Tipos de interés negativos: ¿nos cobrarán los bancos por tener depósitos?

Un indicador de la magnitud de los riesgos de escaso crecimiento y deflación con los que convivimos es la audacia de las maniobras de política económica que emprenden unas instituciones tan cautas como los Bancos Centrales. Entre dichas maniobras audaces, destaca por derecho propio el fijar tipos de interés negativos.

Diversos países han convivido en el pasado con tipos negativos en términos reales, es decir, tras restar la inflación del tipo nominal. Fue el caso de la propia España, antes del estallido de la burbuja: los tipos de interés nominales eran bajos, como consecuencia de la pertenencia al euro, y la alta inflación los superaba en ocasiones.

Lo novedoso es la presencia de tipos de interés nominales negativos. El límite inferior de cero se consideraba infranqueable en este caso. No obstante, como ha señalado Draghi en un discurso reciente, hoy el 18% del PIB mundial convive con un entorno en el que el tipo de interés fijado por su Banco Central es negativo. Se trata del tipo de interés que el Banco Central aplica a la liquidez que mantienen depositada los bancos comerciales en él. Esta medida pretende, junto a otras, que haya más financiación a tipos menores para estimular el gasto privado, combatiendo así la deflación y el débil crecimiento.

Tal política actúa por diversas vías. Por un lado, incentiva el dar más peso en las carteras de inversión a los activos con más rentabilidad y, por tanto, más arriesgados, como acciones o deuda empresarial, lo que facilita la financiación de las grandes empresas mediante esos instrumentos. Por otro, los bajos tipos de interés actúan también desanimando las entradas de capitales en un país y animando las salidas, lo que tiende a depreciar el tipo de cambio de la moneda y a estimular la producción, gracias a las exportaciones.

En lo que respecta a la financiación bancaria, los efectos son ambiguos. Los bancos trasladan a algunos de sus préstamos (por ejemplo, a las hipotecas variables) unos tipos menores, pero no se atreven a cargar tipos negativos a los depósitos. Esta asimetría perjudica a sus resultados, algo que intentan compensar mediante el mayor cobro de comisiones.

Lo anterior lleva a reflexionar sobre los límites e inconvenientes de estas políticas. Los tipos de interés negativos sobre los depósitos no pueden ser ni muy grandes, ni muy duraderos. En caso contrario, las personas cambiarán sus depósitos bancarios por billetes. Almacenar billetes en casa es costoso y peligroso, pero se hará si el coste de mantener los depósitos hace que compense. Algo parecido sucede con los depósitos de los bancos comerciales en los Bancos Centrales. En el caso de los depósitos de la gente corriente, la impopularidad de los tipos negativos (cobrarte por tener tu dinero depositado en un banco) sería enorme y el efecto psicológico importante.

Esto ayuda a poner en contexto la decisión de no emitir nuevos billetes de 500 euros, o la propuesta del economista-jefe del Banco de Inglaterra (mi antiguo compañero de clase en la Universidad de Warwick, el brillante Andy Haldane) de suprimir el dinero en efectivo por completo. Una de las interpretaciones de todo esto es como formas de cerrar a los depositantes las vías de escape hacia el efectivo, haciendo así viables los tipos negativos de forma sostenida.

Los previsibles efectos de estas políticas sobre el ahorro no son desdeñables. Las bajas rentabilidades desanimarán el nuevo ahorro, especialmente necesario en una etapa de envejecimiento demográfico como la actual. El ahorro recibirá menores rentabilidades, con las consiguientes repercusiones negativas en los grupos sociales e instituciones en los que se acumula (como pensiones o aseguradoras). Este efecto tiene una lectura también en términos de países (en contra de los ahorradores y a favor de los deudores) que ayuda a entender las airadas quejas del ministro alemán Schäuble. Por último, pero no menos importante (dada la experiencia de la última crisis), los bajos tipos de interés pueden incentivar el préstamo irresponsable y provocar burbujas de activos.
Vivimos, sin duda, tiempos fascinantes para los estudiosos de la Economía. Aunque tal vez convenga recordar la vieja maldición china: “¡ojalá te toque vivir en tiempos interesantes!”.