La universidad de Valencia solo para los valencianoparlantes

Como puede leerse en la protesta redactada en change.org por un grupo de profesores, la Universidad de Valencia ha puesto recientemente en práctica una norma con consecuencias potencialmente desastrosas. Su Consejo de Gobierno aprobó hace unos años que, a partir de 2015, en todas las nuevas contrataciones de personal docente e investigador se exija el requisito mínimo de un nivel C1 en lengua valenciana. Ese nivel es muy alto, se corresponde con el 4 dentro de una escala oficial con 5 niveles. Este nuevo requisito imprescindible, que hasta ahora sólo era un mérito adicional, impedirá la contratación de profesores universitarios castellanoparlantes.

La promoción del profesorado ya contratado que trabaja en esa Universidad dependerá de cumplir el mismo requisito. Es decir, que aunque un profesor haya obtenido la difícil acreditación de la Agencia Nacional para la Calidad (ANECA), señalándolo como apto profesionalmente para la promoción, no podrá progresar en su carrera académica si no tiene el nivel C1 de valenciano.

Las consecuencias de tal medida pueden ser devastadoras. Bloqueará la promoción profesional de los profesores castellanoparlantes que ya trabajan en la institución. Impedirá la contratación de nuevos profesores valencianos castellanoparlantes. Convertirá a la Universidad de Valencia en inaccesible para los profesores de fuera de la Comunidad, del resto de la Unión Europea y del mundo en general, por brillantes que los candidatos sean. Impedirá el retorno de personas cualificadas, que estén estudiando o trabajando en universidades extranjeras, aunque sea en las más prestigiosas del mundo. En resumen, se sacrifica lo esencial, el conocimiento, al requisito lingüístico.

Todo lo anterior facilitará aún más una de las peores prácticas que ya aflige a nuestras universidades, la endogamia. Sorprende que políticas tan retrógradas, que favorecen el más rancio caciquismo, gocen en España de la etiqueta de progresistas.

No soy jurista, pero la propia legalidad de la medida resulta dudosa, pues discrimina entre personas dentro del territorio español, además de que parece atentar contra el principio de libre circulación de las personas dentro de la Unión Europea. Sí, ese mismo que nos parece tan mal que cuestionen los ingleses.

Soy profesor universitario y por eso no dudo de que esta norma atenta contra la esencia del espíritu que debe animar a cualquier Universidad. Las Universidades nacieron, al final de la Edad Media, con un alma cosmopolita. En esos tiempos, cuando los viajes eran largos e implicaban el riesgo de perder la vida, profesores y alumnos de toda Europa se desplazaban de Salamanca a Bolonia, de París a Oxford, en busca del preciado saber. Para evitar las barreras lingüísticas, unos y otros se expresaban en latín.

La medida se opone además al espíritu de nuestra propia época. En los tiempos de la globalización, con el inglés como idioma universal, cuando los estudiantes chinos van a Estados Unidos y en las mejores universidades del mundo el profesorado es internacional, en España queremos impedir no sólo la bajísima movilidad internacional existente, sino incluso la que pueda haber dentro de nuestro pequeño país.

Soy consciente de que este artículo probablemente no sea más que un esfuerzo inútil y, como tal, condenado a la melancolía. Sin embargo, al menos debería servir para que no puedan alegar que no estaban avisados los poderes públicos que hoy toman estas decisiones y mañana se sorprenderán de que ninguna Universidad española figure entre las mejores del mundo. Más bien su objetivo parece ser que la Universidad de Valencia figure entre las mejores de la Comunidad Valenciana.

El último párrafo del himno universitario por excelencia, el Gaudeamus Igitur, lo dice todo:

“Alma Mater floreat
quae nos educavit,
caros et conmilitones
dissitas in regiones
sparsos congregavit”.

Es decir:

“Florezca la Universidad
que nos ha educado,
y ha reunido a los queridos compañeros
que por regiones alejadas
estaban dispersos”.