémico discurso de ingreso versó sobre la Historia de las Matemáticas y las escasas aportaciones españolas a esa Ciencia, debido “al fanatismo religioso, a la Inquisición... que había ahogado los instintos científicos de los españoles, ahumando sus cerebros con los gases desprendidos de las hogueras...”.

Echegaray, que terminaría su carrera como Catedrático de Física Matemática de la Universidad Central, promovió además el conocimiento mediante otras iniciativas. Próximo al círculo krausista y a los distintos proyectos educativos que éste puso en marcha, fue uno de los fundadores de la Institución Libre de Enseñanza.

El joven profesor de la Escuela de Ingenieros, entró en contacto con un colega, Gabriel Rodríguez, que será su mentor en cuestiones económicas. En efecto, Echegaray tiene también una faceta como economista. En su época se produjo la llamada revolución marginalista, uno de cuyos rasgos fue la aplicación de métodos matemáticos a la Economía. Capaz de apreciar estos desarrollos, estuvo entre los introductores de Jevons en España. No obstante, su economista favorito en los primeros tiempos fue el polemista Bastiat. Pertrechado con estas lecturas económicas, Echegaray se vio envuelto, de la mano de Gabriel Rodríguez, en la polémica entre proteccionistas y librecambistas, apoyando a estos últimos. Fue miembro de la Asociación para la Reforma de los Aranceles de Aduanas (con la que participó en mítines) y de la Sociedad Libre de Economía Política.

Cuando estalla la Revolución Gloriosa de 1868 y se renuevan las élites dirigentes, esas inquietudes sociales le llevan al campo de la política activa. Es nombrado primero Director General de Obras Públicas, después ministro de Fomento (en diferentes etapas). Destaca entre sus proyectos la extensión de la red de ferrocarril, de forma que el tendido fuese más transversal, en vez de tan radial desde Madrid. Otra iniciativa encomiable fue el intento de mejorar la instrucción pública primaria, en aquellos tiempos dependientes de unos ayuntamientos que apenas pagaban a los maestros, mientras sí encontraban “recursos para una fiesta de pólvora, para una novillada...”.

Diputado en Cortes en calidad de simpatizante del partido Demócrata, ocupó en otras ocasiones la cartera de Hacienda. En esos turbulentos tiempos, que desembocaron en la I República y el cantonalismo, con la guerra carlista y la de Cuba recrudecidas, la necesidad de recursos de la Hacienda Pública era acuciante. Tales necesidades están en la raíz de la decisión ministerial más importante de nuestro protagonista: la concesión en 1874 al Banco de España del monopolio en la emisión de billetes. No lo hizo por razones ideológicas, pues había defendido en el pasado la pluralidad de emisores. Pesaron más los 125 millones de pesetas que el banco aportó al gobierno a cambio, una cantidad fabulosa para la época.

Las aficiones literarias del ministro se hacen notar en el preámbulo de la norma: “Abatido el crédito por el abuso, agotados los impuestos por vicios administrativos... En tan críticas circunstancias, el ministro que suscribe se propone crear... un Banco Nacional, nueva potencia financiera que venga en ayuda de la Hacienda Pública”. Hoy ya no se escribe así en el BOE.

Además de varias veces diputado y senador, Echegaray fue ministro de Hacienda otra vez en 1905, en circunstancias muy diferentes. Todavía se disfrutaba entonces del superávit en las cuentas públicas, fruto de las políticas de su antecesor Fernández-Villaverde. El nuevo ministro acuñó la expresión de “santo temor al déficit” como divisa de esas políticas.

Matemático, científico, académico, activista social, ministro de diferentes ramos... Cualquier vida normal estaría más que colmada. Sin embargo, la faceta más conocida de Echegaray fue otra. Apartado temporalmente de la política, debido a su trayectoria progresista y democrática, por la Restauración borbónica de 1875, dio entonces rienda suelta a otra de sus aficiones, la Literatura. Su abundante producción teatral cosechó repetidos éxitos y fue representada también en otros países. En 1904, le hizo acreedor a la concesión del Premio Nobel de Literatura (compartido con Mistral). Desde 1882 era miembro de otra Real Academia, la de la Lengua.

La concesión del premio Nobel provocó una airada reacción entre los jóvenes escritores de la Generación del 98, que la consideraron inmerecida. Los gustos y las modas literarias estaban cambiando. Esto solo fue el preludio del progresivo olvido al que estaba destinado este genio polifacético y deslumbrante. El centenario de su muerte parece una buena ocasión para reivindicar su figura.