Reflexiones sobre el fracaso de Calviño

La elección de un conservador, el ministro irlandés Pascal Donohoe, para la Presidencia del Eurogrupo en detrimento de la española Nadia Calviño tiene innumerables lecturas, posiblemente la menos interesante de ellas la que apoyaba la candidatura de Calviño en su gran experiencia económica dentro del engranaje comunitario. No se puede identificar el fracaso de la elección como algo atribuible desde luego a esta brillante y por muchos admirada economista.

Había dos razones principales para sustentar su presencia al frente del grupo de ministros económicos de la UE. Por un lado, el importante apoyo que ha recibido de parte de algunas de las grandes potencias como Alemania y Francia y, en general, el hecho de que los países que parecían apoyar su candidatura representan el 80% del PIB europeo. Una segunda razón estriba en su preparación técnica y específicamente en la calidad de su bagaje profesional en el seno de las instituciones comunitarias en las que lleva bastantes años trabajando con tareas de alta responsabilidad. Se podría decir, en suma, que Calviño contaba con unos apoyos difíciles de superar para alcanzar el éxito en su elección.

La decepción derivada de su no elección ha sido importante para España por diversos motivos. Uno de ellos, por el papel decididamente secundario que España, y en particular el actual Gobierno socialista-populista, está jugando y jugará en el entramado institucional de la UE, destacando el papel irrelevante de españoles en instituciones comunitarias.

Se puede decir que en estos momentos la presencia española en el quehacer comunitario es mínima y se encuentra en su nivel histórico más bajo. La presencia de Luis de Guindos en la segunda plaza al frente del Banco Central Europeo (BCE) es de momento el único plato relevante. España es, entre las grandes potencias de la UE, la que menos capacidad de influencia tiene en el conjunto de la UE, particularmente en los asuntos económicos. Y esto debería ser preocupante para los españoles, relegados a una posición de muy bajo nivel en las toma de decisiones dentro del proyecto europeo.

Desde luego, esta situación no presenta los mejores augurios de cara a la negociación del acuerdo de reconstrucción e impulso económico que los países miembros de la UE afrontan en estos momentos con vistas al reparto de apoyos necesarios para superar la recesión y el frenazo económico derivados de la pandemia. España necesita importantes ayudas financieras y a fondo perdido en una proporción elevada para superar el difícil momento económico por el que atraviesa el país.

Posiblemente, uno de los factores que ha influido en la caída en desgracia de la candidatura de Calviño a la presidencia del Eurogrupo es la reticencia de algunos Estados miembros de la UE a la forma en la que se van a repartir las ayudas a los países más perjudicados por la pandemia. España cuenta con un Gobierno de mayoría socialdemócrata paro con una importante influencia, que incluso adquiere la condición de capacidad de veto en algunas materias económicas, de un partido político, Podemos, cuyos postulados están muy alejados de los que dominan en el grupo político predominante en la UE que es el Partido Popular.

No encajaba bien un Eurogrupo dirigido por un ministro integrado en un Gobierno de coalición socialista-comunista. Y esta lógica parece haberse impuesto a la hora de las decisiones finales. El Eurogrupo estará presidido por un representante del ala conservadora europea, lo que parece garantizar la lucha contra el despilfarro económico, la expansión ilimitada del gasto público o el desarrollo de políticas sociales que pueden impulsar los desequilibrios fiscales sin avances interesantes para la competitividad. En este sentido, el reparto de las ayudas que pueda recibir España en el inmediato futuro estará sometido a unas condiciones económicas más respetuosas con la ortodoxia económica que impulsan los Gobiernos más sólidos y prósperos de la UE.