Las memorias de un (buen) ministro de Economía: Luis de Guindos

Durante la X Legislatura, tuve el honor de ser portavoz económico en el Congreso de los Diputados de un Grupo Parlamentario de la oposición. Fue una experiencia que atesoraré siempre. Sin embargo, cuando he intentado reflexionar sobre mi propio papel y valorarlo, a menudo he sentido un sabor agridulce. Una de las razones tiene que ver con ciertos rasgos inherentes a la actividad política. Cuando uno es portavoz del gobierno, tiende inevitablemente a enfatizar sólo lo que marcha bien; los portavoces de la oposición, por el contrario, destacarán especialmente los aspectos negativos de la realidad. Unos y otros relatos son parciales. En ellos se dice la verdad, pero solo una parte de la verdad. Honestamente, creo que (aunque quise ser objetivo y reconocí en ocasiones aciertos de los adversarios) tampoco mis intervenciones se vieron libres de tales sesgos.

No se deduzca de lo anterior que reniego de esas intervenciones. Pensaba y creía (sigo pensando y creyendo) lo que dije en ellas. La mayoría no ha envejecido mal. No obstante, tal vez tuvieron en cuenta solo una parte de la compleja realidad. Tampoco los cortos tiempos asignados en los debates permitían excesivos matices.
Todas las críticas y las propuestas de soluciones alternativas están, negro sobre blanco, en el Diario de Sesiones. Quien tenga la curiosidad y la paciencia, puede encontrarlas allí. Hoy mi objetivo es otro: reequilibrar la balanza, aprovechando el libro recién publicado por Luis de Guindos (España amenazada) a modo de Memorias de su actividad como ministro de Economía en esos años.

El asunto que más ha ocupado al ministro de Economía, dado el reparto de funciones dentro del Gobierno actual, ha sido la crisis del sistema financiero. De los logros alcanzados en este frente debe depender, por tanto, en gran medida la nota que se ponga a su gestión. No ha sido un tema menor, pues ha formado parte del propio núcleo de la crisis. Por otro lado, esa gestión solo puede ser valorada con justicia teniendo en cuenta en qué momento llega Guindos al Ministerio y a qué situación se enfrenta entonces.

Las medidas más relevantes para hacer frente a la crisis bancaria fueron los llamados Reales Decretos Guindos I y Guindos II, promulgados al inicio del mandato. Son también los que más controversia provocan. Para algunos (como los antiguos gestores de Bankia) esos Reales Decretos fueron los causantes de la crisis de las Cajas de Ahorros. Las forzó a reformular sus balances y cuentas, con el consiguiente pánico, al ponerse de manifiesto la delicada situación que atravesaban.

La realidad es más bien la contraria. Esos Reales Decretos supusieron un avance esencial hacia la salida de la crisis pues, gracias a ellos, se reconoció de una vez la realidad. Las Cajas de Ahorros estaban particularmente involucradas en la burbuja inmobiliaria, por culpa de una gestión politizada y poco profesional. Habían dado créditos enormes a constructores, promotores, inmobiliarias, familias compradoras de las viviendas... que tenían como única garantía unos suelos y edificios cuyo valor se había derrumbado. Los gobiernos anteriores, contando con la complicidad de los supervisores, prefirieron mirar para otro lado y ocultar la realidad, manteniendo el discurso oficial de que teníamos el mejor sistema financiero del mundo. Puede que lo hicieran por motivos inconfesables, como proteger a unos dirigentes de las Cajas con gran peso político, en muchos casos correligionarios suyos. Tal vez actuaran así por otros motivos más justificables, como la esperanza de que ganando tiempo la economía remontase y la situación de las Cajas mejorase por sí sola. No fue así, y los Decretos de Guindos no hicieron otra cosa que reconocer la grave realidad provocada por esas decisiones anteriores. Los balances y las cuentas no reflejaban la verdadera situación de las entidades; la desconfianza les impedía financiarse en los mercados; sin esa financiación, no podían cumplir la función de dar crédito a la economía, lo que estrangulaba cualquier posibilidad de recuperación.

Un segundo punto importante de controversia sobre la gestión del ministro de Guindos es si el rescate de la Unión Europea al sistema financiero español pudo evitarse. La cantidad al final utilizada (40.000 millones de euros de los 100.000 en teoría disponibles) no parece, a primera vista, inasumible para el Tesoro español. Cantidades mayores se dedicaron al rescate de Comunidades Autónomas y Ayuntamientos. No obstante, la cantidad prestada fue solo un ingrediente del rescate. Se trató también de una forma de respaldo, de prestar credibilidad a España por parte de la Unión Europea, cuando carecíamos de ella. La supervisión que las autoridades internacionales iban a realizar de la situación española fue esencial para reconducir la situación y restablecer la confianza, más allá de los millones prestados.

¿Fue la fórmula concreta utilizada por el gobierno español para rescatar las Cajas con el dinero europeo la más adecuada? Demasiado generosa con los acreedores alemanes y franceses de esas entidades, que no sufrieron ninguna pérdida. Pero esto, sin duda, estuvo condicionado por la dependencia española respecto a esos países, convertidos en nuestros rescatadores. ¿Tendrá al final la operación un coste para los contribuyentes españoles? ¿Puede no tenerlo, cuando se han rellenado con dinero público los inmensos agujeros que existían en los balances de unas instituciones quebradas? La única cuestión ha sido siempre cuánto costará, no si costará.

Entonces ¿España evitó o no evitó el rescate? Hubo rescate del sistema financiero, pero no un rescate completo del conjunto de la economía. Tal vez aquí resida el mayor mérito del ministro Guindos y del gobierno del que forma parte. Tras el rescate al sector financiero, los problemas no parecían haberse solucionado: la Bolsa seguía cayendo, la prima de riesgo seguía subiendo… Estaba extendida la opinión de que el rescate completo era inevitable. Parecía que sufriríamos la intervención de nuestra política económica en cualquier caso, sin ni siquiera haber recibido a cambio los recursos suficientes para conjurar la tormenta. El tiempo ha dado la razón al gobierno. Supo aguantar la presión durante esas interminables semanas, hasta que el compromiso de Draghi de hacer “lo que fuera necesario” (y el más explícito apoyo de Alemania al euro) calmaron a los mercados. La intervención total habría tenido consecuencias sociales aún más duras, como han podido comprobar los países que la sufrieron.
Los problemas de las Cajas tuvieron vertientes que fueron más allá de lo macroeconómico, entrando en el terreno de lo moral y, en ocasiones, de lo delictivo. La indignación social estalló. Coincidieron en el tiempo las revelaciones sobre las millonarias recompensas que recibían los responsables del hundimiento de las instituciones con las evidencias de la dura suerte reservada a los damnificados por sus desmanes (como los cientos de miles de familias que habían comprado preferentes o acciones). En este terreno, la respuesta debió ser más rápida, más contundente con los culpables y más generosa con las víctimas, a mi modo de ver. No obstante, es cierto que estos problemas salieron a la luz en un contexto muy delicado para las finanzas públicas, que dificultaba su solución. Además, el origen último de estos asuntos ha de buscarse en decisiones adoptadas durante anteriores Legislaturas. Le honra al ministro lo relativamente poco que se ha escudado en el manido argumento de las herencias recibidas. Su frase “el gobierno no tiene reproches, actúa”, debería incluirse en el manual de todos los dirigentes públicos.

Esto nos lleva, más allá de su gestión, a las características personales de Luis de Guindos. Ha demostrado valentía, ser capaz de soportar la presión en situaciones límite y no eludir responsabilidades. La formación de Economista del Estado hace de él alguien con la cabeza bien amueblada y criterio propio, capaz de protagonizar debates de altura. No es de esos ministros que se limitan a leer los papeles mal digeridos que otros les escriben. Ese enfoque tecnocrático le suele llevar a centrar las intervenciones en los problemas y sus soluciones, siendo constructivo y educado con sus rivales. No practica el “¡y tú más!”, ni se dedica a hacer oposición a la oposición. Gracias a estas características, compartidas en gran medida por el resto de portavoces parlamentarios en la Comisión de Economía, los debates motivados por sus numerosas comparecencias tuvieron siempre un tono bien distinto al de otras Comisiones. El destacado papel realizado como interlocutor español ante los organismos económicos internacionales ha sido posible, así mismo, gracias a estos rasgos personales.

Figuras así son necesarias en nuestra vida pública. Solo el cainismo hoy imperante en ella impide reconocerlo (aunque la economía crezca más del 3%). Quede al menos aquí constancia del respeto y del aprecio de un antiguo adversario político. Una cosa es dar consejos desde la barrera y otra torear miuras en la arena.