Ninguna muralla nos resguarda de la economía china

Recientemente, la economía china ha dado claras muestras de sufrir dificultades. El síntoma más llamativo lo ha proporcionado la Bolsa, que ha perdido casi la mitad de su valor desde los máximos alcanzados hace pocos meses. La tasa de crecimiento del PIB, por su parte, ha bajado desde los dos dígitos al entorno del 7%, según las cifras oficiales; pero éstas son poco fiables, para los analistas independientes la tasa real puede estar más cerca del 4%. No obstante, ante tales acontecimientos, es habitual pensar desde España que China está muy lejos y lo que allí pase no tiene por qué afectarnos, ni preocuparnos, demasiado.

Existen algunos hechos objetivos que pueden fundamentar esta postura complaciente. La Bolsa es relativamente pequeña en China. La capitalización bursátil equivale allí a alrededor de un tercio del PIB, frente a valores superiores al 100% en economías más avanzadas. El comercio directo de España con China tampoco es demasiado relevante. La suma de exportaciones e importaciones equivale más o menos a un 2% del PIB español (la mitad del valor que registra la misma variable para el conjunto de la Unión Europea). En estas circunstancias, no es de extrañar que la postura dominante haya sido de cierta despreocupación. Al fin y al cabo, recuérdense antecedentes más llamativos: en 2007 muchos consideraron que la crisis de Estados Unidos poco tendría que ver con nosotros. De nuevo se está pecando de miopía, aunque el error de percepción sea esta vez mucho menos clamoroso. Son varias la vías por las que lo que sucede en China nos acabará pasando factura.

Un primer mecanismo de transmisión será el comercio. El PIB de China (en paridad de poder de compra) representa ya el 16,5% del mundial, un valor parecido al de Estados Unidos y al del conjunto de la Unión Europea, que le convierte en la segunda economía mundial. Un 14.3% del comercio mundial depende de esa actividad económica. Los efectos comerciales directos (lo que compra y vende España a China) son sólo una parte del cuadro general. Los efectos indirectos pueden ser más importantes. España exporta a países que, a su vez, exportan a China. El caso más claro es Alemania, cuyos lazos comerciales directos con China son más significativos y representan el 5% de su PIB. Si Alemania exporta menos a China y cae su actividad, España exportará menos a Alemania y se ralentizará la nuestra.

Estos efectos comerciales negativos se verán mitigados a través de nuestras importaciones de materias primas: España es un importador neto, especialmente de petróleo, y los precios están cayendo claramente. Una de las causas reside en que China tiene una economía muy intensiva en el uso de materias primas, por lo que importa porcentajes considerables de la producción mundial de petróleo, mineral de hierro, cobre, níquel o aluminio. Por eso, su enfriamiento económico está contagiando a los países exportadores de materias primas alrededor del mundo, desde Australia y Rusia, a Brasil, Argentina o Sudáfrica. En el caso español, por el contrario, los efectos por esta vía serán positivos: la factura de las importaciones se verá rebajada, mejorando las cuentas externas. El abaratamiento de las importaciones contribuirá también a mantener la tasa de inflación en niveles muy moderados o ligeramente negativos. Los inconvenientes se derivarán de los lazos económicos entre España y Latinoamérica, pues nótese que, en la lista de economías emergentes exportadoras con problemas, están importantes países de esa zona.

Los mecanismos de transmisión financieros pueden tener mayores efectos que los comerciales y más pronto. En este caso, serán inequívocamente perjudiciales. Las caídas de las Bolsas iniciadas en China provocan efectos contagio en unos mercados financieros cada vez más globalizados. La Bolsa española no ha sido inmune a ellos, sino todo lo contrario. Estos problemas surgen, además, en el delicado momento en el que la Reserva Federal se plantea subir los tipos de interés, después de mantenerlos durante años en niveles extraordinariamente bajos, para responder a la creciente aceleración de la actividad en Estados Unidos. Esa decisión puede acelerar la salida de capitales de los países emergentes (hacia Estados Unidos), agravando los problemas que sufren allí considerablemente. Por ello, la Reserva Federal haría bien en esperar y no subir todavía los tipos, teniendo en cuenta los efectos globales de sus decisiones, más allá de una estrecha óptica local. Todo esto, evidentemente, también repercutirá sobre la Bolsa española y la inversión extranjera en España. Últimamente, las cuentas financieras están comenzando a mostrar una incipiente tendencia a la salida de capitales de nuestro país.

El último mecanismo de transmisión es el más etéreo, pero potencialmente el más peligroso. Se trata de las expectativas, los sentimientos (de consumidores y empresarios) de mayor o menor confianza sobre el futuro, que condicionan sus decisiones de consumir e invertir. El aumento de la incertidumbre y el riesgo, la sensación de que existen problemas que pueden enfriar la economía mundial repercutiendo en la nuestra, afectarán así negativamente a la propia demanda interna de consumo e inversión, es decir, a las principales bases sobre las que se sustenta nuestra frágil recuperación.

Como este empeoramiento de las expectativas españolas, provocado por los problemas en China, viene a reforzar otras preocupaciones domésticas aún mayores (relacionadas con la insensata deriva secesionista de la mayor parte de los partidos nacionalistas catalanes y con el complejo escenario político que puede surgir de las inminentes elecciones generales), conviene no caer en la autocomplacencia. Lo que sucede en China no hundirá nuestra economía, pero contribuirá a ralentizarla en un momento particularmente peligroso.