Cara y cruz  de la globalización

La portada del New York Times de este fin de semana con los nombres y breve apunte biográfico de 1.000 de las víctimas del coronavirus en Estados Unidos ha sido uno de los reclamos más llamativos de la historia de este importante periódico, nacido en el año 1851 y en cuyas vitrinas cuelgan menciones de los 125 Premio Pulitzer recibidos a lo largo de su historia, 169 años de papel impreso con lo más relevante de la historia del país.

La importancia del acontecimiento, cuando Estados Unidos se encuentra al borde de las 100.000 víctimas causadas por la pandemia, justifica sobradamente este alarde periodístico, que refleja la mayor catástrofe sanitaria de la era moderna de la que existen estadísticas más o menos fiables. La mezcla de la pandemia con un impacto económico de dimensiones todavía difíciles de cuantificar pero que podría convertirse en la mayor depresión económica en la historia de la Humanidad, están colocando al mundo en una de sus situaciones críticas más cruciales.

Son muchas las especulaciones que se están elaborando actualmente sobre el impacto de esta doble crisis en el devenir futuro del mundo, con algunas afirmaciones rimbombantes como las que señalan que ya nada será igual en la sociedad, en nuestra sociedad, sea media o avanzada, a partir de estos momentos.  Son muchos los terrenos en los que parece llegado el momento inevitable de la reinvención, desde los métodos de comunicación entre las personas y los grupos sociales hasta la metodología del trabajo (con el avance inexorable del teletrabajo), el papel de la medicina y de la salud como cuestiones de la mayor prioridad en la vida cotidiana  y en los presupuestos públicos y privados, la situación de los sistemas educativos, la agilidad y amplitud de  los movimientos de las personas a escala planetaria (no sólo dentro de las estrictas geografías nacionales) y un largo abanico de  actividades.

Lo que el mundo nos depara en el futuro, incluso inmediato, tendrá en todo caso un importante impacto en todo lo relacionado con la globalización. Quizás  tengamos que  enfrentarnos a un doble efecto, uno de avance, el otro de retroceso.

La globalización ha tenido una doble influencia en el reciente desarrollo de la pandemia, la primera es la relacionada con la rápida expansión de la epidemia y su llegada a los territorios más inesperados, incluso aquellos que, como Estados Unidos, cuentan con avanzados sistemas de tratamiento médico, de los que se esperaba una respuesta más rápida y eficaz de la que hemos visto.  La expansión del virus ha sido de una rapidez inconcebible y ello ha sido posible gracias a  la implantación de medios de transporte rápidos y al impresionante alcance de las redes de comunicación, capaces de llegar a los puntos más recónditos del Planeta en un plazo de tiempo que sería impensable  hace muy pocos años.

La cara menos positiva de la globalización es la que ha conducido a un elevado grado de especialización de algunos productos y servicios que en esta crisis han privado a millones de personas de los remedios adecuados para su curación o para desarrollar su papel paliativo. Está claro que los Gobiernos de muchos países van a extraer importantes conclusiones de estos desajustes y que ello puede tener una alta trascendencia en la distribución de la producción a nivel mundial en los próximos años. Por estos dos motivos, el antes y el después del coronavirus va a alumbrar un mundo posiblemente muy diferente al actual.