Lecciones de un éxito empresarial: las bodegas de La Rioja

Este verano hemos pasado parte de las vacaciones familiares en La Rioja. Aunque la visita ha sido breve, de apenas una semana, ha bastado para comprobar lo recomendable de este destino turístico, dada su variedad. El viajero encuentra maravillosos monumentos medievales (los monasterios de Suso y Yuso en San Millán, el de Cañas, la catedral de Santo Domingo de la Calzada...), excelente gastronomía, paisajes encantadores (viñedos, montañas en torno a Ezcaray), artesanía, algún balneario tradicional, incluso huellas de dinosaurios.

Parte del disfrute personal ha tenido que ver con la deformación profesional que sufre un economista cuando contempla la realidad. Resulta placentero ver proyectos empresariales modernos y bien organizados, junto a la prosperidad que generan en torno suyo. En este sentido, el sector vitivinícola de La Rioja, simbolizado por sus bodegas, impresiona. Es útil reflexionar sobre las enseñanzas que cabe extraer de esta historia de éxito para otras zonas y sectores de nuestro país.

La producción de vino en la zona tiene una larga tradición, gracias a las óptimas condiciones naturales. Comienza en la época romana, si no antes, perdurando durante la Edad Media alrededor de los monasterios y para el autoconsumo local. El despegue definitivo se produjo con motivo de la plaga de filoxera que, a fines del siglo XIX, afectó a los viñedos franceses. Los productores de La Rioja fueron unos de los mayores beneficiarios, al estar bien situados para abastecer los mercados franceses. En 1925, los vinos de La Rioja obtuvieron la primera Denominación de Origen concedida en España, algo que se reforzó en 1991 con la concesión del atributo de Denominación de Origen "Calificada".

Una de las principales razones del éxito es, por tanto, la calidad del producto, que le permite diferenciarse de otros competidores. El cliente no compra un vino cualquiera, sino “un Rioja”, que le garantiza la calidad. Esto permite fidelizar a los clientes y elevar el precio. La calidad no se basa únicamente en las condiciones naturales: se logra también gracias a la innovación, la creación de vinos de autor, el diseño atractivo de los productos y la mejora de las técnicas de cultivo.

Otra clave del éxito reside en la internacionalización, que a su vez refuerza la garantía de calidad, al vender en mercados exigentes. Una tercera parte de la producción riojana se exporta a mercados internacionales, sin contar con la buena acogida que tienen estos vinos en el mercado interior.

Una enseñanza adicional es la importancia de la diversificación. En torno a las bodegas han surgido otras muchas actividades, como enoturismo, catas, cursos, tiendas de recuerdos. Las bodegas más grandes han construido edificios que son obra de algunos de los mejores arquitectos del mundo, entre los que sobresale el hotel en forma de pequeño Guggenheim diseñado por Gehry en Elciego, en la Rioja alavesa.

Las actividades vitivinícolas también actúan como arrastre, creando empleos en una amplia gama de actividades auxiliares ligadas al sector: el vidrio para las botellas, la madera para las barricas, el corcho, las artes gráficas para la promoción y el diseño, la maquinaria agrícola, los fertilizantes y pesticidas... Ha ido así surgiendo todo un “cluster” de empresas, cuya competitividad se refuerza mutuamente.

Esta experiencia debe servir de modelo para otras zonas vitivinícolas. España fue líder mundial durante 2015 en superficie plantada de vid y cantidad exportada de vino, con unas ventas de 24 millones de hectolitros. Superamos así los 20 millones exportados por Italia y los 15 de Francia, el segundo y tercer exportador mundial en términos de cantidades. Por contra, en términos de valor, los 2.600 millones de euros ingresados por las exportaciones de vino españolas se vieron claramente superados por los 8.000 millones de Francia o los 5.000 de Italia. La causa evidente es el bajo precio medio español por litro. Existe margen, por tanto, en otras regiones para avanzar en la diferenciación del producto.

Otros sectores tradicionales pueden extraer, así mismo, lecciones del caso del vino. Nada más tradicional que su producción, que se remonta a miles de años. Eso demuestra que los sectores maduros pueden también beneficiarse de la innovación. El textil, el mueble o el calzado pueden ganar competitividad mediante el aumento de calidad, el diseño y la diferenciación del producto.

Historias de éxito empresarial como la descrita son útiles, así mismo, para entender cómo la economía española sigue creciendo al 3%, volando con el piloto automático puesto, a pesar del cada vez más insufrible clima de incertidumbre política. No obstante, conviene no abusar.