Europa, fuera de la batalla contra el virus

Hay una carrera mundial contra el reloj  para sacar adelante la vacuna contra el coronavirus. La última proclamación de éxito en el empeño la acaba realizar Rusia, que hasta hace poco no  estaba en carrera alguna al respecto. Aparecen en el horizonte más o menos inmediato, de aquí a finales de año, varios  proyectos que afirman contar con posibilidades bastante elevadas de  dar con el remedio que nos libre de esta pandemia, aunque por desgracias ninguna oferta europea entre las que aseguran disponer de aproximaciones a la vacuna definitiva.

Hay, como  era de esperar, intentos y proyectos en Estados Unidos. Los hay también  en China. Ninguno de ellos se ha atrevido todavía a  poner la pica en Flandes, aunque en algunos casos se trata de proyectos respaldados por firmas solventes y con amplitud  en sus despliegues de personas  sometidas a las pruebas necesarias para validar la bondad del nuevo fármaco, tan esperado como inédito.

El debate tecnológico está en plena efervescencia, pero ya han transcurrido varios meses y no se han encontrado remedios creíbles a pesar de los numerosos protagonistas que están metidos en el intento.

Llama la atención que ninguna empresa europea haya aparecido todavía con credenciales suficientes como para postularse para encontrar el    remedio que nos libere de esta pandemia, que sea capaz de  identificar la naturaleza del  virus ni mucho menos la eficacia para aniquilarlo y combatirlo con la suficiente eficacia. En Europa tienen su sede, sobre todo en Suiza, en Francia, en Alemania y también en Reino Unido,  algunas de las compañías  multinacionales del sector farmacéutico  más importantes de ámbito global, con filiales en las principales economías  internacionales.

Pero ninguno de estos ilustres nombres que tantas patentes  han registrado en todo el mundo ha conseguido bautizar un procedimiento en forma de vacuna para  barrer de la faz del mundo esta tremenda epidemia. No se podría decir que Europa ha escatimado esfuerzos financieros para poner freno a la crisis económica desencadenada  tras el estallido de la pandemia. Nunca Europa había movilizado tanto dinero para fines comunes como está haciendo ahora para sacar a la economía europea del bache.

Cabe preguntarse, por ello, cual es la razón de esta desconexión entre los recursos financieros de ámbito europeo, los planes nacionales que muchos países (entre ellos desde luego España)  están desarrollando con  sus recursos nacionales y  la elevada capacidad tecnológica e histórica de las empresas líneas del sector farmacéutico mundial que tienen su base en Europa.

Resulta difícil comprender la ausencia europea de  esta batalla, en la que el componente tecnológico es decisivo y el financiero adquiere una enorme importancia. Europa ha movilizado casi tanto dinero, si no más, que alguna de las dos grandes potencias económicas y sin que ello se haya traducido en resultados, hasta el momento, por ninguna de las partes, aunque el retraso de Europa frente a las grandes potencias mundiales  resulte llamativo.  Habría que  peguntarse si a la suma de tecnología y de recursos financieros no le ha faltado una voluntad política adecuada  para ponerle  freno a  la pandemia. Una pregunta que además habría que extender hacia el futuro, es decir, para el caso, no improbable, de  que  epidemias como la que estamos viviendo no  encuentren réplicas más o menos inmediatas.