Reducir el déficit público no es optativo

Las noticias preocupantes sobre la evolución de las cuentas públicas en España se acumulan. En particular, la Comisión europea ha puesto de manifiesto un déficit en 2015 del 4.8% del PIB (unos 50.000 millones de euros). Esta cifra incumple el objetivo pactado con Bruselas (del 4.2%), algo que sucede por octavo año consecutivo. Nuestro déficit público es el segundo más grande de la UE-28, tras el griego. Estas noticias han coincidido con un repunte de la prima de riesgo, en medio del recrudecimiento de las turbulencias financieras internacionales. El lunes pasado, el bono español a 10 años incrementó el diferencial de interés respecto al alemán en un 12%.

Nadie puede sorprenderse de lo que está sucediendo. Tanto la AIReF, como numerosos servicios de estudios y expertos, venían avisando desde hace meses de la desviación. Las causas son evidentes. En 2015 han coincido elecciones generales, autonómicas y locales. La administración central ha arrojado toda cautela al viento, rebajando los impuestos e incrementando el gasto de tipo electoral (líneas de AVE incluidas). Los presupuestos aprobados para 2016 tampoco garantizan cumplir el objetivo de déficit.

Las Comunidades Autónomas han sumado su propio ciclo electoral al incumplimiento habitual de sus objetivos de déficit cada año. En el caso de Cataluña, en vez de incumplimiento podrían usarse vocablos más fuertes. Las viejas prácticas (impago a proveedores, facturas que aparecen en los cajones, apertura de “embajadas”...) renacen, si es que alguna vez murieron. Entre tanto, la Ley de Estabilidad, repleta de posibles medidas preventivas y punitivas, se ha convertido en uno de esos garrotes que cuelgan en los bares, como vana amenaza hacia los morosos. Las cuentas de la Seguridad Social presentan un agujero claramente superior al 1% del PIB, como la AIReF también predijo. Tan solo las administraciones locales han logrado equilibrar sus presupuestos.

Ante esta situación de emergencia, las principales fuerzas políticas muestran una excesiva complacencia. La última novedad ha consistido en el acuerdo de varias de ellas para pedir a la Unión Europea que aplace (que vuelva a aplazar) el cumplimiento pactado de la senda de ajuste. Puede tratarse de una buena maniobra desde el punto de vista político. Permite no mirar de frente las necesidades de ajuste, que pueden ascender a 20.000 millones de euros (el objetivo de déficit para 2016 es un 2.8% del PIB), transmutándolas en medidas para facilitar un acuerdo de gobierno que contemplan ¡un mayor gasto! Desde el punto de vista económico, tales propuestas resultan más difíciles de justificar. La reducción del déficit de las administraciones públicas es una tarea ineludible y cada vez más urgente, por numerosas razones.

Al margen de otras consideraciones, como la deuda pública equivale ya al 100% del PIB, no parece prudente seguir aumentándola hasta niveles cada vez más insostenibles. Además, el rumbo actual nos lleva a un choque con nuestros 27 socios en la Unión, que difícilmente van a apoyar un nuevo aplazamiento (cuando la economía española crece a más del 3% y se rebajan los impuestos), por lo que supondría de precedente para otros países. Más probable resulta la apertura de un expediente sancionador a España dentro de pocos meses. Sin embargo, la razón que confiere más urgencia al problema tiene que ver con los famosos mercados, que en este caso no son otros que los compradores (a menudo extranjeros) de deuda pública española. Con este panorama de las cuentas públicas, al que se suman la incertidumbre política en España (debida a la formación del nuevo gobierno y a la situación en Cataluña) y la creciente aversión al riesgo que el panorama económico mundial está provocando, estamos jugando peligrosamente con fuego como país. Recuérdese que, según los Presupuestos Generales del Estado, el Tesoro tiene previsto emitir unos 230.000 millones de euros de deuda pública en 2016.

Por eso, lo lógico sería que el debate sobre la reducción del déficit público se centrase en el cómo, más que en el cuándo. Si uno se dirige a toda velocidad hacia un muro, que puede no estar tan lejos, lo conveniente es frenar y girar, en vez de cruzar los dedos para que otros lo desplacen unos metros más allá.