Terroristas suicidas: el siglo XI ataca al siglo XXI

En el siglo XI, hace ya mil años, Irán, Siria y otras zonas del Oriente Medio padecieron bajo un peculiar reinado del terror. Numerosos gobernantes, líderes religiosos y dirigentes militares fueron asesinados por un grupo sectario. Sus acciones resultaban especialmente pavorosas por tener carácter suicida. Los asesinos sabían con certeza que ellos también morirían al cometer sus crímenes, pero ello no les disuadía, ni siquiera les inmutaba. Por el contrario, aceptaban la autoinmolación con alegría. Esto dificultaba defenderse de sus ataques, prevenirlos e incluso castigarlos. ¿Qué mayor castigo que la muerte, que ellos anhelaban?

Ese grupo de terroristas debería resultarnos más conocido. Sus enemigos los llamaron despectivamente hashashin (“tomadores de hashish” en árabe) y de ahí precisamente proviene la palabra castellana asesino.

En su origen, fueron un grupo de partidarios del ismaelismo en Irán, es decir, una secta minoritaria del chiismo, a su vez minoritario frente al mayoritario islamismo sunní. Tras un conflicto con sus supuestos jefes del centro del poder ismailí, situado en El Cairo, el grupo iraní se escindió. Dirigidos por un líder carismático, Hasan-i Sabbah, tomaron en 1090 la fortaleza de Alamut. Aparentemente inexpugnable, situada entre altas montañas que dominan un valle en el norte del actual Irán, pudieron allí esconderse y organizar sus ataques.

Según cuenta Marco Polo, en Alamut existían unos jardines ocultos, que imitaban el paraíso prometido por el Profeta a los musulmanes. A los futuros asesinos se les drogaba con hachís y se les llevaba allí, donde gozaban de bellas huríes y deliciosos banquetes durante unas horas. Cuando desaparecían los efectos de las drogas, despertaban en la fortaleza. Entonces se les decía que, para volver al paraíso, bastaba con obedecer las órdenes del líder y morir combatiendo a los enemigos que les señalase. De ahí su deseo de morir cuando emprendían acciones terroristas suicidas.

Otra historia nos cuenta que, para mostrar a unos visitantes su poder y la falta de miedo de sus seguidores, Hasan (por entonces conocido como El Viejo de la Montaña) ordenó a algunos de ellos que se lanzaran al vacío desde la torre más alta de la fortaleza, siendo inmediata y gozosamente obedecido.

Desde la segura base de Alamut, la secta desarrolló una estrategia de asesinatos. Entre sus primeras víctimas estuvo un gran gobernante, el visir Nizam al-Mulk. Amigo de juventud de Hasan, posteriormente había ordenado perseguirle, para impedir que siguiera propagando su ideología subversiva. La fría y despiadada venganza del antiguo amigo no tardó en llegar.

Como puede verse, nada nuevo bajo el Sol. Hoy, como hace mil años, una secta de asesinos fanatizados no duda en destruir cruelmente vidas humanas, incluyendo las suyas, como atajo al paraíso. El espíritu que mueve a unos y otros es idéntico; solo se diferencian en los mayores medios de destrucción que proporciona la civilización moderna de que abominan. Pese a todo, el poder destructor de estos grupos no es objetivamente tan grande. El número de personas que logran matar es menor que el de quienes mueren cada fin de semana en accidentes de tráfico. Lo que hace las muertes que causan tan pavorosas es que sean planeadas y provocadas de forma deliberada por otros seres humanos. La inocencia de las víctimas, la inutilidad de sus muertes, resultan así mismo escalofriantes. Sin embargo, su única fuerza está en el miedo que intentan provocarnos. ¡No dejemos que lo consigan, no dejemos que nos cambien! Como bien decía Nietzsche, el riesgo de combatir habitualmente con monstruos es acabar convertido en uno de ellos.

Al final la historia de la secta de los asesinos en su primera versión invita al optimismo. Fruto de la acción interior (de la nueva dinastía egipcia de los mamelucos) y del ataque exterior (del ejército mongol de un nieto de Gengis Kan) terminaron despareciendo. De ellos, sólo queda el negro recuerdo; de Alamut, unas cuantas piedras esparcidas en lo alto de una montaña perdida. Lo mismo volverá a suceder esta vez.