Un millón y subiendo

Un millón y subiendo

Un millón de ciudadanos víctimas del contagio del temible virus y más de 34.000 fallecidos resumen la escalofriante situación a la que ha llegado España, uno de los mayores países europeos pero el único que ha superado la cifra del millón de contagios desde que comenzó la pandemia en el arranque del presente año. España es el sexto país del mundo en casos detectados. Francia nos pisa los talones aunque todavía le queda un poco para alcanzar el millón de infectados, lo que posiblemente suceda esta misma semana.

Las estadísticas son terribles aunque un repaso rápido de la actualidad y del acontecer cotidiano del país no parece reflejar esta grave circunstancia. El país, en especial la denominada clase política, aparece enfrascada en otros quehaceres, como si la extensión exponencial de los contagios no fuera, con diferencia, el mayor problema que nos incumbe a todos los españoles en estos momentos. Es asombrosa la escasa prioridad que le están dando las autoridades al grave problema sanitario que nos está hundiendo como país, como sociedad organizada, como economía próspera que lo era hasta hace poco.

Lejos de ocuparse en adoptar medidas urgentes y contundentes con las que hacer frente a la pandemia, el país aparece desgarrado en mil frentes. Con decepción estamos comprobando que lo que parecía una de las  soluciones más ingeniosas y eficaces para hacer  frente a nuestros problemas atávicos de deficiente capacidad de gobernabilidad, como es la  estructura del Estado autonómico, se ha convertido en una desastrosa mecánica que impide la adecuada gobernación de la sociedad española, en especial visible en estos momento de grave crisis sanitaria en el que  la capacidad de respuesta colectiva debería alcanzar sus mayores grados de eficacia.

Nada más lejos. Cada territorio autonómico, cada ciudad, se ha convertido en un experimento fallido de resolución  de nuestro problema principal que en estos momentos es la extensión sin freno de una  epidemia que tiene  desconcertados y asustados a loa inmensa mayoría de los ciudadanos. La gente no sabe qué hacer. Los llamamientos de las autoridades en favor de la adopción de conductas adecuadas para afrontar con éxito la extensión de la pandemia caen en saco roto.

Las pautas de autoridad y respeto a la ley y a las disposiciones que emanan de las autoridades nunca habían caído en niveles tan bajos de descrédito. El desgobierno ha convertido al mapa geográfico y político español en un desdichado e inútil galimatías que no hace sino multiplicar la dimensión de la enfermedad y dificultar no solo su extensión por todo el territorio y sectores sociales sino  dificultar  la aplicación de remedios capaces de corregir el problema en sus orígenes.

Está claro que la economía va a ser una de las víctimas más destacadas de este dramático episodio de nuestra historia. El principal perjudicado es indudablemente el ciudadano medio español que se ha visto afectado por la enfermedad de forma directa. Pero a renglón seguido es preciso recordar el lamentable estado en el que se ha sumido ya la economía, fuente básica de supervivencia de la sociedad, a la que habrá  que dedicarle más esfuerzos de los que se han  aplicado en estos meses de incertidumbre. Virus y economía forman un dúo de muy estrecha correlación. Los dos requiere por  igual dedicación  y esfuerzo en busca de la solución adecuada.