Las economías europeas avanzan a muy distintas velocidades

El viernes pasado, Eurostat hizo públicas sus estimaciones sobre el crecimiento del PIB en la Unión Europea durante el segundo trimestre de 2016. Entre abril y junio, lo producido en la zona del euro aumentó un 0,3%; en los últimos doce meses, el crecimiento ha sido del 1.6%. Se mantiene así el mismo ritmo interanual en los últimos cuatro trimestres. No se trata de un crecimiento espectacular, pero sí respetable, tras sufrir una crisis económica de dimensiones históricas. El dato se compara favorablemente incluso con el actual de Estados Unidos, que ha sufrido una desaceleración en su tasa de crecimiento interanual durante los últimos cuatro trimestres (desde el 2,2% a que crecía en el tercer trimestre de 2015, hasta el 1,2% último). Además, en ningún país de la zona del euro se ha contraído la economía en el segundo trimestre, ni siquiera en Grecia (que ha crecido un 0,3%).

No obstante, este conjunto de buenas noticias a nivel agregado, que corrobora la existencia de cierta recuperación en Europa tras la Gran Recesión, enmascara realidades nacionales muy diversas. Las economías europeas se mueven a velocidades diferentes, lo que crea tensiones en la Unión y dificulta el diseño de políticas económicas compartidas.

La locomotora alemana sigue marchando en la parte delantera del convoy: en el segundo trimestre ha crecido un 0,4 %, tras hacerlo un 0,7 % en el primero; en tasas interanuales, registra un 1,7%. Al no estar disponibles todavía las cifras desagregadas por componentes de la demanda, que Eurostat no publicará hasta septiembre, sólo cabe conjeturar las causas del avance. Todo apunta a la fortaleza del sector exterior, apoyado por el consumo.

Alemania tiene una fuerte base industrial, que produce y exporta a nivel mundial productos de reconocida calidad. Gracias a esto, ha sobrellevado notablemente bien la crisis, siendo su tasa de paro solo del 6,1%. Disfruta de un gigantesco superávit exterior por cuenta corriente (equivalente al 8,1% del PIB), así como de superávit en las cuentas públicas (que se estima en el 0,6% del PIB para 2016). Esto le da margen para aplicar políticas fiscales más expansivas, en forma de mayor gasto público (en construcción o renovación de infraestructuras) o menores impuestos (reforzando el consumo de las familias). Aplicar tales políticas sería lo acertado, tanto internamente como para estimular las economías de los socios europeos que exportan a Alemania. La cerrazón del gobierno alemán, pese al consejo unánime de los organismos internacionales, ha impedido seguir ese camino. Se trata de uno de los mayores errores en la gestión de la crisis económica europea. La locomotora alemana debería arrastrar al resto del tren más rápido de lo que lo hace, pero sus maquinistas se niegan a echar más carbón en la caldera, pese a disponer de él en abundancia.

Entre los furgones de cabeza del tren económico europeo figura la economía española. Pese a la incertidumbre política (casi un año con el gobierno en funciones, situación en Cataluña…) y presupuestaria, el PIB español es el segundo que más ha crecido de la eurozona y el primero de las grandes economías. Aunque con una leve desaceleración, aumenta un 0,7% trimestral y un 3,2% interanual. Otros vagones delanteros por su crecimiento interanual son Rumanía (5.9%), Eslovaquia (3,7%), Suecia (3,1%), Bulgaria y Polonia (ambas con el 3%). También la economía británica aceleró su crecimiento hasta el 0,6% trimestral (2,2% interanual), pero esto fue antes del malhadado Brexit, cuyos negativos efectos empezarán a notarse en los próximos datos.

Como puede verse, son numerosas las economías europeas que crecen considerablemente. Sin embargo, junto a ellas conviven otras en situaciones radicalmente distintas. En el segundo trimestre, han resultado especialmente preocupantes los malos resultados de Francia e Italia, pues son por tamaño la segunda y tercera economías de la zona del euro. Ambas tuvieron un crecimiento cero entre abril y junio.

El dato de Francia puede deberse a factores coyunturales, como diversas huelgas. El crecimiento interanual francés sigue siendo el 1,4%, gracias al buen dato del primer trimestre. Por el contario, el estancamiento italiano resulta alarmante. Su crecimiento respecto al año pasado es un raquítico 0,7%, y las previsiones futuras apuntan en la misma dirección de debilidad. La letal combinación de débil crecimiento, alto endeudamiento público y crisis bancaria configuran un cuadro macroeconómico potencialmente explosivo. Italia va tomando el relevo de Grecia como epicentro del terremoto a cámara lenta que no deja de asolar a la eurozona desde hace años (con el diferencial de gravedad que se deriva del tamaño mucho mayor de su economía).

La economía italiana tiene un sector bancario con créditos dudosos por valor de 360.000 millones de euros y una deuda pública del 132% del PIB. La riqueza de los hogares se está deteriorando, como consecuencia de la pérdida de valor de los activos financieros relacionados con la banca, lo que sin duda está afectando al consumo y contribuyendo a la ralentización económica. Además, existen riesgos de inestabilidad política: en octubre se celebrará un referéndum sobre la reforma de la Constitución, del que depende la suerte de Renzi.

Los aceptables datos de crecimiento en el conjunto de la zona del euro no permiten, en vista de todo lo anterior, ninguna autocomplacencia. Esas cifras globales enmascaran situaciones nacionales muy dispares, algunas potencialmente peligrosas. Por ello, la crisis europea (con sus vertientes económica, social, política e institucional) dista de estar superada. La marcha de las economías continentales a velocidades tan distintas dificultará la formulación de soluciones compartidas.