Las consecuencias económicas de Mr. Trump

Los efectos sociales de la crisis económica están teniendo en numerosos países, aunque con cierto retraso, una traducción política. Los más perjudicados o indignados han abandonado a los partidos de gobierno tradicionales, echándose en brazos de nuevas opciones. Esto podría resultar saludable, si no fuese porque, a menudo, estos nuevos partidos tienen claros componentes demagógicos y populistas. Su signo (ultraizquierdista o derechista-nacionalista) varía en función de las peculiaridades locales. Les une tratarse de partidos que diagnostican y critican acertadamente los problemas, pero sin ofrecer soluciones constructivas realistas. En su lugar, propugnan medidas mágicas (aparentemente sencillas) que, de aplicarse, solo contribuirían a empeorar significativamente la situación.
El preocupante fenómeno ha llegado a los mismos Estados Unidos, todavía la primera potencia mundial. Allí, el próximo 8 de noviembre, Donald Trump podría alcanzar la presidencia. La clase baja y media-baja blanca ha canalizado a través suyo los miedos, frustraciones y enfado con el stablishment (al que, por cierto, el millonario Trump pertenece). El recetario que propone incluye el típico menú de identificación de culpables y falsas soluciones milagrosas. Analicémoslo desde el punto de vista económico.

La propuesta más llamativa de la campaña está relacionada con la inmigración. Los culpables, en este caso, se identifican con esos extranjeros de tez morena, mayoritariamente mexicanos, que se supone invaden de forma ilegal el país, arrebatando los empleos a los americanos nativos y deprimiendo los salarios. A grandes males, males remedios, piensan Trump y sus secuaces: bastará con deportar a once millones de inmigrantes ilegales y construir un muro en la frontera con México; así todo quedará solucionado. Tales propuestas, además de inhumanas e irrealizables, son económicamente contraproducentes. Esos millones de personas producen y consumen en los Estados Unidos. Los trabajos, duros y mal pagados, que realizan no suelen ser codiciados por los trabajadores nativos. En sectores como la construcción, los restaurantes y los hoteles, su contribución resulta esencial.

No menos culpables son los extranjeros (chinos y mexicanos) que, en vez de emigrar a Estados Unidos, se han quedado en sus países, pues estos inundan desde allí el mercado norteamericano con productos baratos, al amparo de tratados comerciales librecambistas. De nuevo, la solución a Trump le parece sencilla: renegociar esos Tratados e imponer altos aranceles a los productos extranjeros. La falta de acierto de esta supuesta solución proteccionista ha sido demostrada por el análisis económico tantas veces a lo largo de los siglos, que resulta cansino tener que repetirla. En realidad, esas políticas encarecerían las importaciones estadounidenses, perjudicando a los compradores de rentas bajas y medias especialmente. Por su parte, los países afectados tomarían represalias contra las exportaciones de Estados Unidos. Al final de esa guerra comercial, todo el mundo estaría peor.

Las propuestas fiscales van en la línea tradicional de los candidatos republicanos: prometer bajadas de impuestos. La diferencia, en el caso de Trump, reside en la magnitud. Las instituciones independientes que han analizado sus propuestas cuantifican el coste recaudatorio, distribuido a lo largo de una década, ¡en 10 billones de dólares! Aunque Trump prometía que “los ricos” pagarían más impuestos con este plan fiscal, en realidad serían los más beneficiados: el 1% con rentas superiores mejoraría sus ingresos netos en más del 20%.

Además de regresivas, estas propuestas representarían una amenaza para la estabilidad presupuestaria, pues el déficit público (y la deuda) aumentarían extraordinariamente. Esto no parece preocupar a Trump, ya que no formula propuestas para recortar las principales partidas de gasto público y ha hecho declaraciones elogiando la sanidad universal.

Tal vez lo anterior tenga que ver con otro “gran remedio” que Trump ha insinuado: la posibilidad de reestructurar (es decir, impagar parcialmente) la deuda pública. Esta inspiración puede que provenga de sus propias vivencias empresariales, puesto que en ellas ha recurrido a las leyes que protegen a los deudores insolventes en más de una ocasión. De nuevo, no se trata de ideas económicamente muy recomendables. Estados Unidos ha ido construyendo durante siglos una reputación de deudor fiable, que ha convertido a la deuda pública americana en uno de los activos más seguros. Destruir esa reputación sería fácil, pero desencadenaría inexorablemente una crisis financiera internacional, además de disparar los tipos de interés que habría que pagar para pedir prestado en el futuro. Por otro lado, no parecen muy coherentes estas propuestas (para dirigir la economía de Estados Unidos como si fuese la de un casino quebrado) con las grandilocuentes promesas de “hacer grande a América otra vez”.
A todo lo anterior, habría que añadir los efectos económicos negativos de una presidencia autoritaria, personalista y errática, que aumentaría la inestabilidad geopolítica, como augura la personalidad del candidato. La posible elección de Trump como presidente de los Estados Unidos debe considerarse, desde un punto de vista económico, como un grave riesgo, tanto para su país (comenzando por sus propios votantes) como para el mundo. La indignación nunca ha sido el mejor estado de ánimo, a la hora de adoptar decisiones acertadas y racionales.

Conviene que no lo olvidemos, porque el espectro de los Trump, camuflados bajo diversos pelajes ideológicos, se cierne también sobre nuestras latitudes.