Otra carta a los catalanes (por correo urgente)

Queridos conciudadanos:

Perdonad el atrevimiento de dirigirme a vosotros. Personalidades de todo tipo y mayor relieve ya lo han hecho recientemente. Sin embargo, ante la importancia del momento histórico que vivimos, dedicar esta columna semanal a cualquier otro tema me parecía una dejación de responsabilidad.

Pensemos juntos, intentando ser ecuánimes. ¿Por qué se os dice que es necesaria la ruptura con el resto de vuestros conciudadanos españoles? Suele citarse una lista de agravios concretos. Si la revisamos, es fácil darse cuenta de que se exageran de forma deliberada. La humillación de que el Tribunal Constitucional modificase el Estatut suele encabezar la lista; obviando que el resultado final ampliaba enormemente la autonomía respecto a la situación anterior a la reforma. Los supuestos 16.000 millones de euros anuales de déficit de la balanza fiscal constituyen un segundo agravio. Numerosos especialistas han aclarado la tergiversación de la realidad que supone esa cifra. Se llega a ella realizando supuestos para territorializar los gastos e ingresos del Estado que no se sostienen. Por otro lado, no estamos en la Edad Media: los impuestos no los pagan los territorios, sino las personas en función de su renta. No es distinto, ni mejor, el tratamiento que reciben en este aspecto los ciudadanos de Madrid, con quienes suelen realizarse otras comparaciones cuando se buscan agravios comparativos. Otras ofensas se remontan a guerras civiles y dictaduras (la guerra de Sucesión, el franquismo...) ¡como si sólo las hubiesen sufrido los catalanes y no el conjunto de los españoles! Por no hablar del tiempo transcurrido desde entonces, ni de lo poco inteligente que resulta dirigir una sociedad mirando continuamente por el retrovisor (especialmente si éste tiene un espejo deformante).

Espoleados por tergiversaciones semejantes, se ha emprendido el camino hacia la secesión. Antes de seguir recorriéndolo, otra pregunta relevante requiere una contestación seria. ¿A dónde lleva ese camino? Los promotores de la secesión tienen una respuesta simple y atractiva, pero rotundamente falsa. Según ellos, la independencia conllevará una verdadera entrada en el paraíso terrenal para los catalanes. Todo serán enormes ventajas: los servicios sociales serán mejores, habrá dinero para todo, las cosas serán como en Dinamarca, ¡incluso la longevidad aumentará! Semejantes cuentos infantiles son un insulto a vuestra inteligencia.

En realidad, los costes existen, son grandes y se manifestarían a corto plazo, sobrepasando claramente a las posibles ventajas. Las amenazas más inmediatas tendrían que ver con la imposibilidad de emitir nueva deuda pública en los mercados, algo que ya hoy día sólo es posible gracias al aval del Estado. Sin nueva deuda, ni posibilidad de financiar el déficit, se producirían necesariamente bruscos recortes del gasto. Otros problemas, de enorme calado, tendrían que ver con la deuda pública ya existente, de la que obviamente una parte proporcional corresponde a Cataluña. La deuda pública neta equivale al 100% del PIB, está en niveles históricamente muy altos. Si llega a existir la menor duda de quién va a pagarla, perderá valor inmediatamente. Como los bancos, incluyendo los catalanes, tienen mucha de esta deuda en sus balances entre sus activos, podría desencadenarse un proceso similar al de la pasada crisis inmobiliaria (agujeros de capital, restricciones de crédito, necesidad de rescates a la banca...). Además, si la incertidumbre provocase retiradas masivas de depósitos, el corralito estaría asegurado, pues el nuevo Estado no pertenecería a la UE (ya lo han dicho, por activa y por pasiva, dirigentes internacionales y juristas) ni, por tanto, a la zona del euro. Es decir, que el BCE dejaría de suministrar liquidez a las entidades financieras catalanas. La retirada de inversiones extranjeras y los efectos sobre el comercio de las nuevas fronteras, aunque sean efectos negativos que tardarían más en notarse, tampoco parecen desdeñables. No escribo esto con ánimo de asustar, ni menos aún amenazar, sino para que adoptéis vuestras decisiones con los ojos abiertos, siendo conscientes de sus consecuencias.

Otras reflexiones van más allá de la economía. Los que os piden votar por el sí, en realidad quieren que votéis por el no. No a seguir conviviendo en pie de igualdad con el resto de vuestros conciudadanos españoles, fragmentando así la propia sociedad catalana, donde son tan numerosas las personas con parentesco u origen (más o menos lejano) en el resto de España. ¿Cómo casa esto con el supuesto europeísmo que dicen predicar los líderes separatistas? ¿Quieren la integración con letones o eslovacos, pero alzar barreras inexistentes frente a aragoneses o valencianos? ¡Qué enorme contradicción!

No os dejéis cegar por fantasías en el fondo egoístas. Os incitan a tapiar las puertas con el resto de la casa común, diciendo que así os quedáis con una de las mejores habitaciones. No por eso estaréis menos aislados. Os dicen que, en ese divorcio, el otro se va a quedar con la hipoteca y vosotros con la vivienda, todo ello de forma amigable. Planteamientos semejantes no suelen funcionar bien.

¿De verdad merecen la pena tantos perjuicios y riesgos a cambio de quimeras? Pensadlo bien. Está en juego el futuro de vuestros hijos (y de los nuestros). Juntos podemos hacer grandes cosas, no solo en el baloncesto.