Sí lloro por tí, Argentina

En pocos días, el 25 de octubre, se celebrarán las elecciones presidenciales en Argentina, país hermano entre los hermanos. Con ellas concluirán los ocho años de mandato de Cristina Fernández de Kirchner, precedidos por los cuatro del de su marido Néstor. La presidenta no necesitará abandonar la Casa Rosada en helicóptero para escapar de ciudadanos enfurecidos, como le ocurrió a algún predecesor. Eso no quiere decir que su presidencia pueda catalogarse como un éxito para Argentina.

CFK se ha caracterizado por el espíritu de confrontación. Las debilidades institucionales que aquejaban históricamente a Argentina, se han agudizado. Tanto la prensa como el sistema judicial han sufrido un deterioro de su independencia. Un caso particularmente significativo es el del instituto estadístico. Los datos que publica están completamente alejados de la realidad y han perdido toda credibilidad. Entre los detonantes de la incertidumbre legal y regulatoria destaca un asunto cercano a nuestro país: la expropiación de YPF a Repsol en 2012. En el momento más delicado de la crisis española, con nuestra economía en caída libre, la presidenta argentina tomó esa decisión, que entonces significaba un empujoncito hacia el cercano abismo, en contra de toda la tradición de amistad entre los dos países. La medida tampoco ha favorecido a la economía argentina, por sus efectos negativos sobre la inversión exterior y la confianza empresarial. El impago de la deuda en julio de 2014, secuela del de 2001, completa este marco de baja calidad institucional.

No obstante, durante los pasados años, los altos precios de las materias primas han permitido enmascarar esas debilidades, gracias a sus efectos beneficiosos para un país exportador agrario. Esa bonanza ha dado margen al peronismo en el poder para desarrollar políticas de gasto que le han permitido mantener la popularidad entre los sectores desfavorecidos (por ejemplo, mediante subsidios para abaratar el precio de la energía).

La desaceleración de China, la consiguiente caída del precio de las materias primas y la crisis brasileña han cambiado radicalmente el panorama económico. No podía ser de otra manera. Brasil es el destino del 19% de las exportaciones argentinas y el origen del 24% de sus importaciones. Destacan por su importancia las exportaciones de automóviles, que representan casi la mitad del total. El 80% de las exportaciones de automóviles argentinas se destinan a Brasil (así como el 60% de las textiles y el 40% de las de maquinaria).

El cuadro macroeconómico es muy preocupante, aunque difícil de definir con exactitud por las deficientes estadísticas. La producción crece muy débilmente. La inflación está en el 26%, cayendo (gracias al descenso del precio de las materias primas) desde el 40% que llegó a alcanzar en 2014, impulsada por la depreciación del peso. Será difícil reducirla más, dado el alto grado de indiciación salarial en Argentina. El déficit público (¿del 4% ó del 9%?) aumenta. El peso se deprecia, pero aún no ha compensado la apreciación real de años anteriores. Si no cae más, es por la existencia de controles de capital y restricciones a las importaciones (con los efectos nocivos sobre la producción industrial que tienen, al dificultar a las empresas el acceso a los inputs externos que necesitan). Esto ha hecho que surja un mercado negro cambiario, en el que el peso cotiza respecto al dólar a valores muy distintos del tipo de cambio oficial. La pobreza puede afectar al 30% de la población, según indicadores no oficiales. Todo esto, con el acceso a la financiación internacional muy restringido, como consecuencia del impago de la deuda.
De cara a la cita electoral, la política económica reciente ha buscado ganar tiempo, aumentando el gasto público e intentando que los efectos negativos del nuevo entorno no se visualicen hasta después de las elecciones. Sólo el recurso a los 33 mil millones de dólares de reservas internacionales del Banco Central y a la monetización del déficit permiten sostener temporalmente con alfileres esta situación.

Por ello, sea quien sea el próximo Presidente, se verá obligado a revisar una política económica agotada. Son tres los candidatos (Scioli, Macri y Massa) que se disputan la presidencia con opciones de ganar. El puesto de nuevo ministro de Economía probablemente no resulte tan codiciado. Esperemos que quien lo ocupe acierte, por el bien de Argentina y por el de los importantes intereses españoles que allí están todavía en juego.