Los dilemas de la factura de la crisis

Cuánto tiempo vamos a estar pagando el desaguisado que en las finanzas públicas ha provocado la pandemia no es fácil de calcular, pero las cifras que empiezan a barajarse asustan.  Los Estados tienen la dura papeleta de echar un mano (quizás más de una) para suavizar la desgracia de la crisis económica en la que acabamos de entrar. Las ayudas públicas a casi todos los sectores sociales se van a multiplicar mientras  los ingresos, con la paralización de la actividad económica en el curso de los próximos trimestres, se van a venir abajo y quedarán severamente recortados.

Es momento de echar números pero sobre todo de hacer política porque la máquina del gasto, que habrá de funcionar a toda mecha, tendrá que repartir eficazmente sus auxilios. Hay una primera reflexión que indudablemente han de afrontar los políticos: gastar dinero en ayudas sociales para proteger a la población más  desvalida y a buena parte de la clase media o gastarlo en promover la actividad económica para que la máquina de creación de riqueza empiece a funcionar cuanto antes o la penuria deje paso a la prosperidad.

Es un dilema que no resulta fácil afrontar y que tiene componentes indudablemente sociales y políticos, pero también económicos y técnicos. Gastar más de la cuenta en una de las dos vertientes puede llevar a desatender  las funciones esenciales de búsqueda de eficacia y de solidaridad. Un exceso en una de las dos tareas generará descontento social y político o, contra, una satisfacción que será efímera si el dinero productivo no se utiliza con acierto y eficacia.

Lo de pan para hoy y hambre para mañana puede ser una de las máximas del momento, quizás  una tentación atractiva pero engañosa. Será a lo mejor caldo de cultivo para movimientos políticos de corte populista, pero al tiempo puede convertirse en un  engaño colectivo engañoso. Una máxima, en todo caso, que lógicamente no resultará apetecible para el mundo en el que vivirán las próximas generaciones.

Las cifras que acaba de airear el Fondo Monetario Internacional (FMI), referencia estos días  de casi todas las reflexiones económicas, apuntan hacia niveles de déficit sin precedentes. Se habla de un  9,5% de déficit público sobre PIB para este año y del 6,7% para el próximo, lo que elevaría el volumen de Deuda  Pública acumulada a finales de este año hasta el 113,4% del PIB y hasta el 114,6% el año próximo. Son los niveles más altos de deuda que soportará  España en su historia.

Lo malo es no sólo cómo se va a pagar sino el impacto transitorio que tendrá en  nuestra capacidad de crecimiento ya que con este volumen de deuda tan elevado, nuestros prestamistas, los que tendrán que dejarnos el  dinero para sobrevivir, exigirán tipos de interés bastante superiores a los actuales. Y con tipos de interés elevados, el potencial de crecimiento de la economía española será  menor. De ahí la delicada tarea de elegir bien las medidas económicas a aplicar y las políticas a seguir. Debe primar un complicado equilibrio, una elección sensata, lejos del despilfarro y de la insensata austeridad.