Nuestra deuda externa: ese gran olvido

Cuando en España se habla del problema de la deuda, la atención suele centrase en la deuda pública. Esto no deja de ser curioso pues, aunque su volumen e incremento resulten preocupantes, hay numerosos países en situaciones similares. Lo que distingue negativamente a España con claridad frente al resto de países de nuestro entorno es la deuda externa. Es decir, la deuda de España como país (tenga origen público o privado) con el resto del mundo.
En países como Italia o Francia, esa variable se mueve en un rango entre el 20% y el 40% del PIB. En España, también era algo superior al 30% (hasta el año 2000). Desde entonces, los enormes déficit externos de nuestra economía en los años de la burbuja, que llegaron a un increíble 10% del PIB en 2007, la hicieron aumentar rápidamente hasta niveles extraordinarios. En 2013 superó el ¡95% del PIB! A pesar de los superávit por cuenta corriente logrados con el exterior desde 2013, la situación apenas ha mejorado. En el segundo trimestre de 2015, seguía estando en un altísimo 92.5% del PIB.

Entre otros inconvenientes, esto implica una fuerte dependencia de los mercados financieros internacionales y una carga de intereses en el futuro (mayor cuanto más altos sean los tipos, hoy por fortuna excepcionalmente bajos). Téngase en cuenta, además, que las cifras anteriores se refieren a la deuda neta (restando a los pasivos los activos españoles frente al exterior). La deuda externa bruta, sin realizar esa compensación, es aún mayor: ha llegado al 170% del PIB.

Por eso, debería darse mayor importancia en el debate político a las medidas destinadas a mejorar el saldo externo y reducir la deuda, mediante mejoras de la competitividad. En la misma línea, los datos de la Balanza de Pagos deberían tener un mayor protagonismo. Precisamente, el Banco de España ha publicado sus resultados preliminares para 2015 hace pocos días.

La balanza por cuenta corriente, que refleja los intercambios de bienes, servicios y rentas con el resto del mundo, logró un saldo positivo de 16.700 millones de euros, que equivale al 1,55% del PIB, superando las previsiones oficiales (del 1,2%). La economía española logra así, por tercer año consecutivo, un superávit corriente, mejorando tanto el registro que alcanzó en 2013 de 15.500 millones de euros, como los 10.200 millones de 2014.

En la balanza de bienes y servicios, el superávit ha sido de 27.400 millones. Este resultado es notable, en un momento en el que la producción crece a más del 3%, provocando que aumenten las importaciones. Ha sido posible gracias a la fuerte bajada del precio del petróleo, que abarata las cuantiosas importaciones energéticas. También por el buen comportamiento del turismo, con un saldo positivo de 35.300 millones, ayudado por la inestabilidad que sufren algunos destinos mediterráneos alternativos.

Las balanzas de rentas primarias y secundarias (que recogen conceptos como remesas, intereses o cooperación internacional) han mostrado, así mismo, un resultado favorable. Su déficit ha disminuido en unos 5.000 millones. En ello han influido factores como los bajos tipos de interés y el cambio en el sentido de los flujos migratorios.

Por su parte, la cuenta financiera parece narrar otra historia menos favorable, de la que numerosos medios de comunicación se han hecho eco. En el conjunto de 2015, se produjo una salida neta de fondos de España hacia el exterior por valor de 70.200 millones de euros. Los titulares periodísticos han hablado de una fuga de capitales, que se atribuye a la inestabilidad política. Sin quitar importancia a este problema, conviene ser cautos a la hora de interpretar los datos referidos a los movimientos de capitales.

La supuesta fuga no se concentra ni en la inversión directa (compra de empresas), ni en la inversión en cartera (compra de activos financieros), sino en el apartado de “otras inversiones” (que recoge préstamos, depósitos…). Es ahí donde se produce una salida neta de 48.800 millones de euros. Por otro lado, la posición deudora neta del Banco de España frente al exterior aumentó en más de 50.000 millones, es decir, que se produjo una entrada por esa cuantía. Esto no se recoge en las cifras (calculadas excluyendo al Banco de España) que han dado lugar a las interpretaciones sobre la huida de capitales. La lectura que parece debe hacerse de este conjunto de datos es que las empresas españolas están cancelando préstamos antiguos en el exterior, obtenidos en condiciones onerosas, para sustituirlos por otros nuevos domésticos, obtenidos en condiciones más favorables gracias a las políticas de apoyo del BCE.

Que no cunda el pánico, por tanto, pero tampoco perdamos de vista la importancia de mejorar la deuda externa, el saldo exterior y la competitividad internacional de nuestra economía. Los representantes de algunos partidos políticos parecen creer que vivimos aislados del resto del mundo, incluso de las Comunidades Autónomas vecinas. Tales visiones no se corresponden en absoluto con la realidad.