La difícil gestión de la Deuda Pública

La gestión de la Deuda Pública española en los próximos años va a ser una de las mayores dificultades a las que se enfrentará inevitablemente el país. Las estimaciones que acaba de formular el FMI (Fondo Monetario Internacional) sobre el importe de la deuda española ofrecen cifras bastante escalofriantes, en torno al 123% del PIB en un horizonte bastante inmediato.

De hecho, este año podríamos superar el 14% de deuda sobre el PIB, lo que implica un enorme descaste de recursos que nos vendrían muy bien para otras finalidades, dotando a la economía de un poderoso instrumento de recuperación del que por desgracia carecemos.

Estamos en el pelotón de cabeza del mundo en cuanto a déficit público se refiere, en torno a la décima plaza. Hay que echar un vistazo a las cifras del propio FMI para observar cómo Japón, Italia o Grecia, superan a España con notable ventaja en cuanto a déficit sobre el PIB, siempre por encima del 100% del valor de la producción anual. España va a entrar en este grupo por primera vez.

Una de las peores cosas que le han pasado al país en este aspecto es la rápida velocidad con la que la deuda española se ha acelerado. Antes del inicio de la anterior crisis económica, allá por el año 2007, España rondaba el 34% de déficit sobre el PIB, de manera que la velocidad de aumento del endeudamiento ha sido escalofriante, sobre todo cuando los porcentajes se comparan con los otros países de alta deuda, que llevan muchos años por encima del 100% del PIB.

Ha llegado inevitablemente el momento de tomarse en serio el asunto, ya que ahora que vivimos inmersos en una etapa de holgura monetaria y con los tipos de interés negativos en una buena parte de la financiación (toda la deuda por debajo de 3 años se está emitiendo desde hace dos años por debajo del cero por ciento, es decir, sin coste), las cosas pueden resultar soportables. Está claro que la etapa de tipos negativos no va a durar siempre, de modo que la situación ha de revertirse en un plazo razonable si no queremos entrar en una dinámica de crecimiento imposible, de economía inviable.

La forma de darle la vuelta a esta situación tiene que venir irremediablemente por dos caminos, a ser posible simultáneos. Primero, un freno de los gastos públicos lo antes posible, es decir, en cuanto se supere la etapa más cruda de la pandemia y de la paralización de la economía. Incluso sin llegar a recortar los gastos que tienen carácter extraordinario, hay segmentos de la actividad económica que ofrecen márgenes de cierta importancia para reducir una parte del gasto público.

Casi de forma inmediata y en paralelo, los ingresos deberían aumentar, tanto mediante los primeros frutos que se puedan obtener de una recuperación de la actividad como sobre todo, y en una primera etapa, de una revisión al alza de algunos tributos. Será inevitable un incremento de la aportación a las arcas públicas de algunos sectores de la sociedad, no solo mediante un reforzamiento de la lucha contra el fraude sino mediante aumento efectivo de los tipos de gravamen evitando al máximo la reducción de incentivos a la creación de actividad económica y a la inversión.