Brexit: Cameron pone en riesgo la Unión Europea (y la británica)

El entusiasmo europeísta del Reino Unido siempre ha sido perfectamente descriptible. No estuvo entre los miembros fundadores del proyecto de integración europea. Desde su tardía incorporación en 1973, se ha opuesto con uñas y dientes a prácticamente todos los avances posteriores en el proceso. En los años ochenta, Margaret Thatcher luchó (con éxito) para reducir sus aportaciones al presupuesto común. Respecto al euro, ha preferido mantenerse fuera. Ha estado siempre en contra de las escasas políticas sociales puestas en marcha a nivel europeo. No pertenece al área libre de controles fronterizos de Schengen. En definitiva, su matrimonio con Europa nunca se ha basado en el amor, sino en el más descarnado interés.

Pese a gozar dentro de la Unión de una situación casi cortada a su medida, las tensiones antieuropeístas no han remitido. Los rescates bancarios y soberanos, la falta de crecimiento en la Unión Europea y las crisis migratorias, han contribuido a deteriorar en los últimos años la siempre escasa popularidad del ideal europeo en el Reino Unido. La eurofobia es el principal rasgo que define a un partido en alza, como el UKIP; pero también existe un poderoso grupo euroescéptico dentro del propio partido conservador del primer ministro Cameron. Influyentes medios de comunicación, entre los que se encuentran periódicos sensacionalistas de gran difusión popular, contribuyen a mantener vivos los supuestos agravios.

Este contexto ayuda a entender el actual chantaje del primer ministro David Cameron a la Unión Europea, puesto en marcha por razones meramente partidistas y personalistas. Cameron siempre ha jugado a un ambiguo euroescepticismo, tanto para atraerse votantes conservadores fugados al UKIP, como para cimentar su propio poder personal dentro del partido conservador. En 2009, decidió que su partido dejase de formar parte del Partido Popular europeo. Posteriormente, se opuso a los rescates europeos necesarios para paliar los efectos de la crisis económica. Para rematar su actuación, en enero de 2013 se comprometió nada menos que a realizar un referéndum antes de finales de 2017 sobre la permanencia del Reino Unido en la U.E.

Desde entonces, su estrategia ha consistido en usar la amenaza de salida para extraer (bajo chantaje) algunas concesiones a los socios europeos, por mínimas que sean, para venderlas a continuación internamente como un gran logro personal, que justificaría la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea.

Las propuestas formuladas por Donald Tusk, que el Consejo Europeo deberá ratificar en su inminente reunión del 18 y 19 de febrero, se centran en cuatro aspectos. El primero, referido a cuestiones de gobernanza, intenta proteger los intereses de la minoría de países de la Unión que no forman parte del euro, permitiéndoles retrasar (que no vetar) la adopción de algunos acuerdos que les afecten. Así mismo, permite a los parlamentos nacionales bloquear alguna legislación europea, pero sólo si un 55% de ellos lo quieren, un umbral alto que limita mucho la importancia práctica de esta concesión. El segundo, que se refiere a la competitividad, busca disminuir las regulaciones excesivas que dificultan el crecimiento económico, un objetivo razonable que no es exclusivo del Reino Unido. El tercero, exime al Reino Unido del objetivo europeo de tender hacia una Unión cada vez más estrecha. Se trata de un logro meramente simbólico: desde hace tiempo, se viene aceptando la posibilidad de la existencia de una Europa a diferentes velocidades. Por último, el cuarto punto acepta parcialmente las demandas británicas relacionadas con la inmigración, destinadas a impedir que los inmigrantes que llegan al Reino Unido desde la propia Unión Europea puedan acceder a algunas ayudas sociales de forma inmediata, en condiciones de igualdad con los británicos. Se trata de un precedente muy peligroso, que otros países pueden utilizar. Atenta contra los principios de libre movilidad de las personas y no discriminación. Se basa en prejuicios injustificados sobre el carácter excepcional de una inexistente “crisis migratoria” británica, a pesar de que la tasa de paro es allí del 5% y los inmigrantes aportan al Estado del Bienestar más de lo que reciben. No obstante, es cierto que la propuesta modula las exigencias iniciales británicas, impidiendo que se puedan aplicar tales medidas restrictivas de forma unilateral.

Como puede observarse, no se trata de asuntos de tanto calado como para decidir, en función de ellos, la conveniencia de abandonar o no la Unión Europea. Esta es una de las debilidades fundamentales de la estrategia de Cameron. Debería de haber contrarrestado desde el principio la campaña que favorece la salida con una defensa entusiasta de las ventajas de la permanencia, en vez de condicionar su propio apoyo al éxito de una renegociación. Dichas ventajas existen: la práctica totalidad de los estudios económicos solventes concuerdan en que el resultado global para el Reino Unido de pertenecer a la Unión Europea es positivo.

Ahora, con la campaña del no por delante en las encuestas y al menos cinco ministros de su gabinete apoyándola, el mago Cameron, con su conejo recién sacado de la chistera, intentará dar la vuelta a la situación antes del referéndum (que probablemente se celebre el 23 de junio). Más vale que lo consiga. La Unión Europea ya tiene bastantes problemas como para permitirse además un abandono británico. De momento, Cameron ya ha aclarado que él piensa seguir como primer ministro, pase lo que pase. Si pierde su insensata apuesta, es improbable que lo consiga. La propia integridad territorial del Reino Unido puede verse de nuevo amenazada. Los nacionalistas que gobiernan Escocia ya han aclarado que ellos quieren permanecer en la Unión Europea en cualquier caso. Los riesgos son enormes, las justificaciones mínimas. Si Churchill levantase la cabeza, probablemente dijera que raramente tan pocos pusieron en riesgo tanto con tan pocos motivos.