La verdadera situación de la Universidad española

El buen funcionamiento del sistema educativo es cuestión esencial para el crecimiento económico a largo plazo de nuestro país. De hecho, su importancia va mucho más allá de los aspectos meramente económicos. Sin duda, la economía será más eficiente y competitiva con un capital humano de mayor calidad, pero otras cuestiones relacionadas con la educación, como la movilidad social o nuestra propia realización plena como personas, resultan aún más relevantes. Dentro del sistema educativo, la Universidad (como etapa que lo culmina), debe extremar los requisitos de calidad.

Hace justo un año por estas fechas que renuncié al escaño en el Congreso de los Diputados y volví a mi Cátedra universitaria, tras casi cuatro años de ausencia. Esto me ha permitido ver la institución con ojos de recién llegado. Ahora, cuando tanto se habla de un Pacto Educativo, en vísperas de una nueva campaña electoral, querría compartir mis impresiones en esta columna. Curiosamente, las vivencias de los propios profesores universitarios no suelen tener cabida en los debates sobre la reforma de la educación, protagonizados por pedagogos y filósofos.
El primer cambio en llamar mi atención ha sido que existe menos vida común interna en el seno de la Universidad. También la desconexión entre la Universidad y la realidad social circundante, que viene de antiguo, parece haberse acentuado. Hoy, cada profesor tiene que hacer cotidianamente frente a su propia lucha individual por la supervivencia, que le deja pocas energías para otros menesteres.

En esa lucha individual, una tarea hercúlea consiste en hacer frente dignamente a las clases. Los grupos siguen siendo excesivamente numerosos; no son raros los que se acercan al centenar de estudiantes, o incluso lo superan. Ante esa realidad insoslayable, todas las grandes proclamas de las sucesivas reformas universitarias (“una educación individualizada, de calidad, con evaluación continua...”) se estrellan inexorablemente.

Otra parte considerable del tiempo de un profesor se dedica a realizar infinitas tareas burocráticas: es preciso rellenar todo tipo de encuestas, evaluaciones, solicitudes, o gestionar los departamentos, facultades, máster... con escaso o nulo apoyo administrativo.

Resulta paradójico que todo lo anterior apenas esté reconocido profesionalmente. A un profesor universitario se le juzga hoy principalmente por sus publicaciones en las revistas académicas especializadas de investigación con renombre, preferiblemente internacionales. De ello depende tanto su entrada en el profesorado universitario como su posterior promoción.

Los medios materiales que rodean al profesorado son los restos que aún perduran de los años de vacas gordas: ordenadores que se van quedando obsoletos, teléfonos fijos que permiten llamar a ninguna parte y sistemas de calefacción propensos al fallo en las épocas en que son más necesarios.

Los salarios son claramente inferiores a los que corresponderían al nivel de formación. Esto no es nuevo, pero ha empeorado tras largos años de congelaciones y reducciones salariales. Como no solo de pan vive el hombre, el reconocimiento social podría paliar esas carencias materiales. Sin embargo, la consideración social de que goza el profesorado es mínima; otros son los referentes sociales. En consecuencia, si hace algunas décadas una buena parte de los mejores alumnos se encaminaba, tras acabar sus estudios, hacia una carrera académica, está dejando de ser así. El haber despedido a tantos jóvenes profesores en medio de sus carreras académicas, como consecuencia evitable de la crisis, no contribuirá a estimular a los que se planteen seguir sus pasos en el futuro. Tampoco lo hará la falta de movilidad, internacional e incluso “interautonómica”, que encadena al profesor a su plaza.

Otros problemas de la Universidad tienen que ver con los planes de estudio, que dejan mucho que desear. Los grados se quedan cortos para cubrir de forma sólida las materias. Los máster no están bien articulados con ellos y su nivel de exigencia es demasiado bajo, por lo que son incapaces de subsanar las carencias.

En cuanto al alumnado, aunque sea políticamente incorrecto decirlo (pues oficialmente “se trata de la generación más preparada de la Historia, y bla, bla, bla...”), la verdad es que una parte considerable entra en la Universidad con graves carencias formativas y escasa vocación. Esto condiciona su aprovechamiento personal y la dinámica de los grupos de que forman parte. Hace tiempo que se apoderó de nuestro país un igualitarismo educativo mal entendido, según el cual lo deseable es que el mayor número posible de personas complete de cualquier manera una carrera universitaria. A mi modo de ver, el verdadero igualitarismo educativo es el de los países nórdicos, que tienen los mejores sistemas educativos del mundo. Allí, existe un examen exigente para entrar en la Universidad, que impide al millonario sin talento el acceso, a la vez que lo facilita mediante becas a la persona capacitada sin recursos económicos. El sistema español actual es socialmente injusto. Los devaluados títulos universitarios no sirven por sí solos para encontrar un empleo. Al final, otros criterios, como la capacidad económica para realizar un buen máster (si es preciso en una institución privada o en el extranjero) o los contactos familiares, terminan realizando la labor de selección que el sistema universitario no desempeña.

Ojalá alguna de las reflexiones anteriores contribuyese a mejorar nuestra Universidad, pues nacen, pese a todo, del cariño de alguien orgulloso de formar parte de ella.