El cambio climático no es un invento izquierdista

Las evidencias sobre el desbocado cambio climático que padece el planeta se acumulan. Antes, estaban ocultas entre los arcanos datos que utilizan los científicos; hoy, forman ya parte de nuestra experiencia cotidiana. Es el caso de los madrileños: Navidades a 17 grados, apenas lluvia desde el fin del verano, una boina de humo sobre la ciudad que ha obligado varias veces a restringir el tráfico... Esto solo es un ejemplo concreto de un problema que tiene dimensiones mundiales. Los telediarios se llenan cada día de noticias sobre fenómenos climáticos extremos (inundaciones, sequías, tornados...), incendios o la contaminación en las ciudades chinas. Desde el inicio de los registros, el año 2014 ha sido el más caluroso, a la espera de que 2015 rompa el récord.

El calentamiento global es un hecho cierto, sobre el que existe una evidencia científica incontrovertible. Las causas que lo provocan también han sido aclaradas científicamente. Esencialmente, se debe a la emisión de gases de efecto invernadero, es decir, a la contaminación provocada por una codiciosa y miope especie, la humana. La concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es hoy un 40% mayor que al inicio de la Revolución Industrial.
Pese a todo, el tema sigue sometido en cierta medida a la división partidista e incluso al negacionismo. Para algunos, sigue siendo una especie de invención de hippies o anticapitalistas. No es así. Las burlas de los negacionistas se verán en el futuro como equivalentes a las de los que negaban que la Tierra girase alrededor del Sol, la teoría de la evolución de Darwin, la llegada del hombre a la Luna o la muerte de Elvis Presley. Lo curioso es que provengan de sectores conservadores. Puestos a conservar, ¿qué mejor que la Tierra?

Las políticas hasta ahora aplicadas para hacer frente a este enorme reto han buscado más tranquilizar las conciencias, aparentando que se hacía algo, que resolver de verdad el problema. Ajenas a conferencias internacionales y acuerdos, la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera y las emisiones de gases de efecto invernadero han seguido aumentando.

Las medidas para evitarlo se han centrado en subvencionar el uso de energías como la eólica o la solar. Sin embargo, según los datos de la Agencia Internacional de la Energía para 2013, sólo un 1.3% de la energía mundial se generó por esas vías. Mientras tanto, el uso del carbón ha vivido una segunda juventud (de la mano de China) y genera un 29% de la energía mundial. Ni siquiera los países que han seguido políticas más agresivas, intentado limitar las emisiones mediante permisos comercializables, como los de la Unión Europea, han tenido demasiado éxito, pues las cantidades permitidas han tendido a ser altas, cercanas a las previamente existentes.

No parece que el reciente Acuerdo de París, tan celebrado, vaya a romper esta dinámica perversa. El efecto propagandístico se ha logrado, sin duda, al reemplazar el objetivo de evitar que el aumento de la temperatura de la Tierra supere los 2 grados, por uno más ambicioso de 1.5 grados. El problema es que el objetivo de 2 grados ya se consideraba casi imposible de lograr y el nuevo Acuerdo poco hace para cambiar esa percepción. Básicamente consiste en que los propios países adquieran compromisos individuales, que solo ellos decidirán y que quedarán registrados en la Naciones Unidas. No son acuerdos obligatorios y su incumplimiento (en cualquier caso difícil de monitorizar) no tendrá ninguna consecuencia. Con esto queda dicho todo. El acuerdo se ha logrado dejando que los países firmen que harán lo que ellos mismos crean que pueden hacer. Ni siquiera existe un mecanismo que garantice que la suma de esos acuerdos individuales permita lograr un resultado global concreto.

Es cierto que existen algunos avances, como que los grandes países emergentes se vayan incorporando al uso de este tipo de políticas, o el compromiso de 20 países para duplicar en 5 años el gasto en I+D sobre energías limpias. Es en los países emergentes, como China o la India, donde más están aumentando las emisiones. Un mayor esfuerzo investigador puede ayudar al desarrollo de nuevos materiales, a la mejora del almacenamiento y transporte de las erráticas energías renovables, de los métodos para la captura y almacenamiento del carbono, incluso a lograr formas de energía nuclear más seguras y métodos para enfriar artificialmente la Tierra. No obstante, es evidente que tales logros solo podrán alcanzarse (si se alcanzan) en el largo plazo. Existen medidas de efectos más inmediatos que no deberían descartarse, como los impuestos a las emisiones, a ser posible con un ámbito de aplicación internacional.

Otras políticas, como la reforestación, son menos sofisticadas pero igual de necesarias. Por último, dado que el proceso ya es imparable y sólo se puede aspirar a mitigarlo, será necesario adaptarse a los cambios inevitables. Para lograrlo, los países afectados más pobres necesitarán ayuda en forma de cultivos nuevos o más resistentes al clima, sanidad, acceso al agua, incluso políticas migratorias más generosas.

Como los compromisos del Acuerdo de París se irán revisando cada 5 años, no ha de perderse la esperanza de que, dentro de un lustro, se mejoren. Hasta entonces, la emergencia climática mundial seguirá sin tener la respuesta que necesita. Las generaciones futuras se merecen algo mejor. Algunos ven la solución en colonizar lejanos planetas. Antes, tendremos que ser capaces de algo que debería ser más sencillo: cuidar el maravilloso planeta en el que tenemos la suerte de vivir, en lugar de empeñarnos en destruirlo.