Las fantasías fiscales del Gobierno

Los números del Presupuesto para el año 2021 ofrecen, como era lógico esperar, un elevado grado de fantasía. Un aumento del 13%, hasta alcanzar el récord histórico de los 222.100 millones de euros, en una economía en estado de enfermedad generalizada y de momento creciente, muestrea el estado de optimismo o alternativamente el deseo de fantasear por parte de los autores del balance tributario. Ambas sensaciones, optimismo desbordado y fantasía alejada de la realidad, son los dos pecados que parecen haber cometido los autores de tan hiperbólica contabilidad.

El aumento de los ingresos tributarios de un año para otro, unos 25.000 millones de euros largos, se sustenta en aumento de tipos impositivos y en nuevas figuras fiscales. Ni qué decir tiene que la economía española no está para muchas expansiones de júbilo y que los sectores que más van a aportar a estas explosiones de generosidad no sentirán precisamente estímulos a la hora de reforzar su aportación al crecimiento.

La subida de los tipos de gravamen se va a concentrar en unas pocas figuras fiscales (IRPF, Sociedades, IVA,…) pero recaerá sobre dos colectivos que en condiciones normales deben tirar de la economía, las empresas grandes, incluidas las que multiplican su actividad internacional a las cuales se les asignan nuevas cargas fiscales por la vía de una reducción de los incentivos, y los ciudadanos con alta capacidad de generación de renta por encima de determinados umbrales.

Se puede esperar una alta dosis de generosidad de unos y otros en estos momentos difíciles para todos, pero generalizar una creciente presión fiscal sobre estos dos colectivos corre el riesgo de dejar en barbecho el éxito del intento. Hay unas 1.700 empresas con ingresos por encima de los 40 millones de euros anuales que desarrollan en algunos casos actividades estratégicamente importantes en el exterior.

Sobre este colectivo empresarial se van a proyectar una serie de reducciones de desgravación que deberían aportar más de 450 millones de euros al Estado durante el año próximo y, si las cosas se desarrollan como idílicamente esperan los gobernantes, su aportación tributaria adicional el año siguiente superaría los 1.000 millones de euros. Que los cálculos parecen optimistas se debe a que este aumento de las aportaciones fiscales del sector empresarial no casa bien con las previsiones económicas más realistas que están manejando algunos analistas, aunque sí puedan encajar, y ese es el problema, con la fantasiosa expectativa del crecimiento económico estimado tanto para el año que viene como para el año 2022.

No distarán mucho de estas consideraciones las que afectan al aumento de los tipos del IRPF, que lógicamente afectarán a las rentas más altas del país, en las que como es de suponer resulta más sencillo aplicar una elusión en la contabilización de ingresos que en otras actividades económicas de menor fuste. Hacienda está manejando unos 36.000 sujetos pasivos con declaraciones por encima de los 200.000 o los 300.000 euros anuales, según se trate de ingresos procedentes del trabajo o de las rentas del capital, con 2 ó 3 puntos adicionales de presión fiscal.

No está claro que los expertos gubernamentales en cuestiones tributarias hayan manejado datos precisos sobre el impacto que la paralización económica está teniendo sobre los negocios de profesionales que se encuentran en esos tramos de ingresos, pero cabe suponer que no resultará fácil obtener en estos colectivos de altas rentas niveles de ingresos y de ganancias similares a los de años anteriores, lo que permite suponer que un aumento de los tipos de los impuestos personales afectados no resulta, de antemano, muy prometedor.