Una lectura intergeneracional de la crisis española

Desde finales del siglo XIX, son dos los grandes ejes en torno a los que continuamente ha girado la política española. Uno, el social: las clases menos favorecidas (entonces campesinos sin tierra, obreros surgidos de la Revolución Industrial, después nuevos grupos) van pidiendo paso como actores, pues desean poner sus reivindicaciones en la agenda política. Otro, el territorial: las regiones más prósperas tienden a buscar salidas en solitario a los problemas del conjunto. Diversos partidos de importancia histórica (socialista, comunista y nacionalistas) surgen entonces como fruto de esas líneas divisorias.

Esas líneas de demarcación social y territorial siguen estando plenamente vigentes en España. La crisis política actual puede leerse, una vez más, en esos términos. Los grupos sociales más dañados por la crisis económica (y por las políticas de respuesta que desencadena) protagonizan parte del debate colectivo; en este caso, con la novedad de que buscan respuestas a sus problemas en una nueva formación, de corte populista y radical, que pretende suplantar a la opción socialdemócrata históricamente hegemónica.

La lectura territorial de la crisis no es menos evidente. La novedad ahora reside en la virulencia de las reivindicaciones nacionalistas catalanas, alentadas por su dominio exclusivo durante décadas del sistema educativo. La acuciante necesidad de las élites nacionalistas dirigentes de desviar hacia el exterior sus propias responsabilidades en el origen de la crisis económica, sus secuelas y la corrupción, tampoco debe olvidarse.
Existe, no obstante, una tercera lectura de la crisis, menos obvia y más olvidada: la intergeneracional. En este caso, la barrera que diferencia a los grupos sociales no es la renta, ni la geografía, sino la edad. Un síntoma de la importancia de esta división lo arrojaba una reciente encuesta, en la que podía verse claramente un comportamiento electoral muy distinto en función de la edad. Las personas de edad media o alta, siguen votando mayoritariamente a los dos grandes partidos tradicionales. Entre la población joven, el peso de los partidos de reciente aparición es mucho más alto.

Esto puede atribuirse parcialmente a factores como la mayor apertura de la gente joven a las novedades, pero también refleja que este grupo de edad ha sido uno de los más maltratados por la crisis económica. En efecto, entre los jóvenes la tasa de paro es mucho más alta que la ya pavorosa que aflige al conjunto de la sociedad. El desempleo juvenil es ¡casi del 50%! Entre la otra mitad, los jóvenes con empleo, las perspectivas no son tampoco muy halagüeñas. Los empleos a los que tienen acceso son, en su inmensa mayoría, precarios (con una duración de meses, cuando no de semanas o días). Los sueldos son bajos. Los horarios de trabajo, con frecuencia, sobrepasan en la práctica los límites legalmente establecidos. Además, resulta casi imposible salir de esa trampa de la precariedad hacia un empleo indefinido. Lo más probable es rotar continuamente entre una sucesión de empleos precarios, con pasos intermedios por el desempleo.

Esa situación laboral dificulta extraordinariamente el emanciparse, no digamos el formar una nueva familia. Los jóvenes se ven obligados a seguir viviendo en casa de sus padres hasta edades sin parangón con las de los países vecinos u otras épocas de nuestra Historia. La vivienda propia continúa siendo un sueño inaccesible. Los que, pese a todo, se animan a tener descendencia, se enfrentan a otros obstáculos, como los horarios laborales no racionales y la escasez de guarderías u otras ayudas públicas. La tasa de natalidad española, una de las más bajas del mundo, refleja estas carencias, sembrando las semillas de un panorama demográfico preocupante.

Nada simboliza tan bien el olvido en que nuestra sociedad tiene a los jóvenes como el crecimiento de la deuda pública. En términos netos, acaba de alcanzar el 100% del PIB, algo no visto desde tiempos de la guerra de Cuba. Esta deuda no es, en esencia, otra cosa que gasto que se ha adelantado, en beneficio de la generación actual, a costa de las generaciones futuras (que habrán de pagarla sin haberla disfrutado). A esta deuda explícita habría que sumar la implícita del sistema de pensiones, al que los jóvenes cotizan hoy con escasas garantías de recibir a cambio en el futuro una pensión suficiente.

Entre los retos de la nueva Legislatura no solo se encuentran el apaciguamiento de las tensiones sociales y territoriales, también de las intergeneracionales. Es necesario construir una sociedad más amable para nuestros jóvenes. Al fin y al cabo, son colectivamente los herederos que dan sentido a los esfuerzos de la generación madura actual. La pregunta formulada por Friedrich Hebbel no ha perdido relevancia: “A menudo se echa en cara a la juventud creer que el mundo comienza con ella. Cierto, pero la vejez cree aún más a menudo que el mundo acaba con ella. ¿Qué es peor?”.