Movilizar la economía para frenar la recesión

Hay una mezcla de sensatez, rectificación, concesión al populismo, intervencionismo solapado y lógica económica en el conjunto de medidas que ha sacado a la luz el Gobierno en los últimos días. Es lógico que la intención principal de las medidas consista, además de mitigar el sufrimiento y de hacer  más llevadera para mucha gente la pérdida de renta que se deriva de la menor actividad económica, en impedir que el bajón económico hunda a la economía más allá de lo razonable, hipotecando unos cuantos años de nuestro bienestar futuro.

Detrás de este esfuerzo extra está el riesgo de una subida del déficit público, pero precisamente los déficits son para momentos como este, en el que los esfuerzos extraordinarios deben dejar de lado por un momento la ortodoxia económica.

La  caída de renta de la mayor parte de la población española durante estos meses centrales de la pandemia, posiblemente hasta después del verano, cuando empiece a levantar algo el ánimo y la actividad de las empresas, va a ser considerable. No tiene parangón en la vida económica del país, de ahí que  la intencionalidad de las medidas, sobre todo en su más amplio ámbito social, haya de valorarse de forma positiva. El número de disposiciones es muy elevado y los colectivos a los que se dirige son muy heterogéneos, incluso entre sí, con oportunidades claras de fraude pero también de reparación  de daños inevitables y de compensaciones necesarias y justificadas.

De no ser así, muchos  ámbitos del aparato productivo, tanto entre empresas medias y pequeñas como en el amplio abanico de los autónomos, tendrían serias dificultades de  retorno a la normalidad, por pequeño que sea el paréntesis de baja actividad que se acaba de abrir. Es incierta la duración del bache económico y no sirve más que de precario consuelo escuchar algunas estimaciones de expertos que consideran probable que la economía española vuelva a crecer por encima del 2% tras el bache de este año, que algunos evalúan por encima de los dos dígitos. Precisamente la adopción de medidas para  suavizar la recesión es lo que constituye un motivo de satisfacción.

Una de las rectificaciones que ha adoptado el Gobierno respecto a planteamientos iniciales más radicales es  darle prioridad a la actividad de las empresas exportadoras, ya que además de contribuir al mantenimiento en activo de una parte del aparato productivo impedirá a buen seguro que España  pierda mercados en el exterior, muchos de ellos conquistados tras años de importantes esfuerzos.

También merece elogio el  empuje, en este caso muy relacionado con el propio desarrollo de la lucha contra la pandemia, que están recibiendo algunas empresas españolas para desarrollar la fabricación propia y urgente de materiales destinados a la lucha contra la  extensión del virus y en apoyo a los profesionales de la medicina. Aunque de forma muy tardía y sin que quepan explicaciones razonables, hasta hace muy pocos días no empezaron a fomentarse los esfuerzos para fabricar incluso de forma masiva equipos imprescindibles para ayudar en la lucha contra la enfermedad y en apoyo de la red hospitalaria.

Muchos de esos  equipos que tanto han tardado en llegar a los hospitales  pueden ser perfectamente fabricados en España, en donde se hacen cosas con tecnologías mucho más sofisticadas que  los equipos de respiración asistida, las mascarillas y otros materiales de primera necesidad actualmente. Es un alivio saber que ya hay un puñado de empresas españolas  iniciando la fabricación masiva de estos materiales. Aunque tarde, al menos este esfuerzo tardío servirá para encontrar un buen atajo en la lucha contra la pandemia.