Bellas palabras, pocos objetivos en el plan económico

El papel lo aguanta todo. La propuesta económica que acaba de lanzar el Gobierno de Sánchez para los tres próximos años le ha puesto mucha música a la economía pero la partitura muestra carencias que deberían permitir una mayor dosis de realismo. Se nota, leyendo algunas de las frases más afortunadas del documento gubernamental, la mano de ideólogos más que de técnicos.

Se trata de un programa pensado más para la galería y la parroquia política que para los inversores y empresarios, ya que las ofertas de proyectos concretos brillan por su ausencia. Las palabras bonitas, las frases que han hecho fortuna en los últimos meses en el escenario de la vida económica, obtienen una clara preeminencia sobre las demandas de los agentes económicos y sociales, sobre lo que aspiran a encontrar los grandes y pequeños inversores. Es decir, una colección de objetivos sugerentes que sean capaces de motivar a los emprendedores y a los buscadores de rentas, que a la postre son los que generan riqueza y multiplican las iniciativas y los puestos de trabajo.

Dentro de las palabras favoritas del discurso presidencial se ha buscado conceder especial protagonismo a la transición energética y a la transformación digital, dos de los ejes predominantes en el discurso junto al énfasis en los gastos educativos, la igualdad de género o la corrección de las desigualdades. Muchas hermosas palabras pero pocos objetivos concretos.

La pasión por los objetivos y por los números no forma parte de las querencias gubernamentales, pero constituyen el caldo de cultivo sobre el que los agentes económicos y los profesionales del mundo del dinero cimientan sus ambiciones y sus planes de acción, que al final son los que importan, ya que en ellos relucen los signos de riqueza y las expectativas de progreso económico y social.

Toda la palabrería que reluce en el discurso económico del Gobierno forma parte indudablemente de los deseos que suscribimos todos los españoles, pero no ponen a la sociedad española sobre una hoja de ruta que termine por traducirse en hechos concretos, en términos de empleo, en objetivos mensurables. Una de las carencias que esta crisis ha puesto de relieve es la insuficiente capacidad de la economía para competir con el exterior, la crisis en suma de productividad, un problema que nos ha llevado a los últimos puestos de la lista europea de países con menor crecimiento.

España ha descendido a la zona baja de la lista de las economías más dinámicas de Europa no tanto porque la pandemia haya sido mediocremente gestionada por las autoridades sanitarias, que también, sino porque el aparato productivo español no ha sido capaz de mejorar, ni siquiera de mantener, su posición en los mercados internacionales de productos. La caída en picado del sector servicios (turismo, como sector más afectado) ha coincidido con el resquebrajamiento del potencial industrial. La suma de ambos problemas es lo que nos ha llevado hasta las últimas posiciones económicas de Europa. Y esta realidad es la que habría que analizar con detalle y ponerle más remedios que bellos adjetivos.