La pandemia y el desorden económico

La amarga realidad del coronavirus, cuyas cifras de contagio y fallecimientos causan creciente pavor entre todos los estamentos de la sociedad, se está imponiendo a las expectativas de la economía, que parecía en trance de recuperar el pulso.

Acabamos de conocer las excelentes cifras de crecimiento económico de China en el último dato contabilizado del PIB mientras comienzan a aflorar datos más benévolos en las principales economías occidentales, tras el fuerte mazazo del segundo trimestre del año, cuando el mundo parecía haber tocado fondo y las caídas del PIB presentaron sus mayores quebrantos desde tiempo inmemorial.

Pero la realidad sanitaria se impone y los ánimos no están en el mundo económico para muchas alegrías. Estos días empezamos a conocer las primeras cifras de resultados empresariales, que parecen indicar sensaciones más positivas que las de trimestres anteriores, con balances que permiten suponer que el impacto de la pandemia se ha ido asimilando en una gran medida.

Se trata, de todas formas, de sensaciones tenues y que se intuyen pasajeras. El balance de importantes sectores de la economía no es bueno, al menos no todo lo bueno que se esperaba, ya que el endeudamiento de Estados y empresas se ha disparado por las nubes, las cuentas públicas no cuadran, las empresas tienen que reorganizar sus bases de actividad, el mundo laboral respira vísperas de grandes transformaciones con la puesta en marcha masiva del teletrabajo,…

Por si esto no fuera poco, las convulsiones políticas están trastocando el horizonte inmediato: en dos semanas sabremos si Estados Unidos prescinde del presidente más estrafalario de su historia o si el Brexit lleva a británicos y europeos a un pacto sensato y duradero de separación no traumática, por no contar con las fisuras internas que se perciben en algunos países como España en donde resulta difícil avizorar un horizonte de estabilidad y concordia para afrontar el futuro con ciertas garantías de éxito tanto en la organización de la convivencia como, en lo más esencial, la victoria ante el tremendo desafío de la pandemia.

En estas condiciones, la puesta en orden de la economía resulta un empeño bastante complejo, no sólo porque la naturaleza de los problemas (en especial, esa mezcla de crisis sanitaria y económica) carece de precedentes sino porque los protagonistas de la vida pública parecen empeñados en hacer de la discrepancia permanente un estado de ánimo que en nada favorece la actividad económica y la creación del clima necesario para preparar las grandes decisiones de inversión y de estrategia económica. Hay muchas dudas sobre la forma más adecuada para resolver el problema sanitario al que nos enfrentamos, pero lo que está bastante claro es que los Gobiernos no tienen bien jerarquizadas sus estrategias de actividad, las soluciones, la capacidad para transmitir a los ciudadanos la idoneidad de las medidas propuestas,… En este confuso escenario, sacar a la economía del atasco se supone bastante engorroso.