La música, la mejor medicina para el corazón

Decía el filósofo griego Platón que la música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo. Pero parece que también lo es para el corazón. Hoy, más de 25 siglos después, el médico serbio Predrag Mitrovic ha descubierto que una buena selección del género musical, la tonalidad y el tempo de una composición tienen efectos positivos en los pacientes con enfermedades cardíacas, porque inicia la secreción de endorfinas, conocidas como las hormonas del placer.

“Cuando estas endorfinas se segregan en cantidad suficiente, reducen las frecuencias cardíacas y causan la caída de la presión arterial, que es lo más importante cuando el corazón está dañado”, explica el doctor Mitrovic a Efe.

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El doctor serbio receta música seleccionada para cada paciente, según sus gustos. Y la prescribe dos veces al día y con una dosis mínima de 12 minutos cada una, tiempo necesario para poner en funcionamiento los complejos mecanismos en el organismo que resultan beneficiosos para los enfermos del corazón.

Las investigaciones de Mitrovic, cardiólogo en el Centro Clínico de Belgrado y docente en la facultad de Medicina de dicha ciudad, comenzaron en la primera década del 2000, con varios experimentos de dos años de duración. La investigación no ha parado desde entonces, y los resultados son muy alentadores: “El estudio se hizo en los pacientes previamente operados de corazón, con baipás, que después sufrieron un infarto cardíaco. Más tarde, observamos también otros pacientes”, explica el cardiólogo, aficionado de la música desde la infancia.

La idea inicial de vincular música y problemas cardíacos nació hace quince años, cuando cobraban popularidad los conceptos de que la “vida dulce” se recomienda sólo en cantidades muy reducidas. Con consumir un vaso de vino tinto, un poco de chocolate pero con alto porcentaje de cacao, unas cuantas almendras o avellanas al día y actividades físicas moderadas, parecía que bastaba.

Y ¿qué pasaba con el consumo de la música? ¿Había que limitarlo o controlarlo de alguna manera?, se preguntó entonces Mitrovic.

Experimentar en uno mismo

Al escuchar música empezó primero a seguir sus propias reacciones, medirse la presión arterial y el latido del corazón, y notó algunas regularidades.

“Decidí investigar si es posible controlar la música, darla al paciente como se toman medicamentos, en dos o tres dosis, y si esa música que se receta al paciente tiene efecto de medicamento”, expone Mitrovic.

Además, para establecer con exactitud la reacción del enfermo a la música clásica, jazz, rock, pop o folclórica, observó el movimiento de sus pupilas, un complejo mecanismo neurológico que refleja el efecto en el organismo.

Pero, más allá del género, es necesario determinar la tonalidad y el tempo, otros dos elementos clave, según sus investigaciones, para elaborar recopilaciones musicales específicas para cada paciente. Se cambian las composiciones cada dos o tres meses para que los pacientes no se acostumbren y pierdan la concentración necesaria.

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Música instrumental y clásica

Se usa, ante todo, la música instrumental, para evitar que las letras provoquen emociones adicionales. Por ejemplo, la música clásica da un efecto positivo en la mayoría de los enfermos, indistintamente de sus preferencias musicales.

“Lo esencial es que cada paciente tenga su música, porque cada uno reacciona a la música que le gusta y también a la que agrada a su organismo. Cada persona es una historia por sí”, explica.

La primera investigación abarcó 740 pacientes, divididos en dos grupos iguales, con características similares. Un grupo tenía incluida la música entre los medicamentos que tomaban.

Los controles y análisis regulares mostraron que en el grupo al que se aplicaba música hubo menos ataques cardíacos, anginas de pecho, muertes y nuevas operaciones y, también, una notable caída de la presión arterial y de la frecuencia cardíaca.

El potencial de investigación es tan grande que el equipo de Mitrovic, junto con gastroenterólogos, ha empezado a investigar si la música aplicada reduce la excesiva excreción de acidez que puede causar úlcera, ya que el efecto de la música discurre por el nervio vago, tanto para el estómago como para el corazón.

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