Un duro castigo a un país incrédulo

Más de seis meses por delante vamos a tener los españoles para lidiar con la crisis económica más complicada y enrevesada de nuestra historia reciente. Una crisis que tiene su punto de arranque a finales del pasado mes de febrero y que ha vivido altibajos derivados de la falta de pericia de los dirigentes del país. Seis meses son muchos meses para afrontar las limitaciones a la normalidad que se van a imponer a partir de ahora mismo a los ciudadanos, después de haberles dicho que la normalidad había retornado tras el breve paréntesis de la reciente primavera, durante la cual las cifras de contagiados y fallecidos nos condujeron rápidamente a encabezar la lista de países más dañados por la crisis del virus. Cuesta creerlo, pero pasar del liderazgo en el crecimiento económico occidental a ocupar la última plaza de las economías desarrolladas es el resultado de una falta de pericia e incluso de sinceridad que el país tardará en olvidar.

Causa sonrojo repasar las declaraciones de los altos cargos de la Administración y del Gobierno cuando declaraban a los cuatro vientos que en España apenas había media docena de personas con síntomas de la nueva y desconocida enfermedad, cuando los hospitales empezaban a saturarse con personas infectadas, y hasta fue preciso improvisar hospitales de campaña con la ayuda del Ejército para dar cabida a tantos nuevos enfermos como aparecían.

No es de extrañar que España haya ocupado relativamente pronto la primera posición en Europa en cuanto a fallecidos e infectados, rivalizando en el mundo desarrollado (lo que no es precisamente ningún consuelo) nada menos que con países como Estados Unidos y Gran Bretaña, dos ejemplos lacerantes de mala e irresponsable gestión de la pandemia. La primera oleada de lucha contra la pandemia, en los meses de marzo y abril, se convirtió en el ensayo que pudo haber proporcionado las lecciones oportunas para reducir al mínimo la enfermedad. Por desgracia, el rápido e irresponsable levantamiento de las medidas de confinamiento adoptadas en los primeros momentos, cuando se diagnosticó erróneamente que la pandemia ya estaba siendo domesticada y que la vuelta a la normalidad cotidiana era inevitable, ha conducido a una situación bastante peor y con una rapidez inusitada.

La falta de pericia de los responsables de la sanidad pública y de los responsables políticos, encargados de afrontar la realidad, ha conducido a este despropósito en el que nos encontramos. España se ha visto obligada a adoptar las medidas más duras y de más larga duración, más de seis meses en el horizonte, para corregir una crisis sanitaria que nos ha llevado rápidamente a ocupar las primeras posiciones mundiales por número de contagios, con más de un millón de personas afectadas.

El daño que este error de cálculo ha causado a la economía es tremendo, y va a mantenernos como país en las posiciones más bajas de la lista de países desarrollados durante bastante tiempo, debido a la profundidad de la herida que la crisis sanitaria está causando a la economía, ahuyentando la inversión, destruyendo empleo, incrementando el endeudamiento tanto del Estado como de las empresas, destruyendo, en parte de modo irreversible, una parte importante del tejido empresarial, erosionando las expectativas de crecimiento y la capacidad de iniciativa y creatividad de amplios sectores de la sociedad española.