El cascabel de los impuestos

No hay muchas ganas de hablar de impuestos.  Es el cascabel más delicado del momento económico. El presidente Sánchez ha despachado el asunto  con  una larga cambiada este martes, cuando dio a conocer el balance económico del año y las exigencias del inmediato futuro, que pasan desde luego por contar con unos Presupuestos que ya se echan en falta tras varios ejercicios de  abstinencia. Pero ni siquiera la declaración de que la prioridad son los Presupuestos del Estado para el año 2021 ha servido para  aportar alguna indicación de por dónde van a ir las ideas fiscales del Ejecutivo.  Es urgente buscarle un  cierto equilibrio a las cuentas públicas porque el déficit se ha desbocado con la pandemia y la Deuda Pública ha superado ya con creces los límites de lo  tolerable.

La gente está la espera de la hoja de ruta fiscal, pero Sánchez ha despachado esta  ansiedad con una afirmación  bastante ambigua pero nada comprometedora: habrá reforma fiscal  en el país cuando la economía se recupere y cuando el PIB vuelva a situarse en niveles cercanos a los de antes del desencadenamiento de la pandemia. Esto significa que  hasta el año 2023 no habría que esperar nuevas aventuras fiscales.  Solo Nadia Calviño, la titular de Economía, se ha atrevido a decir estos días que  España necesita nuevas figuras fiscales y un mayor  nivel de recaudación a medio plazo.

El Ejecutivo, en suma, pasa por el tema de los impuestos con pies de plomo, no quiere despertar temores ni abrir frentes de beligerancia a pesar de que sus socios de Gobierno tienen muy clara en su presión permanente que hay  una clara exigencia de subir impuestos y de  castigar a los más ricos con tributos más acordes con la  ideología  que profesan los fieles de Iglesias.

La delicadeza con la que se está llevando a cabo la  nueva política fiscal ha dejado el hipotético aumento de tributos en manos de figuras todavía poco experimentadas y que entran de lleno en el caso de las hipótesis, incluso con  riesgos de conflicto internacional. Es el caso de la denominada “tasa Google” o algunas fórmulas tributarias que pretenden hacer pagar a las multinacionales, básicamente estadounidenses,  los tributos  que pueden recaer sobre las actividades tecnológicas de nuevo cuño, en donde las multinacionales americanas llevan la batuta.

El potencial recaudador de estas actividades resulta de momento incierto. También está a la vuelta de la esquina el debate sobre la tasa  financiera, un asunto que pone de los nervios a los bancos, ya en situación de acoso desde diversos frentes, como el que limita su capacidad de  reparto de beneficios. Están también los tributos que gravitan en torno a las actividades energéticas y que tratarán de reforzar la lucha contra el empeoramiento del medio ambiente y para mejorar el cambio climático.

El recorrido de los nuevos tributos es, por lo tanto, incierto  y de  compleja implantación, lo que indica que al final nos veremos abocados a  una revisión a fondo de todo el sistema del IVA y desde luego una subida, con audacia mayor o menor, según el equilibrio de fuerzas políticas, de las tasas que gravan la renta y el patrimonio de los ciudadanos más y mejor situados.