La tarea europea de Caixa-Bankia

Con la fusión entre CaixaBank y Bankia acaba de nacer el primer banco español pero, sobre todo, ha nacido el tercer banco multinacional español digno de tal calificativo. Santander y BBVA ya lo son porque sus principales mercados están fuera de España y porque si en algo están pensando sus cúpulas directivas es en ensanchar sus fronteras fuera de su mercado natural o de origen. Ninguno de ellos parece muy interesado en ampliar el tamaño del pastel estrictamente español, ya que ambos se encuentran sobrerepresentados en el mapa bancario doméstico, sin apenas huecos en los que mejorar su presencia de forma sustancial. Este reparto territorial tan diversificado se ve ahora reforzado por el peso de los activos de Bankia. A Caixa le queda el nombre, eso sí, pero sus esencias catalanistas han quedado muy diluidas con esta fusión.

Caixa Bank y, en menor medida, Bankia, no tenían tan claro hasta ahora la necesidad de ampliar horizontes más allá del mapa doméstico español. El paso que acaban de dar uniendo sus destinos lo clarifica todo y no solo por una cuestión de tamaño.

Para Caixa, la conversión en banco multinacional está aún en fase de consolidación, aunque ha tenido que superar como paso precio el embarazoso asunto de la batalla secesionista, resolver la cuestión de su identidad nacional, cosa que resolvió, no sin tiranteces, Isidro Fainé, Hombre fuerte de la institución, al tomar la decisión de traslado de la sede social de la entidad a Valencia. Una decisión que no parece tener muchas opciones de vuelta atrás a pesar de que los sectores nacionalistas han salido estos días en defensa de un retorno de la vieja capitalidad.

La Caixa no está ajena a veleidades exteriores, aunque su experiencia ha sido escasa y salpicada de alguna decepción. Sin ir más lejos, La Caixa compró a finales del año 1999 el 3% (que luego elevó al 4,2%) de Deutsche Bank, el mayor banco de Alemania y tercero de Europa, en la época en la que dirigía la entidad Josep Vilarasau. La marcha de Vilarasau en el año 2003 dio paso a un giro estratégico, aunque las discrepancias entre Vilarasau y Pujol fueron determinantes, ya que el banquero sentía escasa simpatía por las veleidades nacionalistas y desde luego siempre se manifestó contrario a la independencia.

La participación de Caixa en Deutsche fue liquidada a principios del año 2005 y desde entonces La Caixa ha estado más centrada en otros negocios, sobre todo su diversificación profesional y la compra de entidades menores en el propio mercado español. Ahora, el negocio exterior de Caixa es bastante más modesto. Tiene fuerza en Portugal (mayoría absoluta en el BPI) y tiene alguna otra pica en el exterior (Austria, un 10% en el Erste Bank), pero en general es un banco español con todas las características propias de un banco doméstico. Bankia le aporta tamaño en el mercado doméstico y algo de exceso en algunas áreas de negocio, como la financiación hipotecaria a particulares.

La asignatura pendiente para el banco resultado de la fusión de ambas entidades, ahora que suman tamaño hasta situar al nuevo banco en una destacada posición a nivel europeo, será consolidar esa posición exterior. La presencia de Gonzalo Gortázar parece la mejor garantía para afrontar esta fase, que para CaixaBank tiene la peculiaridad de que sitúa al frente de los poderes ejecutivos de la entidad a una persona no catalana. Gortázar, vasco de origen y entre otras cosas madridista, según confesiones de alguno de sus allegados, inaugura una nueva época en el banco de origen catalán en el que el Estado español tendrá un papel relevante gracias a las acciones que posee en Bankia.

Tras la fusión, el Estado será un accionista decisivo en el primer banco español y parece obligado a jugar un papel relevante en el mapa bancario europeo de los próximos años. Gortázar ha sido durante muchos años banquero de inversión, con 16 años de experiencia en la sede londinense de Morgan Stanley hasta su fichaje hace once años por Isidro Fainé para La Caixa.