Los padres helicóptero perjudican gravemente la salud

Nuestros jóvenes son cada vez menos independientes, no sólo económicamente, si no también anímicamente. Salir de casa cuesta dinero. Un dinero que no tienen y que cada vez les cuesta más de conseguir. Y la sobreprotección paternal que antaño se extendía hasta los 15 o 16 años, ahora se eleva hasta casi los 30. ¿Tu hijo tiene 25 años y todavía te empeñas en acompañarlo al médico? ¿Llamas a su universidad para preguntar sobre los másteres que podría estudiar? ¿Le acompañas a echar la matrícula del próximo curso? ¿Pasas el día buscando un empleo digno para él? ¿Pides acompañarle a las entrevistas de trabajo? Le guste o no, es usted un padre helicóptero. Así es como se conoce a los padres sobreprotectores que vuelan sin descanso sobre la vida de sus hijos, pendientes a todas horas de sus necesidades, sus deseos y de su futuro.

El término padres helicóptero, un término muy extendido en Estados Unidos, apareció por primera vez en el libro “Entre padres y adolescentes” del Dr. Haim Ginnot de 1969. “Algunos jóvenes hablaban así de sus padres cuando intentaba explicar que estos se pasaban todo el día tomando decisiones sobre sus vidas”, explicaba Ginnot.

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Miedo al fracaso

Las malas notas, no relacionarse con otros jóvenes de su edad o no encontrar un buen trabajo pueden ser motivos más que suficientes para que un padre/madre helicóptero sufra por su hijo, especialmente si cree que con su participación podría evitar esa situación. En la España actual, la situación de crisis económica está siendo fundamental para la proliferación de este tipo de padres sobreprotectores. Los expertos aseguran que la situación económica familiar y estatal influye a la hora de educar a los hijos. Los padres deciden si utilizan un estilo más autoritario o más permisivo en función de la situación financiera y del número de oportunidades que pueden tener sus hijos.

Hace no muchos años, no hacía falta estudiar para tener una vida acomodada, es decir, los trabajadores poco cualificados ganaban tanto o más que los cualificados, por eso los padres eran más permisivos y distantes con sus hijos. Pero actualmente la situación ha cambiado. Y los padres han duplicado esfuerzos para que sus retoños tengan un futuro estable. “Los padres sienten que si no se sumergen en las vidas de sus hijos son malos padres. El sentimiento de culpa es un componente muy importante en esta dinámica”, asegura Carolyn Daitch, directora del Centro para el Tratamiento de los Trastornos de Ansiedad de Detroit.

El filósofo José Antonio Marina lo confirma: “Estamos en una cultura del miedo. Hay un sentimiento de precariedad y provisionalidad y una reacción, que es la sobreprotección, al pensar que el niño no va a saber desenvolverse”. Y surge esa atención desmedida que perjudica seriamente al desarrollo de los jóvenes. Con ese afán de controlarlo todo, de sobreproteger a sus hijos, los padres helicóptero los anulan totalmente, acabando con su independencia y con su autonomía. “Los jóvenes se convierten en personas dependientes, incapaces de resolver sus problemas si no es con la ayuda activa de sus padres. Desarrollan menos competencias emocionales y son más inseguros”, manifiesta Daitch.

Esto conlleva que haya padres que llamen a los centros de trabajo donde sus hijos han realizado una entrevista para intentar presionar así en pro de su contratación. O que vayan a la Universidad a hablar con los profesores si sus hijos han tenido malas notas. Algunas de estas situaciones son totalmente ridículas. De hecho, no es extraño comprobar cómo los padres acompañan a sus hijos a las Pruebas de Acceso a la Universidad y comen con ellos cuando acaban la primera tanda de exámenes. No hace mucho tiempo, ante situaciones similares, los hijos sentían vergüenza al verse acompañados por sus padres. ¿Por qué ya no ocurre? “Son chicos sobreprotegidos, no se sienten seguros e incluso son ellos quienes piden a sus progenitores que les acompañen en estos momentos de tensión”, explican desde COPOE, la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España. “Pero hay que dejarles volar solos. Si se caen, tienen que aprender a levantarse”, añaden.

En conclusión, debemos darnos cuenta de que no apoyamos a nuestros hijos si les damos solución a todo, si nos prestamos a ser su apoyo en cada decisión que tomen y, lo que es peor, si intentamos influir ante terceras personas con el objetivo de mejorar su situación. Si en la adolescencia les cohibimos, les tratamos como seres indefensos y tomamos las decisiones por ellos nunca tendrán iniciativa y esto producirá una serie de disfunciones sociales que le afectarán especialmente en la edad adulta. Educaremos jóvenes inseguros y totalmente dependientes, desconfiados y muy poco arriesgados, pues les resultará muy difícil perder el miedo al fracaso que les hemos inculcado. Por eso, los efectos a largo plazo pueden hacer a tus hijos –ya adultos- caer en la depresión y en la ansiedad. Por tanto, déjales volar y no les cortes las alas. En el futuro te lo agradecerán.

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