Tú eres Pedro

Desde mi postración de periodista, a los pies de la Basílica de San Pedro, que le viera, hace ya unos años atrás, muy enfermo y debilitado, hasta este pasado 1 de mayo del 2011, siempre me he preguntado cuál era el inmenso poder mediático de aquel anciano encorvado que con voz trémula, apenas perceptible, allá en lo alto, medio asomado a la ventana de su estudio, arropado por su hábito blanco daba su bendición, con una mano temblorosa, mientras en la primera plaza de la Cristiandad se escuchaban vivas y aplausos y un agitar de pañuelos teñían de un blanco opaco, que contrastaba con el azul trasparente del cielo, como si fuera un manto sagrado envolviendo una atmósfera de multitud hosanante. Me preguntaba qué fuerza podían tener esas palabras que con tanta fatiga destilaba de sus labios, para hacer que fueran escuchadas con el máximo respeto por reyes, notables jefes de estado, reconocidos tiranos y sátrapas sanguinarios.

Quizás mi mirada nunca se había fijado lo suficientemente bien en lo que de potencia significaba la enormidad fantástica de la Basílica, el poder espiritual y el nada desdeñosamente pecuniario que se encerraba dentro de aquellos dos enormes brazos, la columnata de Bernini, que intentaban abrazar ¿u oprimir? la conciencia de la entera humanidad como si fueran dos gigantescos tentáculos de un irreal y fantástico pulpo, cuya cabeza era, precisamente, la cúpula de Miguel Angel. Pensé entonces que todo esto se podía comprender, desvelar el enigma de su intrínseco y misterioso sentido; bastaba, para ello, leer la inscripción que, con letras de oro, rodeaba, como si fuera un cinturón de la Fe, la cúpula de San Pedro: “Tu es Petrus, et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam, et tibi dabo claves regni Coelorum” (Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y te daré las llaves del reino de los Cielos).

Con la beatificación de Juan Pablo II, en una pomposa y solemne ceremonia, estudiada y calculada en sus más mínimos detalles para que causara los efectos previstos de provocar una inmensa y contagiosa emoción multitudinaria, con rezos y cánticos en una vigilia preparatoria de todo un pueblo, el cristiano penitente, procedente de todos los rincones del planeta que podría recordar al flagelante del Medioevo en tiempos de peste implorando la misericordia divina y el perdón por sus pecados, el “Tu es Petrus” adquiere el máximo de su significado simbólico y a la par con él la Iglesia cierra, definitivamente, una época, la postconciliar, y entra en otra nueva, incierta y cansada de su caminar por sus dos mil años de historia ¿Será el principio del fin, la lenta pero inexorable decadencia de esta institución religiosa y universal? ¿El canto del cisne que cada vez será menos escuchado y menos atendible en los púlpitos públicos de un mundo que la está dando la espalda porque también ese mundo está cambiando y en la perspectiva de sus ideales futuros, que no son otros que los de la racionalidad, no tiene cabida su doctrina e incluso, en muchos casos, ni la escasa ejemplaridad de su comportamiento?

He conocido muy de cerca a este Pontífice, hoy beato de la Santa Romana Iglesia. He viajado a su lado en muchas ocasiones y en su avión he dado, más de una vez, la vuelta al mundo, desde Alaska a la Tierra de Fuego, desde Corea a perdidas islas del Pacífico, recorriendo el Extremo Oriente, la Guinea Papua, Nueva Zelanda y la entera Australia, y lo ancho y lo largo del continente africano; como Saulo, el Apóstol de las gentes, Juan Pablo II ha sido escuchado lo mismo por los escépticos protestantes belgas y holandeses que por los budistas orientales y los animistas africanos. Siempre me admiró la fuerza indomable de su voluntad, la firmeza de su verbo difundiendo el credo de Cristo y ese raro don de consumado comediante y eficacísima puesta en escena o representación histriónica, instrumentos esenciales para comunicar con la gente. Y lo digo no en sentido de peyorativa mala intención o de censura, sino de gran simpatía por las impecables maneras con que, en vida, supo ser gran intérprete de la comedia de la vida, en la que todos, aunque sea de comparsas, tenemos un papel: el que nos ha sido asignado por la casualidad, que no por la causalidad, del destino.

Más de una vez, con gran escándalo de una parte de la Curia romana y la casi completa unanimidad de jerarquía eclesiástica española y desde mi posición de laico irreducible, he criticado, en mis crónicas televisivas y, también, en las escritas en diarios y revistas, ciertas actitudes del Papa que no me parecían en consonancia con el credo cristiano que predicaba. Recuerdo asomándose al balcón del Palacio de la Moneda, en Chile, del brazo de Pinochet, o sus encuentros con el sanguinario Mobutu en el Zaire o sus abrazos con el repugnante terrorista Yaser Arafat en el Vaticano… Ello, repito, en una leal convergencia con lo que mi conciencia me dictaba, aunque lo fuera, como lo fue, en contra de mis intereses personales ¡Con la Iglesia hemos topado amigo Sancho!

Pero, anécdotas aparte, lo cierto es que, cerrado el capítulo de Juan Pablo II, con su elevación a los altares, el 1 de mayo del 2011, se cierra una época de la Iglesia y comienza otra de imprevisible porvenir.

De este papa todos recordaremos cuando en el 2000 inauguró, en una Plaza de San Pedro refulgente de luces el gran Jubileo. A mí, entonces, me vino a la memoria otro Jubileo de cuatrocientos años antes: el del Año del Señor del 1.600, cuyo inicio fue iluminado con las llamas que consumieron el cuerpo, previa y horriblemente torturado, de Giordano Bruno, el fraile dominico y profesor de filosofía, condenado a muerte por herejía. Era el alba del 17 de febrero del 1.600 y el horrendo espectáculo, propuesto por el papa reinante, Clemente VIII, ad maiorem Dei gloriam, se consumó en la plaza romana de Campo dei Fiori. Hubiera sido un gran gesto si el papa Juan Pablo II, se hubiera acercado, en silencio y sin reflectores, a poner un ramo de rosas a los pies del monumento a Giordano Bruno. Es posible que lo pensara aunque el rígido “reglamento” de la Curia romana se lo hubiera prohibido de forma total y determinante. Cuando en mayo de 1992 el papa efectuó una visita pastoral a Nola, provincia de Nápoles, la patria de Giordano Bruno, cubrieron el monumento del gran filósofo con un lienzo negro sin que nadie explicase el porqué: o para evitar que el papa viera a Giordano Bruno o para que éste evitara el ver a otro papa. Por otra parte, bien es verdad, que el 18 de febrero del 2. 000 Juan Pablo II, envió un carta a un congreso que, sobre Giordano Bruno, se estaba celebrado en Nápoles, deplorando la horrible muerte del fraile dominico.

En “Se piensa o se cree”, escritos sobre la religión, Arthur Schonpenhauer arremete, de forma despiadada, contra la religión, fundamentalmente contra las religiones monoteístas. “Cuando uno comienza a hablarme de Dios, yo no sé de que está hablando”: “No existe ninguna religión natural, todas son productos artificiales”. Y si Nietzsche, con el énfasis que en él es habitual, proclama la muerte de Dios, Schopenhauer a aquel dios verdaderamente lo mata, suprimiendo cualquier validez teorética al teísmo. Piensa que nadie en este mundo ha llegado a descifrar el enigma de la existencia y de esta forma vivimos como envueltos en una niebla, sin poder saber ni de dónde venimos, ni quiénes somos, ni donde vamos. Karl Popper solía repetir su frase lapidaria: “Nos parecemos a un hombre de piel oscura que busca en una habitación sin luz un sombrero negro que quizás no existe”.

El budismo, del cual el filósofo alemán es un gran admirador, es extraño tanto al concepto de un dios creador como a aquel otro de la herejía, nunca ha instituido una dictadura ideológica, de la misma manera que nunca nadie ha sido quemado vivo en su nombre.

Las religiones peores y las más antifilosóficas son las monoteístas y son, también, las más funestas, por qué un dios único es, por naturaleza, celoso de su poder y se porta como aquellos árboles que no dejan crecer nada en el entorno suyo como, por ejemplo, el pino o el eucaliptus.

El monoteísmo genera el fanatismo, el fanatismo el odio y el odio las guerras de religión.

¿Hace falta recordar que Europa durante siglos se ha cubierto de sangre en nombre del Dios bíblico? “Si miramos hacia atrás hacia todas guerras, a los desórdenes, rebeliones y a las revoluciones en Europa desde el siglo VIII al XVIII, encontraremos muy pocas que no hayan tenido como simiente o como pretexto, algún contencioso de tipo religioso. Todo aquel milenio ha sido un continuo matarse o bien sobre el campo de batalla o sobre el patíbulo o en la calle”.

Otro de los aspectos más bellos de la filosofía de Schonpenhauer es el reconocimiento de íntima parentela entre todos los seres vivientes, fenómenos diversos de una única existencia universal. El filósofo encuentra infame el pasaje del Génesis (I, 28) “Creced y multiplicaos y henchid la tierra. Sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive para que todos os sirvan de alimento…” Aquí la indignación del filósofo explota. “¡Esto es verdaderamente una infamia! El dios de los judíos consigna al hombre a los animales para que domine sobre ellos. Cualquier vendedor de perros tiene mayor cuidado por sus animales. El Hombre debe reconocer que los animales son, esencialmente, iguales a él y debe tratarlos en consecuencia” ¡Cuánto más conozco a los hombres, más amo a mi perro!

En “El porvenir de una ilusión” Sigmund Freud compartiendo las mismas tesis antirreligiosas de Scchonpenhauer, las sitúa bajo el plano del estudio de la neurosis y del psicoanálisis. Esta obra constituye una sentencia sin posible apelación contra la religión como “neurosis obsesiva de la humanidad” y como satisfacción alucinante de las necesidades infantiles que el hombre y la civilización han organizado en una serie de fórmulas consolatorias.

Para el padre del psicoanálisis “la reducción al absurdo, el credo quia aabsurdum de los padres de la Iglesia, esto es, el presentar las doctrinas religiosas como sustraídas a las exigencias de la razón, hallándose por encima de ellas y que no necesitamos comprenderlas al bastar, simplemente, con que sintamos interiormente su verdad, es algo que, como mandamiento, no puede obligar a nadie”.

Sucede igual que con la tentativa realizada por la filosofía del como si. Aún sabiendo que ciertas hipótesis están faltas de fundamento, por razone prácticas, nos conducimos como si fueran verdaderas. Tal sería el caso de las doctrinas religiosas.”.

“Recuerdo, – dice Freud -, el caso de uno de mis hijos que cuando alguien comenzaba a contarle un cuento se acercaba al narrador y le preguntaba ¿es una historia verdadera? Y al oír que no se alejaba con gesto despreciativo. Es de esperar que los hombres no tarden en conducirse parecidamente ante las fábulas religiosas, a pesar de la intercesión del como si”

Que el cristianismo, o mejor dicho, la jerarquía que le representa ha “sospechado” siempre de la cultura es un hecho más que probado históricamente y no sólo en el mundo antiguo de sus comienzos. La religión, al igual que las luciérnagas tiene necesidad de la oscuridad para resplandecer. El 3 de enero de 1870, pocos meses antes que las tropas garibaldinas pusieran fin a los Estados Pontificios y al poder temporal del papa, Pío IX, en una carta dirigida a Víctor Manuel II de Saboya, pedía encarecidamente al soberano que “alejara otro flagelo”, esto es que el de una ley, todavía en estudio, relativa a la instrucción obligatoria.

Es indudable que el “Tu es Petrus” de Juan Pablo II representa ya una piedra miliar en la historia de la Iglesia contemporánea, pero no es menos cierto que el papa recién beatificado ha formado parte, para bien o para mal, con sus virtudes y defectos, de esa comunidad religiosa de “luciérnagas”.

Por ello es hora de volver página. La ciencia nos ha desvelado muchos misterios del universo. Quizás no llegue nunca a descubrimos el último sobre su origen. Pero tampoco importa mucho. Deberíamos acostumbrarnos a vivir serenamente con él y a aprovechar los frutos de la tierra y a gozar de nuestra pobre existencia terrenal. Entremos en el templo de razón y humildemente sonrientes recitemos la oración socrática: “Yo sólo sé que no sé nada”