Crisis, corta y profunda o larga y también aguda

El diagnóstico más extendido sobre la economía española señala que esta crisis podría llegar a ser superior a la del año 2008. Ya lo están anticipando y reconociendo organismos internacionales como la OMC (Organización Mundial del Comercio) o la OCDE, que agrupa a la élite de las mayores economías mundiales.

La crisis del año 2008 quedó superada inicialmente cinco años más tarde aunque una segunda etapa se prolongó dos años más, lo que se tradujo en una pérdida del valor de la actividad  económica del orden de los 400.000 millones de euros, es decir, una cuarta parte del PIB del año en el que se situó el punto de partida hasta el punto final. Un 25% de caída en el PIB es, por lo tanto, la referencia que tendríamos que tener presente ahora que se acaba de decretar la suspensión total de la actividad económica, salvo servicios esenciales, lo que significa que la profundidad del bache puede ser algo mayor que en la crisis anterior.

 

En este caso, la importancia  y el alcance final de la crisis será posiblemente menor debido al horizonte temporal. No es lo mismo una crisis de cinco ó siete años que un frenazo de duración muy imprecisa, ya que en estos momentos las cábalas que se  manejan tienen un escaso grado de fiabilidad: entre quienes creen que la crisis actual puede ser de corta duración y ya vaticinan ritmos de crecimiento económico para el año próximo superiores al 2% ó al 3% en el caso español, hasta quienes consideran que la mala gestión de la crisis actual puede generar efectos de duración bastante más larga de los que se están vaticinando en algunos medios.

Esto ha llevado a algunos expertos, y sobre todo a sectores económicos  de notable importancia en el tejido económico e industrial del país, a criticar con cierta acritud   el duro ajuste que las autoridades han decretado para las próximas semanas sin que de ello se puedan derivar   efectos positivos sobre el desarrollo con éxito de la pandemia.

El choque de estas dos visiones de la situación  no es necesariamente el resultado de la confrontación de visiones antagónicas e ideológicas de la economía (que posiblemente también) sino la defectuosa valoración de los procesos de funcionamiento de la economía y de la industria, de los procesos de toma de decisiones por parte de los  inversores y empresarios y de toda una amalgama de causas y efectos de muy complejo análisis.

Lo que sobre todo resulta más preocupante es forzar una parálisis en la economía  que no responda a la lógica de las conductas habituales de los agentes económicos, en donde entran no solo los gestores empresariales sino los mercados, los inversores, los trabajadores y los clientes que  protagonizan el funcionamiento cotidiano de la economía. Paralizar de forma drástica y por decreto la vida económica implica asumir riesgos muy importantes de cara al futuro, cuando la reanudación de la actividad normal  puede que no sea tan fácil de gestionar.