Ojo, crecimiento económico frágil, no romper

Hace unos días (el 30 de octubre) el INE publicó el avance de su estimación de cuánto ha crecido la economía española en el tercer trimestre de este año, un anticipo de los datos completos de la Contabilidad Nacional trimestral, que se darán a conocer el 26 de noviembre. El PIB ha aumentado un 0.8% respecto al trimestre anterior. En términos anuales, la economía ha crecido un 3.4% respecto al mismo trimestre del año anterior.

¿Qué conclusiones pueden obtenerse de estos datos? La economía española sigue creciendo a buen ritmo. Un 3.4% de crecimiento es una tasa respetable, no muy alejada de las que se alcanzaban antes de la crisis. No obstante, habría que evitar la autocomplacencia. La tasa de crecimiento da muestras de desaceleración y se sustenta en gran medida en factores coyunturales.

El 0.8% de crecimiento trimestral representa una tasa dos décimas inferior a la del trimestre anterior. Se trata sólo de una leve desaceleración, pero resulta preocupante por ser la primera que se produce desde que, en el tercer trimestre de 2013, la economía española retomó la senda del crecimiento. A partir de entonces, el crecimiento se había ido acelerando continuamente, hasta ahora.

Otro dato recién conocido, el índice PMI manufacturero publicado el 2 de noviembre, refuerza la impresión de desaceleración. Su valor en octubre fue de 51.3. Un valor superior a 50 indica crecimiento de las manufacturas, pero se trata del valor más bajo desde hace 23 meses. Es decir, que la industria manufacturera crece, pero al ritmo más lento desde hace casi dos años. Además, el índice encadena 5 meses consecutivos de descensos y su valor en octubre defrauda a los analistas, que esperaban que alcanzase 52.

En realidad, todo esto no debería resultar sorprendente. La crisis que padecemos ha atravesado diferentes fases. Si nos ceñimos a los cuatro últimos años, para hacer balance de la Legislatura en lo que se refiere a la producción (como en el artículo de la semana pasada hacíamos respecto al empleo), la evolución ha sido la siguiente. El Partido Popular llegó al gobierno nacional en una situación económica muy complicada: en 2011 el PIB había caído un 1.8%. Su primer año de mandato coincidió con una clara agudización de la crisis, acelerándose la caída de la producción hasta un histórico 3.1%. El año 2013 fue el de la transición desde tasas de crecimiento moderadamente negativas a tasas moderadamente positivas. A partir de entonces, la recuperación del PIB ha ido fortaleciéndose, superando tasas de crecimiento del 2% en 2014 y del 3% en 2015. Pese a todo, la producción todavía no ha recuperado su nivel anterior a la crisis, algo que numerosos países sí han logrado.

La cuestión es si son sólidos los cimientos de esta evidente recuperación. Por desgracia, no parece que lo sean. El impulso se basa en numerosos factores coyunturales. Algunos son externos, como la política monetaria expansiva del BCE, con sus secuelas de bajos tipos de interés (importantes para un país con una alta deuda, tanto pública como privada) y depreciación del euro (que favorece las exportaciones al exterior de la zona del euro), el aplazamiento en un par de años del cumplimiento de los objetivos de déficit público fijados por la Unión Europea y la fuerte reducción en los precios del petróleo y otras materias primas que importamos. Otros factores coyunturales tienen carácter interno: al ser 2015 año electoral a nivel autonómico, local y nacional, se ha expandido el gasto público de tipo electoral, se han anticipado las rebajas fiscales previstas y se ha devuelto ya parte de la paga extra de 2012 a los empleados públicos.

Los factores anteriores pueden prolongarse algo más o menos en el tiempo, pero no tienen carácter permanente. Entre tanto, en el horizonte económico mundial han aparecido nuevos nubarrones que lo oscurecen: el enfriamiento de la economía china y la crisis de los países emergentes, que afecta a economías especialmente vinculadas a España como las de Latinoamérica.

Por último, conviene no desdeñar los riesgos políticos internos, por su relevancia y porque dependen más de nosotros mismos. Tienen una doble vertiente. Por un lado, lo más preocupante ahora mismo es la enloquecida deriva secesionista emprendida por la mayor parte del nacionalismo catalán. Pese a no haber logrado en las urnas sus objetivos plebiscitarios (como la propia CUP reconoció explícitamente en la noche lectoral), ha decidido elevar su apuesta a límites que ya superan claramente la legalidad. La moción que se pretende aprobar en el parlamento catalán prácticamente equivale a una declaración unilateral de independencia. El terremoto económico que puede desencadenarse el día que los mercados financieros se tomen en serio esa amenaza (algo que podría suceder de forma abrupta) es difícil de exagerar. En este sentido, a las múltiples traiciones de Artur Mas y sus secuaces, habría que añadir la cometida contra la larga y dura lucha de los trabajadores y emprendedores españoles, incluyendo los catalanes, para salir de la crisis.

Un segundo riesgo interno se deriva del incierto resultado de las elecciones generales. Para minimizarlo, los partidos políticos responsables y con posibilidades de gobernar deberían huir de las ideas demagógicas e inviables, cuantificando sus propuestas y explicando cómo financiarlas. Sería lo mejor para nuestro país y es lo mínimo a lo que la ciudadanía tiene derecho.