Por qué somos los últimos

En los últimos días, a tenor de las valoraciones que ha realizado en su informe anual el Fondo Monetario, la valoración de la economía española en el contexto internacional ha salido bastante mal parada y ha recibido más críticas que elogios. Es una buena oportunidad para extraer enseñanzas, ya que la gestión de los asuntos públicos en nuestro país está dejando bastante que desear y ello va a tener repercusiones negativas a corto y medio plazo.

Una de las afirmaciones más llamativas, tristemente más destacadas, ha sido la de que España ha encajado la crisis del coronavirus con mayores pérdidas y perjuicios que el resto de las economías avanzadas e incluso con mayor sufrimiento que el de algunas economías de tipo medio y pequeño. La estructura económica española es la responsable, en su mayor parte, de este hecho, aparte de las torpezas de los gestores públicos, que no han sido causa menor. La capacidad de selección de gestores públicos para la economía, en especial para los puestos que dependen del Gobierno y de sus áreas económicas, ha quedado muy desprestigiada. Oyendo a algunos responsables políticos hablar de economía, a más de uno se le ponen los pelos de punta.

Pero la fragilidad de la economía y de algunas de sus estructuras básicas, ha sido una de las razones principales de este recorte de nuestra valoración a nivel internacional. No es fácil ponerle remedio a esta situación, entre otras cosas porque su corrección requiere tiempo. Es indudable que el papel relevante del sector turístico, que aporta en torno al 15% del PIB y del empleo, constituye una de nuestras mayores fortalezas económicas, pero es al mismo tiempo fuente de debilidad en los momentos de fragilidad internacional.

Hay una rápida sensibilidad de la economía ante el frenazo del sector servicios, un sector en el que se engloba no solo la actividad turística sino la restauración, la hostelería, el mundo del ocio y la cultura o segmentos importantes de todo lo que tiene que ver con el transporte, como la industria y los servicios aeronáuticos. La suma de todos estos factores, a los que España ha dedicado muchos recursos hasta el punto de situar a la economía española en posiciones de vanguardia en algunos de estos segmentos, nos hace fuertes pero con bastante volatilidad nos hunde en la depresión.

Es en estos momentos en los que la fortaleza del sector industrial adquiere su mayor importancia, como queda bien a la vista en la recuperación económica que evidencian algunos países desarrollados en momentos cíclicamente complicados, como el que estamos atravesando.

Las crisis suelen ser en estos países de estructuras bien diferenciadas de la española de duración más cota e incluso de menor intensidad. Hay factores culturales y tradicionales que han contribuido a subrayar este diferencial, pero corregir el actual desfase español requerirá tiempo y esfuerzo y, desde luego, un grado de acierto en los gestores públicos que en esta crisis han mostrado una escasa capacidad de competencia. Los gestores privados, muy importantes en España, han estado más a la altura de las exigencias, pero un país sin un buen rumbo político provoca la aparición de baches por muchos escenarios que, a la postre, arrastran al conjunto del país en la dirección menos deseada.