Un excepcional 2016 para el turismo español: hagamos que dure

Los diversos indicadores van dibujando a pinceladas, de forma unánime, el luminoso cuadro de un excepcional año turístico en España. Entre enero y junio vinieron a nuestro país 50,8 millones de visitantes extranjeros (un 6,3% más que en 2015). Para el conjunto de 2016, se espera recibir 74 millones de turistas, es decir, seis millones más que el año pasado. En cuanto al PIB turístico, está creciendo a tasas superiores al 4%.

Todas las variables relacionadas con la demanda turística crecen de manera notable. Las 141 millones de pernoctaciones alcanzadas entre enero y mayo están por encima de los máximos anteriores. El tráfico aéreo ha vivido el mejor julio de su historia, aumentando un 11,1% respecto al mismo mes del año anterior. La cantidad de viajeros que han pasado por nuestros aeropuertos hasta julio (129,5 millones) supera los 118,8 millones de 2007, el máximo histórico anterior al estallido de la crisis. Otros 8,6 millones de pasajeros llegarán a nuestros puertos por mar, superando así el buen registro de 8,4 millones logrado en 2015.

Estas son noticias excelentes para un país como el nuestro. España es el tercer destino del mundo que más turistas recibe, solo superado por Francia y Estados Unidos (en este caso por poco). El turismo es uno de los motores de nuestra economía. En términos de producción, aportó 124.000 millones de euros en 2015, lo que equivale al 11,5% del PIB total. En términos de empleo, según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa, son ya 2,86 millones de personas las que trabajan en actividades turísticas, de forma que el empleo en el sector supone el 13,6% del total. Por componentes, los servicios de restauración representan casi la mitad de los empleos turísticos en España, estando el resto en actividades como el alojamiento o el transporte de viajeros.

El turismo ha desempeñado históricamente también un papel importante en el equilibrio de las cuentas exteriores de la economía española. Ha ayudado a compensar, con sus continuos superávit, los déficit comerciales en el intercambio de bienes. Ese saldo positivo del sector turístico representó en torno al 3% del PIB anual durante el período 1995-2013. En 2008, año del estallido de la crisis, el superávit era de 29.607 millones de euros. Desde entonces, ha ido aumentado hasta los 35.000. Reino Unido, Alemania y Francia son, por este orden, los principales países emisores. Las zonas de destino preferidas son Cataluña, Canarias y Baleares.

Las causas de esta excepcional campaña turística, sin embargo, son en buena parte exógenas y tienen carácter no permanente. Destaca entre ellas la inestabilidad que aflige a numerosos destinos mediterráneos potencialmente competidores. Es el caso de Túnez, Egipto, Turquía y, en cierta medida, incluso Grecia y Francia. Atentados terroristas, golpes de Estado, crisis de refugiados… se han ido sucediendo en estas zonas turísticas, competidoras de las españolas. La mejora relativa en la crisis económica internacional y el abaratamiento del precio del petróleo (con sus repercusiones sobre el coste del transporte y la renta disponible de las familias) han sido otros factores que han contribuido a esta campaña récord.

Lo inteligente sería aprovechar la tregua para reforzar al máximo el sector en España, de forma que pueda encarar con garantías los nuevos desafíos que surgirán inevitablemente tras la bonanza. Conviene recordar que, junto a esa bienvenida avalancha de datos positivos, el gasto medio por turista bajó en el segundo trimestre un 7,4%, quedando así en 692 euros. Esto indica que España no se ha sacudido todavía el sambenito de destino relativamente barato de sol y playa. El desarrollo potencial del turismo cultural y rural sigue siendo importante, más allá de las mejoras ya logradas, en vista del rico patrimonio histórico, cultural, paisajístico y gastronómico que atesora nuestro país. El aumento de la calidad, la diversificación, la reducción de la estacionalidad, la promoción en nuevos países emisores (como Rusia y China) son retos de futuro a los que habrá que dedicar más recursos.
La estrategia equivocada, por el contrario, es la que empieza a manifestarse en algunas de las Comunidades Autónomas y ciudades más turísticas: ver el turismo como una molestia y recargarlo con tasas. Más allá de los negativos efectos económicos, el efecto psicológico de sentirse mal acogido tampoco debe subestimarse. No conviene matar la gallina de los huevos de oro, ni morder una de las manos que nos da de comer.

Otra tendencia preocupante consiste en la demonización y prohibición de nuevas actividades basadas en la llamada economía colaborativa (ejemplos como Airbnb o Uber son los más conocidos). A mi modo de ver, el desarrollo de este sector pronto se convertirá en un factor de competitividad para el turismo, especialmente entre los jóvenes de todo el mundo, habituados a contratar en este tipo de plataformas. Por eso, en vez de quedarse al margen, sería un enfoque mejor (en línea con las propuestas de la CNMC) regular razonablemente sin prohibir. Las propias empresas tradicionales deberían adaptarse para competir en este nuevo entorno, como hicieron en el pasado las aerolíneas (creando subsidiarias de bajo coste). Es, sin duda, mejor subirse decididamente a la ola de la modernidad, que empeñarse en parar el tsunami con un paraguas.