Un Congreso “Nini”: ni castas, ni rastas

La primera sesión parlamentaria de esta XI Legislatura acabó convirtiéndose en un espectáculo, que poco va a realzar la dignidad de la Cámara ante los ojos de la ciudadanía. Una diputada fue el centro de atención (como pretendía), llevando su bebé al escaño para amamantarlo. ¿Qué sucedería si los 350 diputados y diputadas hiciesen otro tanto? No da la sensación de que ello fuese a contribuir a la serenidad y calidad de los debates. ¿Deberíamos el resto de ciudadanos seguir el ejemplo y llevarnos a nuestros hijos a los centros de trabajo? ¿Sería bueno para ellos o para el rendimiento laboral?

Otros diputados y diputadas no respetaron las más elementales normas de etiqueta en el vestido o el peinado. Puede tratarse como una mera cuestión de gusto personal, pero muchos representantes progresistas entendieron en el pasado (a mi modo de ver, con acierto) que las ideas revolucionarias eran compatibles con el respeto formal debido a las instituciones. De nuevo ¿debemos el resto de la ciudadanía seguir el ejemplo y no respetar esas normas en nuestras actividades laborales? ¿Podremos ir a trabajar vistiendo la bata de estar en casa, si así nos sentimos más cómodos?

La lista de innecesarias transgresiones llegó hasta los juramentos y promesas. Aquí, la creatividad mitinera de algunas señorías alcanzó grados rayanos en el lirismo. Pero ¿qué sentido tiene exigir un compromiso, en forma de juramento o promesa, para acceder a un cargo público, si luego no se respeta sin consecuencias? Debería suprimirse o exigirse de verdad, si nos tomásemos en serio como país. ¿Nos sentiríamos tranquilos si nos juzgase un juez que ha prometido respetar las leyes, pero aclarando que sólo lo hace porque no tiene más remedio que decir algo parecido para acceder al cargo? No dejan, por otro lado, de resultar superfluas las aclaraciones de que se acatan las leyes, pero se quieren cambiar, ¡realizadas precisamente en un cuerpo legislativo! Algo tiene que ver también todo esto con lo que está sucediendo en Cataluña.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Como diputado durante la X Legislatura, he tenido ocasión de observar algunas de las causas repetidamente. A la opinión pública le llaman especialmente la atención las noticias sobre las actividades de los diputados que tienen cierta carga morbosa. A nadie le interesa si hacen un buen discurso, redactan decenas de detalladas enmiendas a una ley o se quedan a trabajar hasta las diez de la noche en una Comisión, después de haber tenido previamente un pleno de más de ocho horas. Por el contrario, si se sirven gin tonics en el bar del Congreso, se dará por supuesto que todos los diputados están alcoholizados y suben ebrios a la tribuna; si un diputado sale con prisa porque pierde el tren, se trata de una prueba evidente de sus ansias infantiles por irse de vacaciones. Y así casi todo.

Lo anterior ha generado una doble perversión, con graves consecuencias para el funcionamiento de nuestra Democracia. Los medios de comunicación tienden a centrarse en esas noticias morbosas, que generan titulares más sabrosos, a costa de la parte noble de las actividades parlamentarias, reforzando así las ideas negativas de la población. Además, entre los propios parlamentarios han ido surgiendo especialistas en aprovechar esta realidad. Si el trabajo riguroso y cansado no tiene ninguna repercusión pública, pero es fácil acaparar telediarios y portadas dando la nota (lanzando un papel al ministro, quitándose la chaqueta, gritando, insultando, mostrando una pancarta o vistiendo una estrambótica camiseta), la tentación es grande. El número de los que sucumben a ella es cada vez mayor. Esto, otra vez, refuerza las ideas negativas de la ciudadanía, en general sensata.

Algo parecido sucede con el espinoso tema de las retribuciones y los llamados privilegios de los diputados. Sin duda, han existido abusos (como los casos de viajes innecesarios sin ningún control). No obstante, el que nuestros representantes públicos tengan unos sueldos dignos y unos medios de trabajo adecuados, refleja nuestra propia dignidad como país. No comparto la opinión de que los diputados deban cobrar poco más que el salario mínimo. En el caso de los diputados de a pie (los que no forman parte de la mesa de la Cámara, ni de la de alguna de las comisiones) hoy en día sus retribuciones son similares a los de cualquier funcionario medio-alto (médico, profesor de Universidad…). Si se quiere atraer a la actividad pública a personas profesionalmente cualificadas, así como tratar a todos los diputados de forma acorde con la dignidad de su cargo, las retribuciones deben ser adecuadas. Lo mismo sucede con los medios de trabajo: el teléfono móvil y el transporte son necesarios para unos representantes que deben mantenerse en contacto con ciudadanos de toda España. ¿Por qué lo aceptable y rutinario para cualquier ejecutivo empresarial medio resulta escandaloso en el caso de los diputados? En el siglo XIX, los parlamentarios no cobraban nada; como consecuencia, los parlamentos eran un coto cerrado, únicamente accesible a las personas con una fortuna, que se cobraban con creces los servicios prestados haciendo las leyes a su medida.

No quiero decir con lo anterior que el Congreso de los Diputados sea una institución perfecta. Son muchas las reformas que necesita para modernizarse. Por citar algunas: el Gobierno no responde a menudo a las preguntas concretas que se le formulan (tanto de palabra como por escrito) y no pasa nada; los debates se convierten en monólogos cruzados; muchos procedimientos son rígidos, repetitivos y poco ágiles (como debatir los Presupuestos del Estado dos veces con el mismo detalle, en Comisión y Pleno). Ir en pantuflas al hemiciclo con los niños de la mano, o convertir los juramentos en mítines, son cambios que no deberían figurar en la lista de los más necesarios y urgentes.