¿Está España en deflación?

La deflación es uno de los males más graves que puede aquejar a una economía. Se produce cuando los precios caen de manera significativa y persistente. ¿Qué tiene eso de malo? Cuando los consumidores esperan que los precios caigan en el futuro, tienen incentivos para posponer el consumo, es decir, para no consumir esperando a ese abaratamiento. Esto, a su vez, hace que los empresarios no tengan incentivos para emprender nuevas inversiones. Por ambos motivos (menos consumo y menos inversión), cae la demanda agregada, lo que a su vez refuerza la caída de precios, dando lugar a un proceso que se retroalimenta. Existe, además, un efecto colateral importante sobre la deuda: al caer los precios, una misma deuda nominal (la cantidad de euros que se deben) se convierte en una mayor deuda real (los bienes y servicios a que equivalen esos euros).

A primera vista, en el caso español existen motivos para la preocupación. Sin duda, los precios están cayendo. Hace pocos días, el INE publicó el avance del IPC de septiembre. La tasa interanual es negativa (-0.9%), como lo fue (-0.4%) en agosto. Con la excepción de las tasas mínimamente positivas de junio y julio (+0.1%), de los últimos 15 meses la inflación ha sido negativa en 13. La mayor intensidad del fenómeno se alcanzó en enero de 2015, con una variación de precios interanual del  -1.3%.

No obstante, cuando se profundiza en el análisis de esos datos, el panorama cambia. El descenso de precios tiene una causa clara: la espectacular caída del precio del petróleo. El barril ha pasado de estar a 90 dólares hace un año, a algo menos de 50 actualmente, y venía de valores aún más altos. Eso hace que sean más baratos los carburantes (como gasolina y gasoil) y la electricidad (que, en parte, se genera en plantas que usan el fuel o el gas como combustibles). El transporte, los gastos de vivienda, se abaratan y el IPC lo refleja cayendo. Cuando del IPC se eliminan los componentes más volátiles (energía y alimentos no elaborados) para calcular una medida más estable, la llamada inflación subyacente, el valor resultante es positivo, aunque modesto (+0.7%).

En consecuencia, el cuadro que vive la economía española no se corresponde con el de una deflación. Los precios están cayendo, sí. Existe inflación negativa; pero no se debe a factores de demanda, ni el consumo es débil. El PIB está creciendo por encima del 3%. La causa de la caída de precios se debe claramente a factores de oferta. Por otro lado, la caída no tiene ni la magnitud ni la persistencia necesarias para calificarla de deflación. En la Gran Depresión estadounidense, cuando sí hubo una, los precios cayeron un 30% entre 1927 y 1933. Las caídas en España no tienen una magnitud semejante y parecen temporales, como las del precio del petróleo que las originan.

La inflación negativa puede incluso tener algunos efectos beneficiosos para nuestra economía. Facilita recuperar la competitividad perdida frente al resto de la zona del euro en los años de la burbuja. Permite, además, ganar poder adquisitivo, aunque no suban apenas sus ingresos nominales, a trabajadores y pensionistas.

No obstante, conviene mantener una actitud vigilante. Si el proceso se prolonga y se va trasladando a las expectativas de los agentes, afectando a la inflación subyacente, puede volverse peligroso. En cualquier caso, dificulta el proceso de desendeudamiento en España. La deuda, tanto privada como pública, es alta; su reducción sería facilitada por una erosión real vía inflación.

Las ganancias de competitividad se ven dificultadas porque la inflación negativa, provocada por el abaratamiento del petróleo, afecta al conjunto de la eurozona, aunque con menor intensidad que a España. En septiembre, la inflación en la zona del euro ha sido del -0.1%, volviendo a tasas negativas tras 6 meses de mínimas subidas de precios. La inflación subyacente se mantiene desde hace algún tiempo en valores cercanos al 1%, la mitad del objetivo de inflación del BCE. Si a eso le sumamos la débil recuperación del PIB europeo, parece claro que el BCE debe mantener una política monetaria expansiva, ampliando incluso la duración y el tamaño de su programa de compra de activos.