¿Qué nos deparará la economía en 2016?

Los romanos dedicaron enero, el primer mes del año, a Jano (el dios bifronte). Una de sus caras mira hacia atrás, haciendo balance del año recién terminado; la otra escudriña el que empieza. Mirando hacia el futuro, ¿qué puede esperar la economía española en 2016?

España ha finalizado 2015 creciendo a un respetable 3.2%, que hace pocos años habríamos firmado sin dudar. Se trata de un primer hecho positivo de cara al futuro inmediato, pues la economía tiene importantes inercias, tanto cuando crece como al contraerse. Además, los “vientos de cola” que han venido impulsándola es probable que sigan soplando.

La fuerte rebaja de los precios del petróleo ha supuesto una benéfica inyección para nuestra convaleciente economía. Aunque tenga también un lado oscuro para la economía mundial, en un país muy dependiente de las importaciones de petróleo las ganancias predominan claramente. El ahorro en pagos por importaciones que ha logrado España gracias a la bajada del crudo equivale a unos 15.000 millones de euros (1.5 puntos del PIB). Esto facilita tener un superávit externo, inyecta renta disponible a las familias estimulando el consumo y reduce los costes empresariales. Esta lotería económica parece que nos seguirá tocando durante 2016. El barril, que estuvo a 115 dólares a mediados de 2014, cotiza ahora a menos de 40. El exceso de oferta que hay en el mercado no hace prever que el precio repunte demasiado. Por el lado de la oferta, en 2016 habrá que añadir la producción de Irán; otro gran productor, Arabia Saudí, parece apostar por unos precios bajos, que saquen del mercado a sus competidores más débiles. Por el lado de la demanda, la crisis de China y otros países emergentes hace presagiar que continuará la debilidad.

Otro viento favorable se ha debido a los bajos tipos de interés propiciados por la política monetaria del BCE. Esto, de nuevo, favorece especialmente a la economía española, con unas familias endeudadas mayoritariamente a tipos variables y una deuda pública cercana al 100% del PIB. Los ahorros en pagos de intereses de la deuda de las administraciones públicas, las familias y las empresas probablemente continúen este año, pues el BCE se propone mantener sus políticas.
Otro efecto de la política monetaria expansiva y los bajos tipos de interés ha sido la depreciación del euro frente a otras monedas, singularmente el dólar. Ello ha favorecido las exportaciones españolas destinadas a los países que utilizan esas monedas, incluyendo las de nuestros servicios turísticos (que han tenido un año record, ayudadas también por la inestabilidad que han sufrido algunos países competidores). En el año que empieza, esa depreciación del euro frente al dólar puede acentuarse, pues la Reserva Federal ha comenzado a elevar el tipo de interés en Estados Unidos.

Un cuarto impulso se ha debido a la flexibilidad permitida por la Unión Europea en el cumplimiento del objetivo de déficit público. Cabe espera que tal permisividad continúe, ya que influyentes socios (como Francia) van a necesitar de ella.
Todo lo anterior debería permitir a la economía española seguir creciendo en torno al 3% el próximo año. No obstante, los riesgos a la baja no deben desdeñarse. El FMI espera un crecimiento mundial decepcionante y desigual. El polvorín de Oriente Medio (Iraq, Siria, la tensión entre Irán y Arabia Saudí…) puede acabar estallando, lo que afectaría al precio del petróleo. La crisis en China y los emergentes tal vez se agrave, lo que podría provocar impagos soberanos, turbulencias financieras, guerras de divisas o comerciales... Con algunos países emergentes en apuros, como los de Hispanoamérica y Brasil, la economía española mantiene importantes lazos. En Europa, existe el riesgo de que el Reino Unido abandone la Unión y la crisis migratoria seguirá provocando tensiones. En Estados Unidos, no cabe descartar un resultado sorpresa en las elecciones presidenciales. Existen otros factores impredecibles, como los que se puedan derivar de actos terroristas o de los fenómenos meteorológicos extremos que provoque el cambio climático.

Pese a todo, en el caso español, como tantas veces a lo largo de la Historia, nuestro principal riesgo lo constituimos nosotros mismos. La inestabilidad política es extrema, tanto en Cataluña como en el conjunto de España. Esto genera incertidumbre y dificulta las decisiones de inversión, tanto internacionales como domésticas. La falta de gobierno es un problema evidente. Tener un gobierno que viviese al margen de la lógica económica tampoco sería la solución. Nuestro país está ya sujeto a un procedimiento por déficit público excesivo en la Unión Europea y el objetivo acordado para 2015 parece que se ha incumplido. Es cierto que existe algún margen de flexibilidad para la negociación, pero no se puede romper la baraja de forma unilateral impunemente, como ha demostrado Grecia el año pasado. Entre nuevas necesidades y refinanciaciones, España tendrá que emitir 230.000 millones de euros de deuda pública en 2016. Convendría recordar que nadie tiene la obligación de comprarla.